A lo largo de la historia los pedos han sido tratados injustamente como un elemento menor, a menudo como una extraña broma del cuerpo humano que puede llegar a causar estupor. En este post nos liberamos de ataduras de ningún tipo. Esta fue su historia y la del hombre que lo elevó a la categoría de arte.

Cervantes en El Quijote, Quevedo con un poema, Benjamin Franklin en un ensayo, el Marqués de Sade, Beckett o el mismo Julio Cortázar le han dedicado loas a este intrínseco, sonoro y, en ocasiones, oloroso gas. Una mezcla explosiva de gases intestinales que acaba siendo expulsada por el ano y que como veremos a continuación, es capaz de producir toda clase de sonidos y aromas característicos.

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Uno se puede imaginar el principio de la flatulencia. No existen pruebas físicas ni escrituras sobre el evento, pero seguro que no nos equivocamos mucho imaginando el primero de todos. En algún momento de la edad de piedra temprana, esa primera “broma” estaba a punto de hacerse realidad.

Pongamos a un pequeño grupo de hombres de las cavernas, una mañana en la que se adentran a través de un bosque preparados para cazar, quizá con palos en la mano esperando a la presa. Es primordial esconderse ante el peligro que acecha en todas parte. El sigilo es la mejor arma para mantenerse en guardia. De repente, el jefe del grupo que va en primer lugar se detiene y da señales al resto de los compañeros de mantenerse en absoluto silencio. Los hombres se quedan congelados esperando escuchar el ruido del depredador. El líder vuelve la cabeza lentamente hacia delante, luego la vuelve hacia atrás y les hace una señal al resto para que escuchen atentamente. Y entonces. Zas. El primer rugido expulsado de las cavernas del ser humano inicia su andadura en nuestro planeta. Una explosión flatulenta y sonora que da paso a las risas y carcajadas del resto del grupo.

Quizá no fue así, pero debemos pensar que fue algo parecido viendo como ha evolucionado a lo largo de la historia y las sensaciones y efectos que producen en los demás. Las flatulencias, los pedos, los gases o como quiera que los llamen en tantos sitios, han sido siempre el culo de las bromas. De hecho es muy posible que la alegría que los rodea ha tendido a inhibir la investigación seria sobre sus causas. No en vano se suele señalar a la flatulencia excesiva como causa de extrema incomodidad y hasta angustia en determinadas situaciones.

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Sin embargo, el mundo está lleno de valientes, y alguien tenía que estudiar el problema sin importar lo divertido que pueda parecerle a unos (o indecoroso a otros). Por tanto, mientras que para la gran mayoría los pedos son sólo pedos, para algunos médicos son el pan de cada día (aunque suene realmente perturbador).

Deconstrucción de un pedo

El Arte de Peerse. Wikimedia Commons

Quizá por la dificultad para encontrar voluntarios, pero lo primero que podemos percibir como signo del lento avance del estudio de los pedos es que hasta 1991 los investigadores no determinaron con precisión la cantidad normal de flatulencias que un sujeto sano puede producir al día. Ese año se publicó uno de esos estudios en los que la ciencia rompe tabúes. Lo llevó a cabo la Universidad de Sheffield y fueron capaces de reclutar a 10 voluntarios (cinco hombres y cinco mujeres) dispuestos a vivir con un “tubo de goma flexible e impermeable” insertado en su ano (unos 40 milímetros) durante las 24 horas del día.

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De esta forma el tubo, sostenido en su lugar por una cinta, conducía por el otro lado hasta una bolsa de plástico de la que no podía escaparse el gas. Según se puede leer en el trabajo de los investigadores:

La competencia de este sistema de recogida de gas fue validada por voluntarios que sumergieron las partes inferiores de sus cuerpos en agua caliente durante una hora, durante la cual no se detectaron fugas (burbujeo) y se recogió gas en las bolsas.

Los sujetos comieron una dieta normal en la que se añadieron 200 gramos de frijoles, todo ello para asegurar la producción de gases. Cada vez que surgía la necesidad de defecar los sujetos cerraban la bolsa, retiraban el tubo de su ano, acudían a la llamada del trono lo más rápido posible y volvían raudos a insertarse dicho tubo otra vez.

Tras un día de “recogida” los investigadores pasaron a medir el volumen de gas en las bolsas. Encontraron que el volumen medio llegó a 705 mililitros con un promedio de ocho episodios de flatulencias de promedio. Esto significaba un volumen medio de 90 mililitros por pedo. Y sí, existía igualdad de sexos. Tanto las mujeres como los hombres expulsaron cantidades equivalentes.

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Quizá más impactante resulta saber que hasta 1998 la ciencia no había identificado a los gases exactos responsables del olor que producen los pedos. En este caso hay que darle la enhorabuena al doctor Michael Levitt, del Minneapolis Veterans Affairs Center. El hombre usó el mismo sistema de tubos y bolsa rectal que el estudio del 91, aunque esta vez para recolectar gases de 16 sujetos sanos que comieron frijoles la noche anterior.

