En medio del aire seco y transparente de Barreal, Calingasta, a más de 2.300 metros sobre el nivel del mar, se levanta una estructura que parece salida del futuro: una antena parabólica de 40 metros de diámetro y 60 de altura, destinada a escuchar las señales más tenues del universo. Es el Radiotelescopio Chino-Argentino (CART), un proyecto científico que podría haber puesto a Argentina a la vanguardia de la radioastronomía y la geodesia internacional.
Pero desde junio, el proyecto quedó suspendido en un limbo administrativo: el convenio bilateral con China expiró, y ninguna autoridad nacional ha dado una respuesta formal para renovarlo.
Una máquina para escuchar el universo

El CART se construye en la Estación Astronómica Carlos Cesco, en un paraje remoto y privilegiado por su cielo limpio. El acuerdo original fue firmado en 2015 por el Conicet, la Universidad Nacional de San Juan (UNSJ), el Gobierno de San Juan y los National Astronomical Observatories of the Chinese Academy of Science (NAOC). La instalación debía comenzar sus observaciones a fines de 2025 y entrar en operación plena en 2026.
El proyecto fue concebido para operar de manera sincronizada con radiotelescopios de todo el mundo. Con su antena de gran tamaño y receptores de alta sensibilidad, podría captar señales de restos de supernovas, galaxias activas y estrellas binarias de rayos X, además de realizar mediciones geodésicas de alta precisión.
“Permite determinar con exactitud la posición y orientación de la Tierra, medir el movimiento de las placas tectónicas y mejorar la red de navegación satelital del hemisferio sur”, explica la astrónoma Gloria Dubner, miembro de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. “Sería un instrumento de referencia para toda América Latina.”
Un acuerdo que se apagó sin aviso
El problema no es técnico ni económico. China financia más del 95 % del proyecto, con una inversión de 36 millones de dólares, mientras Argentina aportó 1,5 millones en infraestructura y personal. Pero el convenio que daba sustento legal y operativo al trabajo conjunto caducó en junio de 2025, y desde entonces reina el silencio institucional.
“La universidad firmó un acuerdo bilateral por su cuenta, pero no puede reemplazar al original”, explica Jorge Castro, decano de la Facultad de Ciencias Exactas de la UNSJ. “Cualquier convenio de esta magnitud necesita del respaldo de la Nación y del Conicet. Sin eso, el proyecto queda en el aire.”
Los intentos de la universidad por obtener una respuesta se toparon con una cadena de derivaciones: del Conicet a la Secretaría de Políticas Universitarias, de allí a la Secretaría de Innovación, y luego a Cancillería. Nadie asumió la decisión. “Pedimos saber con quién hablar y nunca obtuvimos respuesta. Es un silencio de radio total”, resume Castro.
Una antena inmóvil bajo el cielo sanjuanino

Mientras tanto, el tiempo pasa. La antena principal ya está ensamblada, pero su instalación final depende de una grúa especial y del acople de componentes que llegaron en septiembre… y que siguen retenidos en la aduana. Cada mes de demora aumenta el riesgo de deterioro, sobrecostos y pérdida de compromiso internacional.
El propio decano lo define con crudeza: “Sería un cientificidio dejar caer este proyecto. No hay otra palabra.”
El CART no solo generaría observaciones científicas inéditas: también formaría especialistas en radioastronomía, una disciplina donde Argentina casi no tiene infraestructura. En el futuro, incluso podría operar junto a LLAMA, la antena argentino-brasileña que se instala en la Puna salteña, creando un sistema de observación de precisión sin precedentes en el hemisferio sur.
Entre la ciencia y la geopolítica
En los últimos meses, algunos funcionarios estadounidenses han expresado reservas sobre proyectos chinos en territorio argentino. Sin embargo, las autoridades locales aclaran que el CART no es una estación militar ni de inteligencia, sino un proyecto de investigación civil y abierto, con acceso público a los datos. “El predio está disponible para cualquiera que quiera visitarlo o tomar fotografías”, subraya Castro.
Lo que inquieta a la comunidad científica no son las sospechas externas, sino la falta de soberanía científica interna: el temor a que decisiones políticas o diplomáticas de corto plazo bloqueen una colaboración científica de largo alcance.
“La ciencia no tiene fronteras”, repite Castro. “En San Juan convivimos con convenios de Rusia, Francia y Estados Unidos. No hay contradicción. Hay cooperación.”
El riesgo de perder una década

El CART nació de una colaboración iniciada en 2004 y formalizada en 2015. Once años después, el proyecto sigue en suspenso. China, señalan los investigadores, construye radiotelescopios similares en menos de un año. Argentina lleva una década sin poder terminar uno.
“Los científicos chinos tienen paciencia, pero todo tiene un límite”, dice Castro con resignación. “Si este proyecto se cae, será una pérdida irreparable de confianza internacional.”
Para Dubner, la advertencia es clara: “Con su cancelación, no solo se frena una obra. Se cierra la posibilidad de que nuestros jóvenes científicos trabajen con tecnología de frontera.”
Una decisión que definirá el rumbo del conocimiento
El Radiotelescopio CART no es una simple estructura metálica: es una oportunidad histórica de posicionar a Argentina en el mapa de la ciencia mundial. Su caída significaría no solo perder un instrumento, sino un símbolo de cooperación internacional y desarrollo científico soberano.
En los cerros de San Juan, la antena gigante espera en silencio. Cada día que pasa sin respuesta es un día más en que la ciencia argentina se aleja del cielo que quiso escuchar.