En 1967 un médico corona una montaña cerca de Lake Placid, en el condado de Essex (Nueva York). Nada más llegar a la cima el hombre muere por un ataque al corazón. Cuando su familia se entera de la noticia no lo duda un instante. Comienzan a quemar todos sus archivos antes de que alguien los encuentre.

Hubo un tiempo donde ese hombre creyó haber encontrado el botón para reiniciar cada mente humana. Un médico capaz de curar la locura y la esquizofrenia de nuestra mente, de borrar lo aprendido anteriormente y reconstruir la psique por completo. Se hizo tan famoso que las agencias de inteligencia de medio mundo se lo rifaban.

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¿Quién no querría tener al doctor Frankenstein en casa?

Nunca más volverás a acordarte

Requiem for a dream

Comienzos de la década de los 60. Se llamaba Mary C., al menos ese fue el nombre bajo el que se registró en una clínica aquejada de fuertes dolores que se habían iniciado con la menopausia. Mary probablemente se imaginó unas pocas semanas de descanso y relajación mientras era atendida de sus dolores y ansiedad, tal vez incluso con ayuda y consejos psicológicos para superar su estado.

La realidad fue que nunca pudo anticiparse a lo que realmente le estaba esperando. Nada más ingresar en la clínica Mary comenzó a recibir un tratamiento a base de dosis masivas de LSD. A continuación llegaron semanas con terapia de electroshock intensiva. En muy poco tiempo Mary no recordaba su pasado. Ni siquiera sabía su nombre. Como un zombie, la mujer deambulaba por la clínica completamente drogada, tropezando ciegamente por los pasillos del recinto y babeando en un estado casi catatónico.

La mujer pasaría más tarde a estar encerrada 35 días dentro de una cámara de privación sensorial… coronada por tres meses de sueño drogada mientras una voz grabada le hablaba y le decía las mismas frases continuamente desde los pequeños altavoces colocados en el interior de la almohada. Unas voces que no cesaban en repetirle:

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La gente te quiere y te necesita Mary. Tienes que tener confianza en ti.

¿Por qué? Mary, al igual que un número incontable de personas, tuvo la desgracia de estar bajo el cuidado del Doctor Ewen Cameron, el director del Allan Memorial Clinic en Montreal (Canadá). Se había convertido en una más de los cientos de sujetos involuntarios en sus experimentos de lavado de cerebro beneficioso.

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Un trabajo financiado por la propia CIA.

El doctor Frankenstein

Cameron el año de su muerte. Wikimedia Commons

Nacido en Escocia en 1901 e hijo de un ministro presbiteriano, Donald Ewen Cameron se había abierto camino hasta la cima alimentado por una ambición feroz. A finales de los años cincuenta el hombre ya era uno de los psiquiatras más respetados del mundo. Un tremendo currículum donde había sido el primer presidente de la Asociación Mundial de Psiquiatría, así como presidente de la contraparte norteamericana psiquiátrica y canadiense. Cameron fue también miembro del tribunal de Nuremberg entre los años 1946 y 1947.

Como vemos, era una celebridad en su campo, aunque también era un hombre que siempre aspiró a un premio que se le escapaba y ansiaba tener a su alcance: el Premio Nobel. Tal fue su obsesión por dejar huella en su paso por el mundo que Cameron acabó embarcándose en un programa de experimentación que buscaba descubrir una cura para la esquizofrenia, según él y de conseguirlo, la hazaña le llevaría hasta el prestigioso trofeo. Desgraciadament, por el camino se quedarían sus pacientes, pacientes que acabaron siendo su súbditos, quisieran o no, y a menudo sin importar si tenían o no esquizofrenia.

La cura que Cameron había inventado fue un testimonio de su arrogancia. Un trabajo donde da la sensación que tomó prestado pedazos de otras terapias experimentales, aquellas que le llamaban más la intención, para construir una verdadera creación del mito de Frankenstein.

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La premisa de su cura era limpiar las mentes de los pacientes esquizofrénicos, borrar sus recuerdos para luego insertar nuevas personalidades (no esquizofrénicas) en sus cerebros vacíos. El hombre describió su trabajo como un lavado de cerebro beneficioso, uno capaz de transformar a los enfermos mentales en personas nuevas y saludables.

Si hiciéramos una analogía moderna de lo que trataba su estudio, sería algo así como corregir un error de software en un equipo borrando el disco duro por completo e instalando una versión totalmente nueva del sistema operativo. Excepto, claro está, por un pequeño matiz: el cerebro humano no es un ordenador.

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Y por desgracia, no puede ser simplemente borrado y formateado.

Pasos para borrar una mente humana

One Flew Over the Cuckoo’s Nest

El primer paso era lo que llamó la limpieza de la mente. Cameron se refería a esto eufemísticamente como depattering. En esencia se trataba de despojar a las personas de las defensas de la mente y sus recuerdos utilizando la terapia de electroshock. Esta fue ampliamente utilizada durante la década de 1950, pero Cameron la aplicó de manera mucho más agresiva de lo que la mayoría de los médicos se habían atrevido hasta entonces. El hombre la administró varias veces al día, a niveles de hasta 30 veces el uso del choque normal. Literalmente se dedicó a freír el cerebro de sus pacientes. Por si esto no fuera suficiente, lo remataba con el uso de dosis masivas de drogas que alteran la mente, siendo el LSD su favorita.