Luego se extrajeron muestras de las bolsas a través de una jeringa y se les dio a dos expertos jueces para que determinaran la intensidad. Según el estudio:

En un ambiente sin olores, los jueces sostuvieron la jeringa a 3 centímetros de sus narices y lentamente expulsaron el gas tomando varios olores. El olor se clasificó en una escala lineal de 0 (sin olor) a 8 (muy ofensivo).

(Nota mental: jamás volveré a decir que mi trabajo es una mierda)

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La intensidad del olor se correlacionó con altos niveles de sulfuro de hidrógeno, metanotiol y sulfato de dimetilo. Estos gases fueron aislados y presentados individualmente a los valientes jueces, quienes los describieron respectivamente como “huevos podridos”, “vegetales en descomposición” y “dulces”. Por tanto, Levitt podría identificar positivamente el sulfuro de hidrógeno como ese gas del que todo el mundo huye en un autobús.

Richard Newton. Wikimedia Commons

De manera intrigante, el estudio de Levitt sí encontró diferencias entre los hombres y las mujeres. Según el científico los pedos de las mujeres “tenían una concentración significativamente mayor de sulfuro de hidrógeno y una mayor intensidad de olor que la de los hombres”. En cambio, los hombres se mantuvieron a sí mismos produciendo un mayor volumen de gases en general. Quizá lo más justo sería decir que había un empate técnico en la batalla de los sexos.

Sin duda estos hombres fueron unos valientes. Aunque si hablamos de los pedos desde su vertiente cultural, no podíamos terminar este artículo sin contar la apasionante historia del hombre que elevó la flatulencia a la categoría de arte. Un tipo que durante un tiempo fue uno de los artistas más famoso de la vieja Europa. Un hombre bajo el nombre de Joseph Pujol.

Le Pétomane

Caricatura de Pujol. WC

Hay gente que nace con un talento innato en la vida y tarda varios años en darse cuenta del poder que tiene. Incluso en el universo de los superhéroes podemos constatar como muchos de ellos no alcanzan a controlarlos hasta bien entrada la madurez, en el peor de los caos, tras un fatal evento. No es el caso de Joseph Pujol, quien si bien no fue un superhéroe, sí fue capaz de explotar (y de qué manera) su talento desde bien temprano.

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Pujol nació en Marsella en 1857. Fue uno de los cinco hijos del cantero y escultor François Pujol y su esposa Rose. El encuentro con su poder tendría lugar poco después de dejar la escuela, en una tarde lúdica mientras el chico nadaba en el mar. En un momento dado Joseph respira hondo antes de sumergirse. Quería saber cuanto tiempo era capaz de estar bajo el agua.

De repente ocurre algo muy extraño. Mientras inhalaba, el joven Pujol siente como el agua fría entraba por su trasero. Alarmado por aquella situación Joseph salió rápidamente del agua. Al volver a la orilla se sorprende con la escena. El chico ve como comienza a brotar una gran cantidad de agua del mar desde su trasero. ¿Cómo puede estar ocurriendo esto?

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Rose lleva a Joseph al médico y este les tranquiliza. El doctor dice que no hay de qué preocuparse y que el chico no tiene nada anormal. Y es aquí, cuando la eminencia médica les da el visto bueno, cuando Joseph decide explorar su nueva capacidad con la sana curiosidad de quién es un joven inquieto. Desde muy joven ya había mostrado sus dotes artísticas, un talento natural para cantar, bailar y actuar ante los mayores. Su amor por la música le llevó incluso a practicar el trombón, aunque sería otro instrumento de viento el que lo llevaría a la fama.

Pujol. Wikimedia Commons

Tras la visita del doctor Joseph comenzó a explorar nuevas “vías”. Así fue como descubrió que, con un poco de control abdominal, era capaz de aspirar agua deliberadamente a través de su ano para luego proyectarlo con fuerza inusitada creando un chorro de varios metros. Este primer experimento le llevó a descubrir otro: también era capaz de absorber grandes cantidades de aire si se contorsionaba de manera adecuada… para luego dejarlo salir a voluntad del joven.

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No sólo eso. El chico fue capaz de utilizar varias presiones con el fin de producir notas diferentes, lo que le permitía reproducir canciones simples. Aquello le convirtió en una rara avis, un tipo extraño y tremendamente popular en la escuela. Lo que Pujol no sabía en aquellos momentos era que su poder lo iba a convertir un día en el artista más famoso y mejor pagado de toda Francia.

Aunque antes pasó por el ejército. Allí sus compañeros recordaban cómo un Pujol ya más adulto era capaz de divertir a sus compañeros con sus trucos. Fue esta época cuando, como todo gran superhéroe, Pujol dejó de ser Pujol para convertirse en Le Pétomane.

