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Ciencia

Besar podría venir del acicalamiento de los simios. Así nació un gesto humano con raíces biológicas, no románticas

La teoría del “beso del peluquero” gana fuerza entre los científicos. Según un nuevo estudio, los besos humanos derivarían de los rituales de limpieza y unión social observados en chimpancés y bonobos. Una costumbre que, con el tiempo, pasó de quitar piojos a expresar amor.
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Durante milenios, el beso ha simbolizado amor, deseo o afecto. Pero, según la ciencia, su historia no empezó con la pasión humana, sino con algo mucho más práctico: limpiar al otro. Un nuevo estudio de la Universidad de Warwick propone que el beso deriva directamente del acicalamiento entre primates, un ritual que los chimpancés y bonobos emplean para eliminar parásitos y reforzar la cohesión del grupo.

De la higiene al afecto

La hipótesis, publicada en la revista Evolutionary Anthropology, sostiene que nuestros antepasados compartieron con los grandes simios un gesto conocido como el “beso del acicalador”. Tras revisar decenas de horas de observaciones de comportamiento, los investigadores detectaron que, al finalizar una sesión de limpieza, los primates suelen presionar los labios sobre el cuerpo del otro y ejercer una leve succión.

El Dr. Adriano R. Lameira, responsable del estudio, explica que este gesto pudo ser un precursor evolutivo del beso humano: una forma de comunicación afectiva que mantenía unida a la comunidad. “El acicalamiento es más que una cuestión de higiene; es una herramienta social”, concluye.

Una costumbre que sobrevivió al paso del tiempo

El origen del beso está en los primates. De quitar parásitos a crear vínculos, la biología explica el romance.
© Shutterstock / Ralph Lear.

A medida que los humanos perdimos el pelaje, el acicalamiento perdió su sentido original. Sin embargo, el contacto boca a boca se mantuvo gracias a su efecto placentero, mediado por la liberación de endorfinas y dopamina, los mismos neurotransmisores asociados al bienestar y al apego.

De este modo, el beso habría conservado su función social y biológica: fortalecer vínculos, reducir tensiones y comunicar confianza. La sensibilidad de los labios y la cercanía del rostro lo transformaron en un lenguaje afectivo universal, aunque con límites sorprendentes.

No todos los pueblos se besan

Un estudio de 2015 que analizó 168 culturas reveló que solo el 46% practica el beso romántico. En muchas sociedades no aparece como signo de amor, e incluso se considera desagradable. Esto sugiere que, aunque el beso tenga raíces evolutivas, su interpretación es cultural y simbólica.

En algunos lugares del mundo, el afecto se expresa con caricias, inhalaciones de aliento o roces de nariz. Pero en todas las culturas, el objetivo es el mismo: crear cercanía.

Así, la ciencia confirma que besar no nació del amor, sino de la biología social. Fue una adaptación para mantenernos juntos, un vestigio de nuestros ancestros peludos que, sin proponérselo, inventaron el gesto más humano de todos.

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