Lo que parecía parte del pasado —una tecnología asociada a guerras sucias y víctimas civiles— vuelve a perfilarse como parte de la defensa europea. Polonia, Finlandia, Lituania, Letonia y Estonia han comenzado el proceso para abandonar el Tratado de Ottawa. En un giro cargado de simbolismo, las minas antipersona vuelven a aparecer justo donde el telón de acero dividía al continente.
De escudo moral a herramienta militar

Durante más de dos décadas, las minas antipersona fueron símbolo de una guerra que Europa juró no repetir. Tras el colapso soviético, el mundo celebró una era de desminado, con el Tratado de Ottawa como bandera. Pero la invasión rusa de Ucrania alteró el tablero: lo que antes se consideraba inaceptable hoy se evalúa como necesario.
La guerra demostró que los campos minados ralentizan ofensivas, obligan al enemigo a gastar recursos y permiten canalizar ataques. Rusia lo hizo, y con éxito. Ahora, sus vecinos más vulnerables no quieren quedarse atrás. Aunque aún no se han desplegado minas, la decisión legal de abandonar el tratado ya ha sido tomada por varios parlamentos.
Un retroceso con consecuencias globales

La salida de estos países no es solo una cuestión local: debilita un tratado clave que ayudó a reducir las víctimas por minas de 20.000 al año en los años 90 a unas 3.500 en la actualidad. Para activistas como Mary Wareham, de Human Rights Watch, abrir esta puerta sienta un precedente: “Si se justifica romper este acuerdo, ¿qué impide hacer lo mismo con los que prohíben armas químicas o nucleares?”.
En Ucrania, la frustración tras el limitado avance de su contraofensiva también empujó al gobierno de Zelensky a romper con el tratado. Estados Unidos, sin firmarlo nunca, ya ha relajado sus restricciones para enviar armas a Kiev. La tendencia es clara: las reglas del juego se están reescribiendo con cada misil que cae.
La frontera que Europa dijo que no cruzaría
En Finlandia, país con 1.300 km de frontera con Rusia, incluso diputados antes contrarios a las minas votaron a favor del cambio. En Lituania, un exministro lo dijo sin rodeos: “prohibir minas nos debilita frente a Moscú”. Solo Noruega, entre los vecinos de Rusia, mantiene su compromiso con el tratado.
El paso atrás no es técnico, es simbólico. Significa aceptar que los valores que construyeron la Europa de posguerra pueden ser pospuestos si el miedo lo exige. Lo que está en juego ya no es solo una estrategia defensiva, sino la memoria misma de por qué Europa juró no volver a plantar minas. Y qué ocurre cuando ese juramento empieza a romperse.