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Algo se está torciendo en OpenAI y empieza a notarse en sus decisiones. La empresa que quería dominarlo todo ahora está frenando justo cuando Anthropic gana terreno

Cancelaciones internas, productos que no despegan y un giro hacia el negocio empresarial dibujan un cambio de rumbo en OpenAI. El problema no es solo el ajuste, sino el momento: ese mismo terreno ya está siendo conquistado por Anthropic.

Durante bastante tiempo, OpenAI pareció una compañía incapaz de quedarse quieta. Si había una nueva forma de meter inteligencia artificial en la vida cotidiana, Sam Altman quería probarla. Imágenes virales, asistentes cada vez más personales, vídeos hiperrealistas, compras dentro del chat, navegadores con IA, agentes, herramientas de escritorio, funciones experimentales y hasta ideas que hace solo unos años habrían parecido directamente radioactivas.

Ese impulso sigue ahí, pero algo empieza a cambiar. Y no porque OpenAI haya perdido la ambición, sino porque empieza a notar una realidad que el relato tecnológico a veces intenta disimular: no todo lo que genera ruido genera negocio. Y peor todavía: mientras OpenAI se dispersaba, Anthropic encontró un sitio mucho más rentable desde el que crecer.

OpenAI ya no está en fase de expansión libre: empieza la etapa de las renuncias

La señal más clara de ese cambio no es un gran lanzamiento, sino justo lo contrario: lo que ya no va a ocurrir.

Según Financial Times, OpenAI ha cancelado sus planes para desarrollar un chatbot erótico, una idea que internamente se conocía como “modo Citron” y que buscaba explorar una versión adulta de interacción conversacional. La decisión no responde solo a una cuestión moral o reputacional. También expone algo mucho más importante: OpenAI ya no parece dispuesta a gastar capital técnico, político y cultural en experimentos que puedan generar titulares, pero no una ventaja real de producto.

Y no era un experimento menor. Entrenar un sistema capaz de mantener conversaciones explícitas sin cruzar líneas ilegales o peligrosas (como abuso, coerción, explotación o vínculos emocionalmente dañinos) era un desafío técnico y ético enorme. También era una bomba reputacional esperando el momento adecuado para explotar. La empresa ha decidido no asumir ese riesgo. Y eso, en sí mismo, ya dice bastante.

La época del “probemos todo” empieza a chocar con la necesidad de ganar dinero de verdad

Algo se está torciendo en OpenAI y empieza a notarse en sus decisiones. La empresa que quería dominarlo todo ahora está frenando justo cuando Anthropic gana terreno
© Getty Images / Justin Sullivan.

OpenAI creció durante años como una mezcla extraña entre laboratorio de vanguardia, empresa de producto y fenómeno cultural. Y durante un tiempo eso funcionó. ChatGPT se convirtió en la puerta de entrada masiva a la inteligencia artificial y cada nuevo lanzamiento parecía reforzar la idea de que la compañía estaba siempre dos pasos por delante del resto.

Pero el mercado de la IA ha madurado muy rápido. Y con esa maduración llegó una pregunta bastante menos sexy que los vídeos generativos o los asistentes con voz seductora: ¿qué parte de todo esto genera ingresos sostenibles? Ahí es donde empiezan a aparecer las grietas.

OpenAI ha probado distintos caminos para monetizar el entusiasmo alrededor de ChatGPT. Suscripciones más caras, herramientas premium, integraciones más avanzadas, funciones de compra, propuestas agénticas y una narrativa cada vez más ambiciosa sobre el “ordenador definitivo” o la “superapp” del futuro. El problema es que muchas de esas ideas, aunque interesantes, no parecen haber cambiado todavía la ecuación de fondo.

No basta con que la gente use ChatGPT. Hace falta que pague por él de forma estable, recurrente y a una escala que justifique el coste brutal de entrenar, servir y mejorar estos modelos.

Mientras OpenAI buscaba el próximo gran gesto, Anthropic encontró el negocio menos glamuroso y más importante

Y ahí es donde entra Anthropic. Durante meses, Claude fue percibido por buena parte del público general como una especie de alternativa “más seria” o “menos vistosa” frente a ChatGPT. Menos espectáculo, menos ruido, menos marketing de ciencia ficción. Pero justo esa posición más sobria le ha permitido crecer con bastante inteligencia en el lugar que hoy parece más atractivo para la IA: la empresa.

