Los arándanos se han convertido en símbolo de la alimentación saludable. Su sabor, sus propiedades y su presencia en las tiendas nos seducen sin que apenas pensemos en su origen. Sin embargo, detrás de cada bandeja hay una historia mucho más compleja que merece ser contada. ¿Qué hay realmente detrás de esta industria floreciente?
Un fenómeno global que no es tan perfecto
Desde hace poco más de una década, Perú ha escalado posiciones hasta convertirse en el principal exportador mundial de arándanos. En solo diez años, las plantaciones se han multiplicado por diez, ocupando ya unas 20.000 hectáreas, con una producción cercana a las 200.000 toneladas anuales y generando ingresos de más de 1.000 millones de dólares.

Esta expansión ha sido vista como un éxito sin precedentes, comparable al auge de las criptomonedas. Incluso en años difíciles para la agricultura del país, el sector del arándano ha seguido creciendo, dando empleo a más de 125.000 personas. Todo gracias a un clima ideal y a emprendedores que supieron ver la oportunidad de producir cuando otros países no podían competir.
El precio que pagan quienes los cultivan
Pero el éxito tiene un coste humano difícil de ignorar. Las personas que recogen estos frutos, como Julisa, una trabajadora de 42 años de la región de Virú, lo hacen por sueldos muy bajos, soportando el calor abrasador y el polvo de las tierras áridas. Lo más paradójico: muchos de ellos nunca los consumen en sus hogares.
Las condiciones laborales son duras: alojamientos hacinados, falta de agua potable, jornadas agotadoras. Las protestas no han faltado. En Ica, en 2020, los trabajadores alzaron la voz contra lo que consideraban un sistema de explotación disfrazado de legalidad. Las mejoras salariales, cuando llegan, suelen ir acompañadas de la supresión de otras bonificaciones.
El impacto invisible sobre el medio ambiente
Más allá del coste social, el daño ambiental también es profundo. Los arándanos requieren grandes cantidades de agua, algo que resulta insostenible en regiones desérticas. Aunque el riego por goteo es habitual, cada hectárea consume al año entre 6.000 y 14.000 metros cúbicos de agua, lo que equivale a varias piscinas olímpicas.

Algunos productores exploran soluciones como la recarga de acuíferos, pero la mayoría sigue dependiendo de recursos subterráneos cada vez más escasos. En lugares como Ica, los pozos se hacen más profundos mientras los ríos desaparecen.
¿Qué papel tenemos como consumidores?
El arándano peruano representa las contradicciones de la agricultura globalizada: un superalimento cultivado intensivamente en el desierto, recolectado en condiciones precarias y transportado por avión hasta nuestros hogares. La solución no pasa necesariamente por dejar de consumirlos, sino por exigir que se produzcan de forma justa y sostenible. Como consumidores, podemos marcar la diferencia reclamando mayor transparencia y apoyando prácticas responsables.
Fuente: Meteored.