Seguir Martín Nicolás Parolari
Donde hoy solo hay arena, una vez hubo un mar lleno de vida. En Egipto, el Valle de las Ballenas guarda los restos de cetáceos con patas y vértebras fosilizadas que cuentan la historia de un mundo sumergido. Es el desierto que protege el origen del océano.
El deshielo del Ártico, cuatro veces más rápido que el promedio global, acaba de abrir una nueva vía comercial. El carguero chino ‘Istanbul Bridge’ completó un viaje histórico que une la crisis climática con la ambición tecnológica de Pekín.
El Telescopio prometía convertir a Sudamérica en un referente de la radioastronomía mundial. Pero el convenio bilateral caducó en junio y, desde entonces, las autoridades nacionales no dan señales de renovación. El proyecto —único en la región— podría quedar inconcluso a pesar de que casi todo su financiamiento proviene de China.
Sin brújula moderna ni mapas precisos, Colón siguió el impulso de las mareas y los vientos alisios. En el proceso, trazó las rutas naturales del Atlántico Norte: las mismas que hoy regulan el clima y el pulso energético del planeta.
Los astrónomos los llaman “rompedores del Universo”. Son diminutos, brillan en rojo intenso y no se comportan como galaxias ni agujeros negros. Su descubrimiento podría revelar una nueva fase de la materia en el amanecer del cosmos.
La Agencia Espacial Europea logró medir, desde el espacio, las olas más grandes jamás registradas. El hallazgo, captado durante la tormenta Eddie, demuestra hasta qué punto el océano puede liberar energía capaz de alterar costas a miles de kilómetros de distancia.
Detectados solo con radiotelescopios, estos anillos gigantes de energía podrían ser los restos de explosiones antiguas provocadas por agujeros negros supermasivos. Su hallazgo desafía las teorías sobre cómo se formaron las galaxias y ofrece nuevas pistas sobre los primeros momentos del universo.
Entre barro, hielo y casualidad, un aficionado descubrió un diente de mamut en perfecto estado a orillas del Rin. Los expertos creen que podría reescribir parte de la historia natural europea y revelar cómo vivieron los gigantes de la Edad de Hielo.
Durante años fue un gigante dormido, símbolo de ambición y fracaso a partes iguales. Pero el colosal reactor de fusión nuclear ITER, en el sur de Francia, vuelve a cobrar vida. Tras crisis internas y décadas de escepticismo, el proyecto más costoso de la ciencia moderna retoma su marcha hacia una energía limpia e inagotable.
Los telescopios Hubble y James Webb lo observan sin descanso. Pero lo que más desconcierta a los científicos no es su brillo, sino lo que podría ocultar: señales de una “vida divergente”, una forma de existencia que no necesita agua, oxígeno ni ADN. Harvard propone que el cosmos podría estar lleno de ella… y que nunca la notaríamos.
Durante décadas, las neuronas se llevaron todo el crédito. Pero la ciencia acaba de revelar que unas células silenciosas, las astrocitos, podrían ser las verdaderas guardianas de la memoria emocional. Su hallazgo reescribe cómo recordamos y por qué ciertas vivencias se niegan a desaparecer.
Un astrofísico del Centro Goddard de la NASA plantea una hipótesis tan desarmante como humana: tal vez los extraterrestres dejaron de intentar contactarnos porque no valía la pena. Ni somos tan interesantes, ni ellos tan poderosos. En lugar de civilizaciones superavanzadas, el universo podría estar lleno de sociedades… simplemente normales.
No era un cohete ni una nave espacial, sino un viejo avión militar que subía y caía hasta dejarlo todo suspendido. En sus entrañas, científicos y voluntarios flotaban, se desorientaban y, muchas veces, vomitaban. Pero fue allí, entre turbulencias y mareos, donde aprendimos lo más importante: cómo ser humanos sin gravedad.
No serán cúpulas metálicas ni refugios improvisados, sino hábitats vivos y autosustentables donde la humanidad podría prosperar sin depender de la Tierra. La Agencia Espacial Europea ya imagina jardines marcianos, robots médicos y materiales inteligentes que se reparan solos. El sueño de vivir en otro planeta tiene, por fin, una fecha.
Miles de satélites, fragmentos de cohetes y polvo estelar comparten hoy el mismo escenario sobre nuestras cabezas. Saber si lo que iluminó la noche fue una estrella fugaz o basura espacial se ha vuelto una nueva forma de observación astronómica. Los científicos revelan cómo leer las señales del cielo… y reconocer nuestras propias huellas en él.
Tras una cadena de explosiones, el megacohete de Elon Musk finalmente ha completado un vuelo casi perfecto. La hazaña devuelve la esperanza a SpaceX y a la NASA, que necesita este vehículo para pisar la Luna antes que China. El problema: el tiempo para demostrar que Starship está lista se agota.
Entre rocas milenarias y lavas del manto, un equipo internacional descubrió una anomalía isotópica que sobrevivió al caos del gran impacto. Los resultados, publicados en Nature Geosciences, revelan por primera vez que fragmentos de la Proto-Tierra siguen enterrados bajo nosotros, como cápsulas de un planeta que ya no existe.
Un nuevo círculo de radio detectado por astrónomos y ciudadanos científicos ha desconcertado a los investigadores. Con dos anillos entrelazados y un diámetro cercano al millón de años luz, este objeto cósmico —el más distante de su tipo— podría ser la huella luminosa de un estallido ancestral que agitó el universo primitivo.
Las concentraciones de CO₂, metano y óxido nitroso han alcanzado un punto de no retorno, según la OMM. Detrás de los números récord hay un fenómeno más profundo: los océanos y los bosques ya no logran absorber el carbono como antes, y el aire que respiramos está alterando el futuro del planeta.
Durante años fue una leyenda arqueológica: un pueblo de humanos diminutos que habitó una isla perdida en Indonesia. Hoy sabemos que el Homo floresiensis fue real, que caminó entre volcanes hace 60.000 años y que su mente —aunque pequeña— bastó para fabricar herramientas y desafiar todo lo que creíamos sobre nosotros mismos.