Anthropic ha logrado algo que OpenAI todavía no termina de cerrar del todo: convertirse en una herramienta especialmente bien posicionada para flujos de trabajo profesionales, código, análisis documental, automatización y uso corporativo. En otras palabras, ha logrado meterse donde están los presupuestos de verdad. Y eso cambia el tablero.

Porque si OpenAI empieza ahora a recentrarse en productividad, agentes, escritorio, programación y herramientas de uso serio, no lo hace desde una posición completamente libre. Lo hace entrando de lleno en un territorio donde Anthropic ya ha construido prestigio, producto y narrativa.

Lo que parecía ambición total quizá era dispersión con muy buen marketing

Durante mucho tiempo, la expansión constante de OpenAI se leyó como señal de fortaleza. Y en parte lo era. Solo una empresa con una posición dominante podía permitirse probar tantas cosas al mismo tiempo. Pero hay otra lectura posible, bastante menos heroica: que parte de esa expansión también era una forma de buscar desesperadamente el siguiente gran modelo de negocio.

Sora generó fascinación, sí, pero su impacto real en la vida cotidiana sigue siendo limitado. Las compras dentro del chat apuntaban a una transformación profunda del comercio digital, pero todavía están muy lejos de cambiar los hábitos de millones de usuarios. Los experimentos más “sociales” o emocionales rozaban un terreno cada vez más delicado. Y muchas de esas apuestas, aunque muy visibles, no terminaban de consolidar una ventaja clara frente al tipo de uso que sí empieza a definir la IA útil: trabajar mejor, producir más, automatizar más cosas.

Es decir: menos fuegos artificiales y más infraestructura cognitiva. Y si ese es el nuevo norte, OpenAI llega con poder, sí, pero también con cierto retraso estratégico.

La gran señal no es lo que OpenAI cancela, sino lo que está intentando convertirse

Algo se está torciendo en OpenAI y empieza a notarse en sus decisiones. La empresa que quería dominarlo todo ahora está frenando justo cuando Anthropic gana terreno
© Getty Images / Mike Coppola.

En paralelo a estos frenos, empiezan a aparecer indicios de reorganización. Distintos reportes apuntan a que OpenAI trabaja en una herramienta de escritorio que unificaría ChatGPT, capacidades de código tipo Codex y funciones de navegador en una misma experiencia. Una especie de capa operativa con ambición de superapp: no solo un chatbot, sino un entorno desde el que producir, programar, investigar y ejecutar tareas. The Information reportó que la compañía también terminó el desarrollo de un nuevo modelo interno llamado “Spud”, que Sam Altman habría descrito internamente como capaz de “acelerar la economía”.

Si esa visión se concreta, OpenAI estaría dejando atrás la etapa de “herramienta fascinante” para intentar convertirse en algo mucho más importante: una interfaz de trabajo. Y esa transición sí podría cambiar las reglas del juego.

El problema es que no llega en el vacío. Llega cuando el entusiasmo fácil por la IA ya no alcanza. Cuando inversores, clientes y usuarios empiezan a pedir no solo magia, sino utilidad sostenida. Y cuando algunos competidores ya han hecho los deberes con menos ruido y bastante más foco.

OpenAI sigue siendo OpenAI, pero ya no puede permitirse jugar como si siguiera sola

Nada de esto significa que OpenAI esté perdiendo la carrera. Sería una conclusión demasiado rápida y bastante ingenua. Sigue siendo una de las compañías más poderosas del planeta en inteligencia artificial, sigue teniendo una posición cultural incomparable y sigue siendo, para muchísima gente, el nombre que define esta tecnología. Pero precisamente por eso, sus renuncias empiezan a importar más que antes.

Porque cuando una empresa que parecía querer estar en todo empieza a elegir mejor sus batallas, normalmente no es por prudencia filosófica. Es porque el mercado ha dejado de premiar la omnipresencia y ha empezado a exigir otra cosa: claridad, foco y productos que no solo impresionen, sino que se vuelvan inevitables.

Y ahí es donde OpenAI parece haber entendido, quizá un poco tarde, que la siguiente gran guerra de la inteligencia artificial ya no se va a ganar solo en la imaginación del público.

Se va a ganar en el escritorio. En la empresa. En el trabajo real. Y en ese terreno, Anthropic ya no es una nota al pie. Es el rival que llegó antes al sitio donde ahora todos quieren estar.

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