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Obviamente, reducir a los pacientes a caminar como zombies no parece el tipo de cosas que la mayoría de los médicos fueran capaces de hacer público. Pero como decíamos, Cameron creía plenamente que estaba en la carrera por el Premio Nobel. Sólo así se entiende que publicara voluntariamente los detalles de su trabajo. Y aunque parezca ciencia ficción al leerlo (muchos de sus trabajos están al alcance de todo el mundo) esa parte de la historia existió y fue muy real.

Veamos un ejemplo en la siguiente descripción. Se trata de un artículo de 1960 para la revista Comprehensive Psychiatry donde el hombre detalla los efectos de su terapia de electroshock en unos de sus desafortunados pacientes:

El paciente pierde todo recuerdo en el hecho de que antes poseía una imagen espacio-temporal que servía para explicarle los acontecimientos del día. Con esta pérdida desaparece toda ansiedad. En la tercera etapa, su alcance conceptual se limita a unos pocos minutos y a eventos enteramente concretos. Ofrece algunas preguntas o incluso se cuestiona tímidamente algunas cosas, pero no puede conceptualizar dónde está, ni reconocer a los que lo tratan…

De lo único que habla el paciente es de sus sensaciones del momento, y lo hace casi exclusivamente en términos muy concretos. Sus observaciones no están totalmente influidas por los recuerdos previos, ni están gobernadas en modo alguno por escenarios anticipados. El sujeto simplemente vive el presente inmediato. Todos los síntomas esquizofrénicos han desaparecido. El sujeto tiene una amnesia completa de todos los acontecimientos de su vida.

A clockwork orange

Pasada esta etapa en la que podríamos considerar que le había destruido por completo la mente, la siguiente fase era reconstruirla, empezar desde cero. Cameron creía que algunos de los recuerdos del paciente volverían espontáneamente mientras el paciente se recuperaba del electroshock. De hecho y como apuntó, algunas veces lo hacían, otras no. Sea como fuere, en ese momento Cameron trabajaba para imponer patrones de pensamiento saludables en lugar de los “esquizofrénicos malsanos” como los llamaba. Y para ello usó un proceso que denominó la conducción psíquica.

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El concepto de conducción psíquica se le ocurrió a Cameron después de leer sobre el inventor estadounidense Max Sherover, quién había creado una especie de máquina de aprendizaje mientras dormimos; en esencia una pequeña grabadora modificada que repetía mensajes a una persona soñando. Según Sherover, la mente dormida supuestamente se empapa de estos mensajes. Cuando la persona con la máquina se despierta era capaz de saber un idioma extranjero o enviar una señal en código Morse.

Cameron pensó que una versión modificada de esto podría ser usada para reprogramar la mente de un paciente. El hombre experimentó con la técnica, primero con él mismo y luego aplicada a su terapia. De esta forma hizo que sus pacientes neuróticos usaran una especie de auriculares para escuchar declaraciones que provocaban ansiedad, lo que en palabras del psiquiatra, los obligaba a enfrentarse a sus temores.

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Dichas declaraciones se repitieron una y otra vez hasta que los pacientes no podían aguantar más, momento en el que se volvían tan enfurecidos que arrojaban los auriculares contra las paredes de la habitación y trataban de huir.

Imagen de archivo de los trabajos de Cameron

Y una vez más, Cameron promocionó esta incorporación a su trabajo como una terapia de vanguardia. Incluso invitó a la prensa a la clínica para que presenciaran a un paciente que se sometía a su conducción psíquica. En 1955 fueron varios los artículos donde se podía apreciar parte de este trabajo. Por ejemplo uno en el que se veía la foto de una mujer en una cama que se retorcía angustiada mientras escuchaba un mensaje en bucle. En la misma foto se podía apreciar como uno de los asistentes de Cameron la miraba fijamente de manera impasible mientras presionaba el reproductor de la cinta en bucle.

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Rápidamente, las ambiciones de Cameron por los usos de la conducción psíquica crecieron a pasos agigantados. Llegó un momento en el que ya no quería que los pacientes se limitaran a afrontar sus ansiedades, también quería impulsar violentamente los mensajes hacia su psique para remodelar sus identidades. El tipo imaginó exponer a los pacientes a un mensaje repetitivo todo el día durante meses.

Por supuesto, muchos de los pacientes se resistían a seguir escuchando el mensaje pasados unos minutos. Con el fin de evitarlo Cameron ideó maneras de obligarlos a escuchar. Por ejemplo les inyectaba curare, una toxina de planta paralizante de América del Sur, lo que les obligaba a permanecer inmóviles en la cama mientras una voz resonaba en los altavoces de sus almohadas. O los drogaba con barbitúricos, lo que le permitía tenerlos en un sueño profundo durante semanas mientras las cintas no paraban de susurrar en sus oídos. Por último, también los llegó a confinar en una cámara de privación sensorial, una celda a prueba de sonido, con gafas sobre los ojos.

