El cine español atraviesa uno de sus periodos más fértiles y estimulantes, y pocas cineastas lo representan mejor que Carla Simón. Con Romería, la directora vuelve a mirar hacia la familia, la identidad y la memoria, pero lo hace desde una madurez narrativa que amplía su lenguaje. La película, ya disponible en streaming, se impone como la mejor de la semana por su capacidad de emocionar sin subrayados y de convertir lo personal en un relato universal.
Un regreso al origen para entender el presente
La historia sigue a Marina, una joven que viaja a Vigo para conocer a la familia de su padre biológico, fallecido por sida al igual que su madre cuando ella era apenas una niña. Ese desplazamiento físico se convierte en un viaje emocional, donde cada encuentro con tíos, tías y abuelos va revelando fragmentos de un pasado marcado por la culpa, la vergüenza y el silencio.
Simón construye el relato desde lo cotidiano, sin grandes giros dramáticos, confiando en la fuerza de los gestos mínimos y las conversaciones a medias. La cámara observa, acompaña y deja espacio para que el espectador complete lo que no se dice.

La memoria como acto de reparación
Uno de los grandes aciertos de Romería es su forma de abordar la memoria no como un ejercicio nostálgico, sino como una necesidad vital. Marina intenta recomponer la historia de sus padres para liberarse del estigma que pesa sobre ellos y, por extensión, sobre ella misma. El diario de su madre funciona como un puente entre generaciones y como herramienta para resignificar el dolor.
La película conecta esa experiencia íntima con un contexto histórico concreto: una España atravesada por la heroína, el sida y el miedo social. Sin discursos explícitos, Romería recuerda cómo esas realidades siguen influyendo en la forma en que muchas familias gestionan su pasado.
Un cine que crece con cada película
Tras Verano 1993 y Alcarràs, Carla Simón demuestra aquí una evolución clara. Romería mantiene su sensibilidad habitual, pero se permite experimentar con nuevas estructuras y registros, especialmente en su tramo final, donde el cine se abre a una dimensión más libre y evocadora.

Ese cierre confirma que la directora no se conforma con repetir fórmulas y que su cine sigue creciendo en ambición y profundidad, sin perder honestidad ni cercanía.
Por qué es la película de la semana
Romería no busca el impacto inmediato ni el aplauso fácil. Su fuerza reside en la delicadeza, en la forma en que transforma un viaje personal en un espejo colectivo. Es una película que invita a mirar atrás para entender quiénes somos hoy, y que confirma al cine español como uno de los más interesantes del panorama europeo actual.