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Ciencia

Un jardín sin terminar en la Patagonia acaba de revelar algo que llevaba más de 10.000 años bajo tierra. Dos niños enterrados frente al mar reabren el debate sobre las primeras rutas humanas hacia América

El hallazgo ocurrió por accidente en Camarones, Chubut, cuando unos trabajadores nivelaban el terreno de una casa. Bajo la tierra aparecieron restos humanos, ocre rojo y cuentas de hueso que hoy forman parte del registro más antiguo de presencia humana en la costa atlántica patagónica.
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Todo empezó con una pala golpeando algo duro bajo la tierra. No ocurrió en una excavación científica ni en una expedición arqueológica planificada. Ocurrió en el jardín de una casa en construcción frente al mar patagónico. Lo que apareció allí, en plena pandemia y casi por accidente, terminó convirtiéndose en una de las evidencias humanas más antiguas halladas hasta ahora en la costa atlántica de Sudamérica.

El descubrimiento se produjo en Camarones, un pequeño pueblo costero de Chubut ubicado sobre el golfo San Jorge. Mientras nivelaban el terreno de una vivienda en octubre de 2020, unos trabajadores encontraron fragmentos de hueso humano enterrados a poca profundidad.

Nadie imaginaba entonces que aquellos restos tenían más de 10.000 años. Mucho menos que terminarían reabriendo uno de los debates más complejos de la arqueología americana: cómo llegaron realmente los primeros humanos al extremo sur del continente.

El hallazgo parecía pequeño hasta que apareció el ocre rojo y las cuentas funerarias

Un jardín sin terminar en la Patagonia acaba de revelar algo que llevaba más de 10.000 años bajo tierra. Dos niños enterrados frente al mar reabren el debate sobre las primeras rutas humanas hacia América
© Darío Podestá.

La arqueóloga Julieta Gómez Otero, investigadora del CONICET especializada en la costa patagónica, recibió el aviso poco después del descubrimiento. El contexto era complicado: Argentina seguía bajo fuertes restricciones por la pandemia y Camarones todavía no registraba casos de COVID-19.

Aun así, el equipo consiguió autorización especial para intervenir el sitio. Cuando comenzaron a limpiar cuidadosamente el terreno apareció algo que llamó inmediatamente la atención de los investigadores: algunos huesos estaban teñidos de rojo. Eso era importante.

El uso de ocre rojo en entierros humanos es una práctica funeraria muy antigua y ampliamente distribuida en distintas culturas del mundo desde hace al menos 15.000 años. No demostraba automáticamente la antigüedad del sitio, pero sí sugería que no se trataba de un entierro reciente. Luego aparecieron las cuentas.

Pequeños cilindros huecos elaborados probablemente con huesos de ave, posiblemente cormorán. Algunas conservaban restos de pigmento rojo adherido. Todo indicaba que formaban parte de un ajuar funerario cuidadosamente preparado. Y entonces el descubrimiento se volvió todavía más complejo.

Bajo la tierra no había un entierro sino dos niños separados por siglos

Lo que inicialmente parecía un único entierro terminó revelando una escena mucho más extraña. Debajo de los restos removidos por las herramientas apareció un esqueleto infantil casi completo, acomodado lateralmente y cubierto por abundante ocre rojo. Cerca de él existía otro pozo funerario más profundo perteneciente a un segundo individuo.

Las campañas arqueológicas posteriores permitieron reconstruir la situación completa: dos niños enterrados en momentos distintos sobre la misma terraza costera. El primero tenía entre 12 y 15 años. El segundo, entre 8 y 9.

Cuando las muestras fueron enviadas a laboratorios especializados en Estados Unidos, los investigadores pensaron inicialmente que existía algún error. Las fechas parecían demasiado antiguas para una costa atlántica donde jamás se había encontrado algo semejante.

Pero los resultados se confirmaron. El niño mayor había sido enterrado hace aproximadamente 10.798 años calibrados antes del presente. El menor, unos 400 años después.

La costa atlántica de hace 11 mil años era completamente distinta a la actual

Para entender la importancia del hallazgo hay que imaginar un paisaje radicalmente diferente. Hace 11.000 años el planeta todavía salía de la última glaciación. El nivel del mar estaba muchísimo más bajo y la línea costera atlántica se encontraba kilómetros más hacia el este.

Gran parte de aquella costa antigua terminó desapareciendo bajo el océano cuando los hielos comenzaron a derretirse. Ese detalle es clave. Muchos arqueólogos sospechaban desde hace tiempo que grupos humanos pudieron desplazarse también por el Atlántico durante el poblamiento temprano de Sudamérica. El problema era simple: si existieron asentamientos costeros, probablemente quedaron sumergidos hace miles de años. Por eso casi no había evidencia.

El sitio de Camarones sobrevivió gracias a una particularidad geológica excepcional. A diferencia de otras zonas patagónicas formadas por sedimentos blandos, esta parte de la costa posee afloramientos de roca dura que resistieron mejor el avance del mar. Los entierros quedaron preservados sobre una antigua terraza elevada unos 36 metros sobre el nivel actual del océano.

Los análisis revelaron algo todavía más interesante: aquellos grupos dependían realmente del mar

Un jardín sin terminar en la Patagonia acaba de revelar algo que llevaba más de 10.000 años bajo tierra. Dos niños enterrados frente al mar reabren el debate sobre las primeras rutas humanas hacia América
© Darío Podestá.

Los estudios isotópicos realizados sobre los huesos permitieron reconstruir parte de la dieta de ambos niños. Y los resultados fueron sorprendentes. Consumían regularmente recursos marinos. No se trataba de grupos que hubieran pasado ocasionalmente por la costa. Vivían vinculados a ella, conocían el ambiente y explotaban activamente sus recursos.

Las propias cuentas funerarias refuerzan esa idea. Los huesos utilizados probablemente pertenecían a aves marinas abundantes en el golfo San Jorge. El ocre rojo también requería conocimiento específico del territorio para localizar sus depósitos naturales. Todo apunta a poblaciones perfectamente adaptadas a ese paisaje costero.

El hallazgo no resuelve el debate sobre el poblamiento de América pero cambia algo importante: ahora existe evidencia

La arqueología lleva décadas discutiendo cómo se expandieron los primeros humanos por Sudamérica. Las rutas interiores están bien documentadas. La vía costera del Pacífico también posee evidencias muy antiguas. Pero la hipótesis atlántica siempre tuvo un problema enorme: faltaban sitios concretos que demostraran ocupaciones tan tempranas.

Camarones cambia parcialmente esa situación. No prueba que toda la migración ocurriera por el Atlántico. Tampoco invalida otras rutas. Pero aporta algo que hasta ahora no existía: evidencia directa de seres humanos viviendo frente a la costa atlántica patagónica hace más de 10.000 años. Y hay un detalle silencioso que quizá resulte todavía más poderoso que las fechas.

Cuatro siglos después del primer entierro, otro grupo regresó exactamente al mismo lugar para despedir a otro niño. Eso significa memoria. Significa pertenencia. Significa que aquella terraza frente al mar ya era mucho más que un simple punto del paisaje para quienes vivían allí hace once milenios.

Y quizá esa sea la parte más fascinante de toda la historia: mientras el océano borraba gran parte de las huellas humanas más antiguas de la Patagonia, un pequeño rincón de roca logró conservar durante miles de años la prueba de que alguien había elegido ese lugar para cuidar a sus muertos.

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