Hoy más que nunca, lo que elegimos poner en nuestro plato tiene implicancias que van más allá del sabor. La ciencia ha comenzado a analizar no solo cómo las dietas afectan nuestro cuerpo, sino también al entorno que habitamos. En este contexto, una dieta emergente se enfrenta cara a cara con una de las más valoradas del mundo. Y los resultados dan mucho para pensar.

Dos estilos de vida enfrentados: salud personal y global
Un equipo de investigadores españoles se propuso analizar comparativamente los efectos de dos modelos alimentarios: la reconocida dieta mediterránea y la llamada “dieta de salud planetaria” o PHD (por sus siglas en inglés). Su objetivo fue medir el impacto que ambas tienen, no solo en la mortalidad general, sino también en las emisiones de carbono y el uso de suelo derivado de nuestros hábitos alimentarios.
La PHD es una propuesta reciente, presentada en 2019 por expertos de la Comisión EAT-Lancet, y se caracteriza por favorecer el consumo de alimentos vegetales y reducir el de carne y lácteos, sin llegar al vegetarianismo. La dieta mediterránea, en cambio, se basa en prácticas tradicionales del sur de Europa, priorizando frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, aceite de oliva y un consumo moderado de pescado y vino.
Ambas prometen beneficios, pero ¿son equivalentes? Para averiguarlo, los investigadores analizaron datos de 11.488 personas del estudio ENRICA durante más de 14 años. Utilizaron herramientas como el PHD Index y el MEDAS score para medir adherencia, y SHARP-ID para calcular emisiones y uso de tierra.
Resultados que igualan la balanza
Los datos obtenidos fueron reveladores: quienes seguían la dieta de salud planetaria presentaban una reducción del 22% en el riesgo de muerte, mientras que los adherentes a la dieta mediterránea mostraban una reducción del 21%. Una diferencia estadísticamente insignificante, que sugiere que ambas dietas ofrecen un nivel de protección muy similar.
En términos medioambientales, también se observaron valores casi idénticos. La dieta PHD generaba unas emisiones estimadas de 4,15 kg de CO₂ diarios y requería 5,54 m² de tierra al día. En comparación, la dieta mediterránea producía 4,36 kg de CO₂ y utilizaba 5,43 m². Prácticamente un empate en impacto ambiental.
Estos hallazgos fueron compartidos en el Congreso de la Sociedad Europea de Cardiología, aunque el estudio completo aún no ha sido publicado en revistas científicas, lo que genera expectativa y necesidad de más evidencias.

Un nuevo camino por explorar
La propuesta de la PHD generó cierta desconfianza al inicio, algo comprensible al tratarse de una dieta nueva frente a una con décadas (o siglos) de reputación. Pero este tipo de estudios pone en cuestión nuestras certezas y muestra que quizás hay más de una manera de alimentarse de forma saludable y responsable.
En un mundo en constante cambio, la clave puede no estar en aferrarse a una única dieta “perfecta”, sino en considerar opciones que beneficien tanto a nuestro cuerpo como al planeta. ¿Estamos listos para cambiar la forma en que comemos? Este estudio podría ser el primer paso para una reflexión más profunda.
Fuente: Xataka.