Un estudio con simulaciones de última generación no solo resuelve esta incógnita, sino que además revela la existencia de sistemas estelares desconocidos, similares a cúmulos pero con materia oscura en su interior, que podrían estar dispersos en nuestra propia galaxia.
El rompecabezas de los cúmulos globulares
En plena constelación de Escorpio, el astrónomo alemán Abraham Ihle detectó en 1665 un cúmulo estelar al que hoy conocemos como M22. No parecía gran cosa a través de sus instrumentos, pero aquel hallazgo abrió un misterio que aún perduraba: cúmulos compactos de cientos de miles de estrellas, con más de 13.000 millones de años, que sorprendentemente no muestran señales de materia oscura.
Este contraste con las galaxias enanas —sistemas de tamaño similar pero dominados por esa sustancia invisible— desconcertó durante siglos a los investigadores. ¿Cómo podían surgir dos tipos de objetos tan distintos en el mismo universo primitivo?
EDGE: simulaciones que recrean el nacimiento del cosmos

Para responder a la pregunta, un equipo internacional liderado por la Universidad de Surrey ha utilizado EDGE, una de las simulaciones cosmológicas más potentes jamás creadas. Ejecutada durante años en el superordenador DiRAC del Reino Unido, recrea con un nivel de detalle inédito la formación de galaxias diminutas, siguiendo incluso los efectos individuales de las supernovas.
El resultado fue sorprendente: de manera natural, sin “forzar” los parámetros, surgieron tanto cúmulos globulares clásicos como galaxias enanas… y, entre ellos, un tercer invitado inesperado.
Los GCDs: objetos híbridos con materia oscura
Los investigadores los bautizaron como “enanas similares a cúmulos globulares” (GCDs). Desde lejos podrían confundirse con cúmulos normales, pero esconden un ingrediente crucial: materia oscura en su interior. Se forman en halos diminutos antes de la reionización del universo y viven un único estallido de formación estelar, sofocado poco después por la retroalimentación de supernovas.
Su tamaño y brillo los sitúan en un punto intermedio: más grandes y masivos que un cúmulo, pero menos que una galaxia enana. Detectarlos sería como encontrar fósiles cósmicos, porque albergan estrellas sin metales, auténticos vestigios del gas primordial del universo temprano.
¿Ocultos en la Vía Láctea?

Lo más intrigante es que estos objetos podrían ya estar en nuestros catálogos, solo que clasificados de forma errónea. La corriente estelar C-19, o satélites como Reticulum II, Boötes II o Draco II, encajan con lo que se espera de un GCD. Si se confirma, tendríamos frente a nosotros un laboratorio perfecto para estudiar tanto la formación de las primeras estrellas como la naturaleza de la materia oscura.
Una nueva ventana para la cosmología
Más allá de resolver el enigma de los cúmulos globulares, el hallazgo ofrece una herramienta inédita para probar teorías sobre la materia oscura. Los autores del estudio señalan que los GCDs podrían restringir modelos cosmológicos de manera más precisa que ningún otro sistema observado hasta ahora.
En palabras de los investigadores: “los GCDs prometen restricciones sin precedentes sobre los modelos de materia oscura y nuevos lugares donde buscar estrellas libres de metales”. Dicho de otro modo, los objetos que llevan cuatro siglos intrigando a los astrónomos podrían ser la clave para responder a una de las mayores preguntas de la física moderna.