Ocurrió en algún punto entre 1911 y 1912. Un científico en la Antártida se iba a llevar consigo un secreto inconfesable para el gran público. El hombre quedó tan horrorizado con la depravación sexual que acababa de ver que tardamos medio siglo en saber los oscuros secretos que tenía reservada la expedición histórica.

Por aquellas fechas estaba en juego la carrera por ser el primero en alcanzar el Polo Sur geográfico, una época descrita como la edad heroica de la exploración de la Antártida donde entre finales del S. XIX y hasta 1920 se sucedieron una serie de expediciones de carácter científico y geográfico a nivel internacional. Grandes epopeyas si tenemos en cuenta el viaje a lo desconocido que suponía.

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Finalmente fue la expedición de Roald Amundsen la que se llevó la gloria del Polo Sur, aunque muy cerca y en una carrera cuerpo a cuerpo con otra figura histórica como es la del explorador de la Marina Real Británica Robert Falcon Scott.

Campamento de la Expedición Discovery. Wikimedia Commons

Scott tiene un lugar en los libros principalmente por dos aventuras en la Antártida. La primera tuvo lugar entre 1901 y 1904 en la denominada como Expedición Discovery, motivo de orgullo para los británicos por tratarse de la primera vez que alcanzaban la Antártida en el S.XX. En aquel viaje épico se dieron grandes hallazgos científicos en geología (descubrimiento de los valles secos de McMurdo), en la zoología (se descubrieron las colonias de los pingüinos emperador en cabo Crozier), y finalmente en biología.

Aquello por tanto fue un éxito rotundo y un hito de enorme impulso para futuras expediciones. Tanto fue así, que el propio Scott dobló la apuesta unos años más tarde en la conocida como Expedición Terra Nova (o British Antartic Expedition 1910). Sería la tercera vez que los británicos se adentraban en la Antártida.

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Con una diferencia a las anteriores: la motivación principal era conseguir ser el primero en llegar al Polo Sur. Como dijo el mismo Scott: “queremos alcanzar el Polo Sur y asegurar al Imperio Británico el honor de la proeza”. Y es que Scott se iba a encontrar por el camino la figura de Amundsen, lo que convirtió la hazaña en un doble desafío.

Por el camino también, un hallazgo científico iba a permanecer en secreto durante décadas.

La Expedición Terra Nova

Terra Nova fotografiada en 1910. Wikimedia Commons

Posiblemente fue a finales del S.XIX cuando el hombre comenzó a fantasear con la idea de la conquista al Polo Sur. Años después y tras varias tentativas la aventura parecía más real que nunca. La expedición Discovery de Scott había allanado el camino y se tenía un mayor conocimiento de la Antártida (ellos mismos habían alcanzado el punto más cercano al sur).

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Para el propio Scott se había convertido en una obsesión y en el año 1909 ya había anunciado el viaje. El 15 de julio de 1910 el barco Terra Nova partía de Cardiff. A bordo iban los 65 hombres que formaron la expedición, todos elegidos por Scott entre más de 8 mil candidatos. Un grupo formado por militares y expedicionarios que habían estado en el Discovery junto a la figura de dos médicos científicos para la aventura, Edward Atkinson y George Murray Levick.

Perros de trineo de la expedición. Wikimedia Commons

Levick, natural de Newcastle, estudió medicina para luego formar parte de la Royal Navy en 1902. Un tipo al que también le apasionaban los viajes y la exploración, motivo por el que se apuntó sin dudarlo a la aventura propuesta por Scott. En Terra Nova sus funciones irían más allá de la medicina, sería también el zoólogo de la expedición y fotógrafo ocasional de la aventura.

Así fue como se inició el viaje rumbo a Sudáfrica para luego enfilar a Melbourne y Nueva Zelanda, paso previo para dirigirse hacia la Antártida a finales de noviembre de 1910.

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Unos meses después la expedición se divide en dos grandes grupos: por un lado el grupo de Scott para alcanzar el ansiado Polo Sur, por el otro se formaba el denominado como “equipo Norte”, cuya misión era explorar y realizar una serie de trabajos científicos al este de la isla de Ross. Este grupo estaba dirigido por Victor Campbell y en el mismo se encontraba Murray Levick tomando fotografías. El lugar no debió de gustar al equipo, ya que según sus registros deciden dar marcha atrás y volver al cabo Evans donde se encontraba Scott y el Terra Nova.

Scott escribiendo su diario en la cabaña del cabo Evans durante el invierno de 1911. Fotografía de Herbert Ponting.

Poco después el equipo Norte inicia una nuevo viaje, en este caso navegan hacia el norte para instalarse en la bahía Robertson, muy cerca del cabo Adare, donde construyen un refugio a poca distancia de las antiguas instalaciones del explorador noruego Carsten Borchgrevink.

