En el mapa político de la Antártida, siete países se reparten el continente en sectores triangulares que convergen en el Polo Sur. Algunas se superponen, como las de Argentina, Chile y el Reino Unido. Pero hay una franja que no figura en ningún reclamo: un enorme sector de la Antártida occidental conocido como Tierra de Marie Byrd.
Con alrededor de 1,6 millones de kilómetros cuadrados, es más grande que Francia y España juntas. Y es considerada la mayor extensión de tierra del planeta que ningún Estado reclama como propia.
Un nombre de amor y un vacío legal

La región fue explorada desde el aire por el aviador y explorador estadounidense Richard E. Byrd, que la descubrió en 1929 y la bautizó en honor a su esposa, Marie. Varios accidentes geográficos llevan los nombres de los patrocinadores de sus expediciones, como la meseta Rockefeller y la cordillera Ford.
Estados Unidos, sin embargo, nunca formalizó un reclamo. La llamada doctrina Hughes, de 1924, sostenía que avistar o sobrevolar una tierra no daba derechos de soberanía sin una ocupación efectiva, algo prácticamente imposible en un territorio cubierto de hielo. Durante la Guerra Fría, tanto Washington como Moscú se reservaron el derecho a reclamar en el futuro, pero no lo hicieron.
En 1959, doce países firmaron el Tratado Antártico, cuyo artículo IV congeló los reclamos existentes y prohibió presentar otros nuevos. Desde entonces, la Tierra de Marie Byrd quedó como un territorio sin dueño. Ni siquiera la ocurrencia de un exmilitar estadounidense que en 2001 se autoproclamó soberano de un «Gran Ducado de Westarctica», con sellos, monedas y pasaportes simbólicos, obtuvo reconocimiento de ningún gobierno.
Volcanes debajo del hielo

Que nadie la reclame no significa que no tenga interés. Bajo su capa de hielo, de más de tres kilómetros de espesor en algunos puntos, se esconde un paisaje extremo. En la cordillera Executive Committee se alza el monte Sidley, de 4.285 metros, considerado el volcán más alto de la Antártida.
La Antártida occidental es además una de las regiones volcánicas más extensas del mundo. Un estudio de la Universidad de Edimburgo publicado en 2017 identificó 91 volcanes enterrados bajo el hielo de esa parte del continente, que se suman a los ya conocidos. Su posible influencia sobre la estabilidad del hielo es un tema que los científicos siguen investigando.
Allí se encuentra también la fosa subglacial de Bentley, cuyo lecho rocoso está unos 2.500 metros por debajo del nivel del mar. Durante décadas se la consideró el punto más bajo de la Tierra no cubierto por el océano, hasta que en 2019 un mapa de alta resolución de la Universidad de California en Irvine reveló que el cañón bajo el glaciar Denman, en la Antártida oriental, es todavía más profundo, a unos 3.500 metros bajo el nivel del mar.
El glaciar del fin del mundo
En la costa del mar de Amundsen, en el límite oriental de la región, están dos de los glaciares más vigilados del planeta: el de la isla Pine y el Thwaites, apodado «glaciar del juicio final». Su lecho se encuentra por debajo del nivel del mar y se profundiza hacia el interior, una configuración que lo hace vulnerable al agua oceánica cálida que lo erosiona desde abajo.
El Thwaites funciona como un tapón que contiene buena parte del hielo de la Antártida occidental. Si colapsara, por sí solo podría elevar el nivel del mar en unos 65 centímetros, y su caída podría arrastrar a otros glaciares de la región. Por eso, la tierra que ningún país quiere es una de las que más le importa a la humanidad entera.