En el reactor número cuatro de Chernóbil, uno de los lugares con mayor radiación del planeta, la vida humana es una visitante efímera. Pero allí, sobre superficies contaminadas y dentro de la estructura de contención, prospera un hongo negro y aterciopelado llamado Cladosporium sphaerospermum.
Lo que para nosotros es un entorno hostil, para este organismo parece ser un hábitat tolerable. Ese contraste ha convertido al hongo en un objeto de estudio fascinante para microbiólogos, físicos y hasta ingenieros espaciales.
Melanina como escudo frente a la radiación
A finales de los años noventa, el equipo de la microbióloga Nelli Zhdanova documentó decenas de especies de hongos en el interior del reactor dañado. Muchos de ellos compartían una característica: estaban cargados de melanina, el pigmento oscuro que también protege nuestra piel del daño solar. En los hongos, la melanina actúa como un escudo que absorbe parte de la radiación ionizante y reduce el impacto de las partículas que pueden romper moléculas y dañar el ADN.
Hasta ahí, la explicación parecía sencilla: protección pasiva. Pero los experimentos de laboratorio del grupo de Ekaterina Dadachova y Arturo Casadevall añadieron una capa más intrigante. Al exponer hongos melanizados a niveles de radiación muy superiores al fondo natural, observaron que crecían más rápido que los hongos sin melanina, especialmente en condiciones de pocos nutrientes. Además, la melanina irradiada mostraba una mayor capacidad para transferir electrones en reacciones químicas básicas.
La tentadora idea de la “radiosíntesis”

Estos resultados alimentaron una hipótesis potente: la radiosíntesis. La comparación es inevitable. Así como las plantas usan la clorofila para transformar la luz en energía química, quizá algunos hongos podrían aprovechar la energía de la radiación gracias a la melanina. El concepto es atractivo, pero la evidencia directa sigue faltando.
No se ha demostrado que C. sphaerospermum fije carbono gracias a la radiación ni que obtenga una ganancia neta de energía por ese camino. La mayoría de los investigadores es prudente: por ahora, sabemos que la melanina protege y que el crecimiento puede verse favorecido bajo radiación en ciertos contextos, pero el mecanismo exacto sigue siendo un rompecabezas.
Del desastre nuclear al laboratorio orbital
El interés por este hongo dio un salto cuando viajó a la Estación Espacial Internacional entre los años 2018 y 2019. Allí, se cultivó en placas con sensores de radiación situados debajo. Los resultados fueron modestos, pero sugerentes. El hongo creció con rapidez en microgravedad y, cuando formó una capa continua, atenuó ligeramente la radiación que alcanzaba los sensores en comparación con la zona sin hongo. No es un escudo milagroso, pero apunta a que una biomasa rica en melanina puede contribuir a reducir la exposición.
Los propios autores del experimento advierten que no se puede separar del todo el efecto de la radiación del de la microgravedad, así que no hay pruebas de radiosíntesis en sentido estricto. Aun así, la idea de organismos vivos como parte de sistemas de protección radiológica empieza a colarse en las conversaciones sobre bases lunares o viajes a Marte.
Qué nos enseña un hongo que vive donde no deberíamos estar
Más allá de la fascinación por el hallazgo, Cladosporium sphaerospermum es un recordatorio incómodo de la capacidad de la vida para adaptarse a escenarios extremos creados por nosotros mismos. Entender cómo la melanina interactúa con la radiación puede inspirar nuevos materiales, recubrimientos más ligeros o soluciones híbridas entre biología e ingeniería para entornos contaminados o para el espacio.
No convierte a Chernóbil en un lugar seguro ni a la radiación en algo benigno. Pero sí subraya una paradoja: incluso en los paisajes más dañados por la tecnología humana, la biología encuentra grietas para colarse. La pregunta que queda flotando es menos científica que ética: si la vida puede adaptarse a casi todo, ¿hasta qué punto deberíamos seguir empujando los límites de los entornos que le imponemos?