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Ciencia

Alguien convirtió un río de los Pirineos en su piscina privada. Es una de las más de un millón de barreras que fragmentan los ríos europeos

Los pescadores notaron que había menos truchas. Ese muro de piedras calentaba el agua y frenaba los sedimentos, como hacen miles de barreras pequeñas
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Durante dos veranos, un tramo del río Vanéra, en la Cerdaña francesa, funcionó como una piscina natural. Alguien había levantado con piedras una barrera sobre el cauce, cerca de la localidad de Osséja, en los Pirineos Orientales, a pocos kilómetros de la frontera con España. El agua se acumulaba detrás del muro y formaba un estanque perfecto para bañarse.

Lo que para alguien era un rincón de descanso, para el río era un problema. El 9 de octubre, equipos técnicos del municipio entraron al cauce con una excavadora y desmantelaron la presa. El autor, según la prensa local, todavía no fue identificado.

Las truchas dieron la alarma

Los primeros en notar algo raro fueron los pescadores. La asociación local de pesca había advertido meses antes que se veían cada vez menos peces en ese tramo del río. Tras reunir información y coordinarse con los organismos ambientales franceses, el ayuntamiento ordenó retirar la obra, construida sin autorización.

Según el municipio, este tipo de barreras alteran el flujo del agua, favorecen la acumulación de sedimentos y elevan la temperatura del río. Los tres efectos van en contra de las truchas, peces de aguas frías y oxigenadas que necesitan fondos de grava limpia para reproducirse.

Por qué un muro pequeño importa tanto

Una presa de piedras puede parecer inofensiva, pero cambia el funcionamiento del río. Al frenar la corriente, el agua se estanca y se calienta con el sol, y el agua más caliente retiene menos oxígeno. Los sedimentos que el río normalmente arrastra se depositan detrás del muro y cubren las gravas donde las truchas ponen sus huevos. Y la barrera corta el paso de los peces que necesitan moverse río arriba o río abajo para alimentarse o reproducirse.

Más de un millón de obstáculos

El caso de Osséja es llamativo, pero no excepcional. Un estudio del proyecto europeo AMBER, publicado en 2020 en la revista Nature, contabilizó alrededor de 1,2 millones de barreras en los ríos de 36 países europeos, desde grandes represas hasta pequeños azudes y vados. El 68% medía menos de dos metros de altura.

Para hacer ese recuento, los investigadores recorrieron a pie tramos de ríos y descubrieron que las bases de datos oficiales subestimaban el número de barreras en un 61%, sobre todo las pequeñas. Ninguna cuenca del continente está libre de obstáculos artificiales: los ríos de Europa central son los más fragmentados, mientras que los de Escandinavia, Islandia, Escocia y los Balcanes conservan más tramos libres.

La Unión Europea se fijó como objetivo recuperar el libre flujo de miles de kilómetros de ríos, y en varios países ya se derriban presas en desuso para devolverles su curso natural. En ese contexto, una piscina improvisada con piedras es un ejemplo en miniatura de un problema continental.

Una multa que puede salir cara

En Francia, obstruir deliberadamente el curso del agua puede costar una multa de hasta 1.500 euros. Si la obra requería una autorización que no se pidió, puede llegar a considerarse delito, con penas de hasta un año de prisión y 75.000 euros de multa. Por ahora, no se conoce ninguna sanción porque el responsable sigue sin aparecer.

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