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Y es en este punto de la historia donde Levick iba a tener un encuentro revelador con una especie animal. Un encuentro tan espeluznante para este científico y gentleman británico que lo registraría como un secreto que no debía ver la luz.

El secreto de Terra Nova

Levick en Terra Nova. Antartic Heritage

El equipo Norte pasó el verano antártico 1911-1912 en aquel refugio. Para Levick, un hombre de ciencia pero también un hombre de aquellos tiempos (moralista y victoriano), supondría un momento histórico. El tipo podría ser el primer científico en observar la colonia de pingüinos Adelia estudiando un ciclo de cría entero.

Levick en el barco Terra Nova. Wikimedia Commons

Si en la expedición Discovery fueron los primeros en dar una descripción de referencia del pingüino emperador, Levick podría hacer lo mismo con la otra especie de pingüinos que vive que el continente antártico. El pingüino de Adelia es común en la zona y hoy pasa por ser (junto a los emperadores) de los más comunes: pingüinos que tienen de 60 a 70 centímetros de longitud, alrededor de 4 kg de peso cuyo rasgo distintivo es el anillo circular blanco que rodea el ojo y las plumas en la base del pico. Además, su cola es algo más larga que la de otros pingüinos.

Levick en el refugio. Antartic Heritage

Hoy sabemos también que cuando llega el mes de octubre se reúnen en los lugares de reproducción. Allí se pueden apreciar los nidos, consistentes en un grupo de piedras apiladas entre sí. Los machos se hacen escuchar ante las hembras a través de un rugido seguido de una especie de fuerte llanto. En diciembre, cuando la hembra pone los huevos, tanto el padre como la madre del futuro bebé pingüino se intercalan en la tarea de incubar el huevo; mientras uno se queda incubando el otro va a por comida. Cuando llega el mes de marzo la feliz pareja regresa al mar junto a su cría.

Una estampa de película de Disney que seguramente es la que esperaba encontrar el bueno de Levick, quién también muy probablemente se veía en los libros de historia con los registros que estaba llevando a cabo. Según podemos saber también hoy, la expedición tuvo que hacer frente a las fuertes ventiscas y el frío gélido. Para Levick todo aquello era soportable, en cambio la perversión de los pingüinos era algo muy distinto para una mente de aquellos tiempos.

Pingüinos Adelia en un glaciar. Wikimedia Commons

Una mañana gélida el hombre se levanta temprano para contemplar y anotar el devenir de la colonia de pingüinos. En un momento dado dos pingüinos machos se alejan de una zona masificada. Entonces es cuando la versión más moralista de nuestro científico en el Ártico vuelve la cabeza ante aquella aberración. Levick es testigo de cómo los dos machos jóvenes dan rienda suelta a sus instintos más salvajes y se funden en una tórrida escena sexual. Levick no da crédito, lo anota, pero ese día no le cuenta a nadie lo que había visto. El hombre piensa que aquello debía ser producto de dos animales con algún problema.

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Al día siguiente se vuelve a levantar temprano y acude al mismo punto del día anterior. Aún tiene las imágenes en su cabeza pero rápidamente se olvida y comienza a registrar lo que ve. A lo lejos parecen estar jugando un grupo de pingüinos adultos con crías, pero lo que parecía un juego se torna en algo más turbio. Los pingüinos adultos están teniendo sexo con las crías en un acto salvaje para el científico. Sin tiempo casi para poder asimilarlo otro grupo de machos parece estar forzando a una hembra. ¿Será posible una violación entre pingüinos?

Pingüinos fotografiados por Levick en su estudio. Wikimedia Commons

Al acabar la jornada el hombre llega al refugio apesadumbrado. Se pregunta si el mundo está preparado para saber semejante aberración o si él debía ser la figura histórica que muestre esta perversión al público.

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Los días siguientes continuaron con escenas cotidianas junto con algún acto salvaje, pero sin duda nada como lo que pudo apreciar más tarde. De repente, un grupo de machos jóvenes se alejan del grupo y se acercan al cuerpo de una hembra muerta. Levick aprecia como el cadáver comienza a servir como medio para satisfacer los deseos sexuales. ¿Necrofilia con pingüinos?

Suponemos que en este punto Levick decidió que aquello no se iba a hacer público, o al menos él no sería el encargado. En sus registros denominó lo que había visto como una “depravación sexual” de los pingüinos, una que consideraba demasiada impactante para el público de hace 100 años.

