Bajo la superficie del mar late un mundo oculto que sostiene nuestro presente: los cables submarinos por los que viaja casi todo internet. Ahora, un nuevo desafío emerge: que esas autopistas invisibles lleven no solo información, sino también electricidad. La transición energética depende, en parte, de convertir ese sueño en realidad.
Del Viking Link a proyectos de miles de kilómetros

El Viking Link, de 765 km, conecta Reino Unido y Dinamarca para intercambiar energía eólica. Pero no será el mayor por mucho tiempo: ya hay planes de cables de más de 4.000 km que enlazarán Canadá con Europa o Marruecos con Reino Unido. El caso más ambicioso es AAPowerLink, que busca exportar energía solar australiana hasta Singapur.
Estos proyectos persiguen un objetivo claro: equilibrar el desfase entre producción y consumo. Cuando en Canadá es de noche, en Europa amanece; cuando el sol cae en Australia, puede estar encendiendo las luces en Asia.
Internet como precedente
La idea no surge de la nada. Los cables de datos llevan décadas probando que las distancias oceánicas no son un obstáculo. Redes como 2Africa, de 45.000 km, o el Southern Cross, de 30.500 km, ya conectan continentes enteros. España también participa en esta infraestructura invisible con cables como el Marea y el Grace Hopper.
Si hemos logrado mover información a escala global, ¿por qué no también electricidad? La diferencia es que la cadena de suministro de transformadores, barcos y estaciones de conversión aún es limitada, lo que ralentiza los plazos.
Un nuevo mapa energético y político
Más allá de lo técnico, estas autopistas eléctricas dibujan una geopolítica distinta. Noruega ha visto protestas por la exportación de su electricidad; Reino Unido rechazó proyectos por considerarlos demasiado arriesgados; y el fantasma del sabotaje acecha tras la guerra de Ucrania.
Aun así, la visión es poderosa: el sol del desierto australiano o el agua canadiense podrían iluminar hogares a miles de kilómetros. Como en su día los oleoductos y gasoductos definieron la política del petróleo, los cables submarinos de energía pueden marcar el rumbo del siglo XXI.