Cameron también encontró algunos problemas inesperados. Por ejemplo con el ingeniero que contrató para grabar algunos de los mensajes. El hombre tenía un fuerte acento polaco y los pacientes le informaron posteriormente que sus pensamientos estaban derivando hacia una extraña cadencia polaca. El psiquiatra finalmente optó por volver a grabar los mensajes con su propia voz.

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Además de los perturbadores acontecimientos que se dieron en el interior de las habitaciones, también hubo tiempo para el surrealismo. Algunos pacientes fueron propensos a malentender el mensaje. Por ejemplo con la mujer que llegó a la clínica quejándose de no sentirse sexualmente cómoda con su marido. Siguiendo las órdenes de Cameron la mujer se acostó en la cama durante semanas escuchando la frase: “Jane, estás a gusto con tu marido”. Cameron acabó descubriendo más tarde que la mujer siempre pensó que el mensaje decía: “Jane, eres una burla con tu marido”.

Pero lo cierto es que en general pensó que la conducción psíquica era muy prometedora. Durante una prueba con la técnica el tipo llegó a “sumergir” a los pacientes en un sueño mientras estaban drogados. Mientras esto pasaba les hizo escuchar el mensaje: “Cuando veas un pedazo de papel, lo querrás recoger”. Más tarde los condujo a todos a un gimnasio local. Allí, tendido en el centro del piso del gimnasio, había una hoja de papel. Según explicó, la mayoría de ellos caminaron para recogerlo.

La CIA

CIA. Wikipedia Commons

Y así, entre pruebas y métodos indecentes, la promesa de Cameron en la construcción de una técnica de lavado de cerebro beneficiosa hizo que la propia CIA llamara a su puerta. Si él iba a desarrollar una técnica de lavado de cerebro factible, aquello tenía que pasar por la agencia.

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Así fue como en 1957 la CIA comenzó a canalizar dinero para el trabajo de Cameron a través de una de sus organizaciones, la denominada Society for the Investigation of Human Ecology. Cameron fue uno de los partícipes en el Proyecto MKULTRA, un trabajo por el que la agencia le pagó 70 mil dólares para que trabajara con ellos, un esfuerzo que vale la pena recalcar, era potencialmente mortal y aún así se siguió adelante con ello.

Tras varios años y a pesar de que los informes de progreso entusiastas de Cameron, la CIA se dio cuenta de que su trabajo simplemente no funcionaba, así que dejaron de financiarle a principios de los 60 y le obligaron a guardar el más absoluto secreto acerca de lo que había acontecido en los laboratorios de la agencia. Poco después el propio Cameron admitía que sus experimentos habían sido “un viaje de 10 años por el camino equivocado”. Por supuesto, jamás se molestó en disculparse con los pacientes a los que había arruinado la vida.

Sin embargo, a finales de los 70 se filtraban los detalles del acuerdo entre agencia y psiquiatra, lo que condujo a una demanda masiva contra la agencia presentada por un grupo de ex pacientes de Cameron. Quizás más importante, los documentos publicados revelaron que cientos de inconscientes y voluntarios aceptaron pasar por las manos de Cameron.

Proyecto MKULTRA aprovado para el uso de LSD. WC

Ciudadanos de Estados Unidos y extranjeros que pasaron por cada una de las fases del doctor, desde el LSD hasta diversas drogas paralizantes, desde la terapia de electroshock de 30 veces la potencia normal hasta la conducción de la mayoría de ellos a un estado de coma inducido por medicamentos durante meses. Todo ello acompañado por esa reproducción de loops de sonidos y declaraciones repetitivas.

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Los resultados, devastadores en la mayoría de los casos, dejaron a las víctimas con amnesia permanente, muchos salieron de los laboratorios olvidándose del habla, de quiénes eran o incluso pensando que los interrogadores eran sus padres.

Como decía posteriormente Naomi Klein en su libro La doctrina del shock, la investigación de Cameron y la CIA no fue sobre el lavado de cerebro:

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Fue una manera de diseñar un sistema con base científica para la extracción de información ante fuertes resistencias. Fue, simplemente, una nueva forma de tortura que sentó las bases científicas para el método de tortura psicológica en dos etapas de la CIA.

La demanda de este grupo de ex pacientes fue resuelta fuera de la corte por una cantidad jamás revelada. Mientras, Cameron pasó el resto de su carrera trabajando en un proyecto que era, en muchos aspectos, el polo opuesto de sus experimentos de lavado de cerebro. En lugar de destruir la memoria, el hombre se dedicó a la titánica empresa de intentar restaurarla. Se había interesado en los experimentos de transferencia de memoria de James McConnell y es posible que pensara que el Premio Nobel seguía estando a su alcance.

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El 8 de septiembre de 1967 Cameron subió a la cumbre de la montaña que lo iba a ver morir. Si hubo algo más que no se sabía hasta entonces, si dentro de esas paredes de la CIA se cometieron otro tipo de atrocidades, es algo que probablemente jamás se sepa.

Cuando llamaron a su mujer e hijos para contarles el fatal desenlace la familia decidió quemar todos y cada uno de sus archivos personales.