Cuando Joseph dejó el ejército no se rindió a su poder. Al contrario, por aquel entonces sus planes eran más mundanos. Joseph abrió una panadería en Marsella, su sueño de niño. Un local que además tuvo bastante éxito en el sur de Francia. Sin embargo, el artista que llevaba dentro comenzó a aflorar. El hombre tuvo sus primeros trabajos e incursiones en el mundo del espectáculo, en pequeños teatros de comedia, aunque todavía aquí se resistía a liberar su fisionomía única. ¿Serían capaz de entender su arte?

Hasta que un día se liberó y dejó salir lo que llevaba dentro. Ocurrió en 1892, cuando Joseph tenía 37 años. Anunciado, ahora sí, como Le Pétomane, el hombre subió al escenario del Moulin Rouge de París aún con dudas. No las tenía todas consigo y era un tanto escéptico con el show, principalmente porque lo que iba a tener lugar era una novedad para todos los franceses. Hasta ahora su poder no había salido de su círculo cercano. ¿Qué ocurrió?

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Señoras y señores, hoy tenemos el honor de presentar una sesión de Le Pétoman.

Aunque temeroso, Pujol se ganó a la audiencia en muy poco tiempo. El tipo había salido al escenario elegantemente vestido: con un abrigo rojo, unos pantalones de satén negro y unos guantes blancos. Antes de comenzar Pujol guarda silencio, observa durante un par de segundos al público y luego comienza a dar un breve discurso. Joseph explica a la audiencia que las emisiones que está a punto de producir eran completamente inodoras porque se preocupaba de limpiar su colon diariamente. En ese momento comenzaron los primeros murmullos, la audiencia se miraba unos a otros perplejos, totalmente desprevenidos por lo que estaba a punto de empezar.

El show comenzó con una serie de imitaciones flatulentas: Pujol fue capaz en pocos minutos de escenificar con pedos situaciones tan dispares como la cita de un hombre tímido con una chica o el sólido y enérgico pedo de un molinero... para finalizar esta introducción con una majestuosa flatulencia de 10 segundos. Luego pasó a tocar canciones variadas o apagar velas a través de su instrumento de viento, hizo imitaciones del disparo de un cañón o incluso llegó a recrear una tormenta con sus pedos.

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Y aquello era sólo la primera parte del show.

Al principio el público quedó asombrado ante aquel espectáculo. Pero cuando la primera risa incontrolable surgió de entre la multitud, rápidamente se extendió por todo el teatro. En cuestión de minutos la audiencia estaba rendida, no podían parar de reír, las lágrimas corrían por las mejillas de los asistentes. Incluso se reportaron casos de mujeres que necesitaron asistencia del ataque de risa que les entró, incapaces de respirar entre aquellos trajes encorsetados mientras veían el poder inusitado de Joseph desatado.

J. Pujol. Wikimedia Commons

Cuando comenzó el segundo acto el teatro casi se viene abajo. Pujol salió del escenario y se acerca al público. Delante de todo el mundo se introduce un tubo de goma en su orificio, lo hizo a través de un agujero que tenía en la parte posterior de sus pantalones. Con la otra parte del tubo Joseph comenzó a fumar un cigarro. ohhhh!, se oía en el teatro. Para terminar el espectáculo y como apoteósico final, el hombre unió una ocarina al extremo del tubo y tocó una serie de canciones populares mientras invitaba al resto de los presentes a cantar.

Así terminó esa primera función. Con el público entregado en pie cantando las canciones que salían del ano del artista. Le Pétomane fue un éxito sin paliativos y desde entonces utilizó su fisionomía única para entretener a las masas durante años (entre los ilustres que asistieron a sus espectáculos se encontraban el rey Leopoldo II o Sigmund Freud). El hombre se convirtió eventualmente en el artista mejor pagado de toda Francia. Un espectáculo donde fue incorporando nuevos repertorios (incluida la Marsella o el no menos mítico O Sole Mio).

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Tres años después de su debut en el Moulin Rouge, los dueños del teatro lo demandan por participar en una actuación espontánea, un show que tenía el único fin de ayudar a un amigo en apuros económicos. Pujol fue multado con tres mil francos y expulsado de la sala. A partir de entonces Pujol creó su propio espectáculo itinerante, Théâtre Pompadour, momento en el que inicia una larga gira por todo Francia.

Sin embargo y con el paso de los años, Pujol dejaría atrás el mundo del espectáculo. En 1914 y tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, dos de sus hijos quedan discapacitados por la batalla, momento en el que renuncia al escenario y regresa a su anterior vida como panadero para estar con su familia.

El artista único e irrepetible fallecía en 1945 con 88 años. Joseph Pujol fue enterrado en el cementerio de La Valette-du-Var donde todavía hoy se puede visitar su tumba. Poco después de su muerte una escuela de medicina de París tocó en la puerta de su esposa. Querían pedirle permiso para examinar el famoso ano del difunto Le Pétomane. La familia de Pujol declinó la oferta, como dijo su mujer:

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Hay algunas cosas en esta vida que simplemente deben ser tratadas con reverencia.