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Levick atribuyó estos actos a los “machos gamberros” y anotó sus observaciones en griego para que sólo las mentes más inteligentes pudieran entender los horrores que había presenciado. Tras un largo periplo en el refugio el científico regresó a casa. A su vuelta a Gran Bretaña el hombre publicó un artículo bajo el título de Natural History of the Adélie Penguin. Sin embargo la sección que debía explicar estos comportamientos sexuales del animal fueron eliminados para preservar la decencia (según Levick).

Pingüinos fotografiados por Levick en su estudio. Wikimedia Commons

El científico utilizó este material censurado como la base de un paper separado, Sexual Habits of the Adélie Penguin, que hizo circular de manera confidencial entre un pequeño y selecto grupo de expertos. De hecho, las observaciones de Levick resultaron estar muy por delante de su tiempo. Los científicos tuvieron que esperar otros 50 años antes de que se revelaran las “travesuras” sexuales de los pingüinos Adelia, aunque para entonces sus escritos y registros detallados se habían perdido para la ciencia.

Hasta el año 2012, momento en el que la investigación de Douglas Russell, del Natural History Museum, descubrió una copia del texto de Levick entre los registros de las expediciones de Scott. Cuando el investigador se dio cuenta del hallazgo rápidamente acudió a Polar Record para publicarlo junto a un pequeño análisis como acompañante al texto del científico.

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Russell explicó que la publicación estaba marcada como “no publicable” junto a los informes oficiales de la expedición de Scott. Levick detallaba en el mismo sobre la frecuencia de la actividad sexual, sobre el comportamiento homosexual, el comportamiento aparentemente aberrante de los machos con otras hembras y con las crías, sobre la necrofilia, la coerción sexual y el abuso sexual y físico al que eran sometidos las crías.

Foto de la expedición iceberg en enero de 1911. Wikimedia Commons

Para el investigador las observaciones de Levick fueron exactas y precisas y merecedoras de la publicación. Su obra perdida, además de histórica, tenía una serie de momentos “atractivos” a la hora de describir a los pingüinos machos en sus “depravadas reuniones”:

Los pingüinos Adelia se juntan en pequeñas bandas de gamberros, más o menos de media docena o más, para luego dedicarse a molestar con sus depravaciones. Las hembras lesionadas son montadas por estos miembros de las pandillas, otras tienen a sus crías maltratadas e incluso algunas son aplastadas.

Lo cierto es que hoy entendemos un poco más acerca de lo que vio Levick hace más de 100 años. Los estudios actuales permiten saber el por qué de estos comportamientos de los aparentes pingüinos hooligan. El mismo Rusell lo explicaba en su análisis:

Los pingüinos Adelia se reúnen en sus colonias en el mes de octubre para comenzar a reproducirse, un espacio en el tiempo donde tienen muy pocas semanas para ello y los adultos jóvenes no tienen experiencia sobre cómo tienen que comportarse. Por eso muchos responden a señales inapropiadas.

Por lo tanto, la aparente depravación de su comportamiento, por ejemplo con un pingüino muerto con los ojos entreabiertos, tiene su razón de ser en que para los machos jóvenes tiene la misma apariencia que una hembra complaciente. Así llegamos a la llamada necrofilia que Levick presenció y que tanto le disgustó. Además, el pingüino es el más humano de todas las aves en su apariencia y su comportamiento es aquel que más se suele interpretar en términos antropomórficos.

Fotografía moderna del refugio de la misión en el cabo Evans. Wikimedia Commons

Por esta razón el comportamiento de los pingüinos Adelia (cuando fueron observados por primera vez) parecía especialmente chocante. Además y como explica Russell, Levick era un hombre de su tiempo, que además viajaba con un grupo de hombres bajo unas circunstancias especialmente difíciles y encontrándose una conducta que ni esperaba ni entendía.

El descubrimiento del trabajo censurado de Levick es importante porque ayuda a arrojar más luz sobre una de las especies sobre las que recae el indicador de alarma sobre el cambio climático. Estos pingüinos necesitan hielo para desplazarse y pescar, y cuando el hielo desaparece, el número de su especie también, lo que debería suponer una advertencia de que las cosas no marchan bien.

Los miembros del equipo de Scott en el Polo Sur, el 18 de enero de 1912. De izquierda a derecha, de pie: Oates, Scott, Wilson; sentados: Bowers, Evans. Wikimedia Commons

En cuanto al Scott, el explorador británico al mando del Terra Nova que luchó con todas sus fuerzas por ser el primero en llegar al Polo Sur, el hombre tuvo un final trágico. El 17 de enero de 1912 Scott llegaba por fin al Polo Sur con otros 4 miembros. Una proeza empañada por el hecho de que Amundsen lo había conseguido el 14 de diciembre de 1911. En el viaje de vuelta a casa Scott y el resto del grupo fallecieron debido a la falta de alimentos y las condiciones extremas que se encontraron por el camino.