En 2020, la nave OSIRIS-REx tomó muestras del asteroide Bennu. Tres años después, una cápsula con apenas 120 gramos de material permitió a los científicos acceder a un archivo natural del origen cósmico. Lo que descubrieron confirma teorías sobre los asteroides y abre nuevas preguntas sobre cómo el agua, el calor y las colisiones moldearon su compleja historia.
Un asteroide con memoria de estrellas

El análisis inicial, coordinado por la Universidad de Arizona y la NASA, indica que Bennu no es solo un residuo del sistema solar temprano: es un ensamblaje de materiales forjados por estrellas muertas hace mucho tiempo. Los investigadores hallaron partículas con composiciones isotópicas inusuales, inequívoco rastro de que existieron antes de que el propio Sol comenzara a brillar.
Jessica Barnes, coautora del estudio, lo explicó así: “Esos pedazos de polvo estelar provienen de estrellas que desaparecieron hace millones de años, y se incorporaron a la nube de la que nació nuestro sistema solar”.
Agua y calor: los alquimistas del asteroide
Un segundo estudio publicado en Nature Geoscience describe cómo el asteroide progenitor de Bennu acumuló hielo procedente del sistema solar exterior. Con el tiempo, ese hielo se derritió, reaccionó con los minerales y dio origen a estructuras alteradas por procesos hidrotermales a temperaturas cercanas a los 25 grados.
Según Tom Zega, del Laboratorio Kuiper-Arizona, “tenías agua líquida, calor y minerales: todos los ingredientes para comenzar a generar la química compleja que hoy vemos atrapada en Bennu”. Hasta un 80 % de los minerales encontrados contienen agua en su interior, prueba de un pasado dinámico.
La huella del espacio profundo

Un tercer trabajo revela cómo, tras su formación, Bennu fue modelado también por impactos de micrometeoritos y por la acción del viento solar, en un proceso conocido como meteorización espacial. A diferencia de la Tierra, carece de atmósfera protectora, lo que dejó su superficie expuesta durante eones.
La comparación de Bennu con Ryugu —otro asteroide analizado por la misión japonesa Hayabusa 2— y con meteoritos primitivos hallados en la Tierra muestra similitudes notables, reforzando la idea de que ambos descienden de cuerpos mayores que se formaron en las primeras etapas del sistema solar.
Un archivo cósmico en 120 gramos de roca
Los fragmentos de Bennu se han convertido en una ventana al origen no solo de los asteroides, sino también de los ingredientes que dieron forma a planetas y, quizá, a la vida misma. Entre polvo interestelar, agua atrapada y huellas de antiguos impactos, estas muestras condensan una historia que comenzó mucho antes que la nuestra.
El viaje de OSIRIS-REx confirma que incluso los restos más pequeños pueden guardar las claves de los grandes misterios cósmicos. Bennu, con su mezcla de pasado estelar y procesos químicos milenarios, es hoy uno de los testimonios más valiosos del origen del universo cercano.