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China está intentando domesticar uno de los desiertos más hostiles del planeta. Y lo está haciendo con paja, sal a 540 grados y paneles solares

En el Taklamakán, uno de los desiertos de arena más grandes y extremos del mundo, China combina técnicas agrícolas tradicionales, ingeniería pesada y energía solar de concentración para frenar el avance de las dunas. El resultado es un experimento ambiental a escala continental que lleva décadas en marcha.

A simple vista, la escena parece casi absurda. Dunas interminables, viento cargado de arena, temperaturas extremas… y, en medio de todo eso, árboles jóvenes regados por goteo, filas de paja enterradas en la arena y paneles solares alimentando bombas de agua. No es un proyecto piloto ni una intervención puntual. Es una estrategia a largo plazo con la que China intenta contener uno de los entornos más hostiles del planeta: el desierto de Taklamakán, en la región de Xinjiang.

Aquí no se trata solo de plantar árboles. Se trata de cambiar el comportamiento del paisaje.

Un desierto que no da tregua

China está intentando domesticar uno de los desiertos más hostiles del planeta. Y lo está haciendo con paja, sal a 540 grados y paneles solares
© Facebook / CGTN en Español.

El Taklamakán es uno de los mayores desiertos de arena del mundo. En verano supera con facilidad los 40 grados, en invierno desciende muy por debajo de cero y las tormentas de arena son frecuentes. La vida se aferra a los márgenes, donde hay oasis, ríos estacionales y asentamientos dispersos. El interior es, en gran parte, un océano de dunas móviles.

Durante varias décadas, el avance de la arena ha sido un problema serio para carreteras, oleoductos, infraestructuras y poblaciones. En los años 70, el gobierno chino lanzó un programa nacional para frenar la desertificación en el norte del país. Desde entonces, la región se ha convertido en uno de los principales laboratorios de esa política ambiental.

El objetivo no es “verdear” el desierto por estética. Es estabilizar el suelo, reducir tormentas de polvo y proteger infraestructuras críticas.

La técnica más básica: paja contra el viento

Una de las herramientas más utilizadas no es nueva ni sofisticada. Es paja. El método del “tablero de ajedrez” consiste en enterrar haces de paja formando una cuadrícula sobre la arena. Esto reduce la velocidad del viento a ras de suelo, frena el desplazamiento de las dunas y crea microzonas donde puede retenerse algo de humedad. Con el tiempo, la paja se descompone y aporta materia orgánica al suelo, que en un desierto de arena pura es prácticamente inexistente.

Es un paso previo. Primero se frena la duna. Luego se planta. Sin esa base, cualquier intento de reforestación sería arrasado en semanas.

El cinturón verde que protege una carretera

China está intentando domesticar uno de los desiertos más hostiles del planeta. Y lo está haciendo con paja, sal a 540 grados y paneles solares
© Facebook / CGTN en Español.

Uno de los ejemplos más conocidos es la carretera que cruza el Taklamakán de norte a sur, construida en los años 90. Conecta zonas productoras de petróleo y gas con el resto del país. Pronto quedó claro que el asfalto solo no bastaba: la arena invadía la calzada de forma constante.

La solución fue crear un cinturón de vegetación a lo largo de cientos de kilómetros de la ruta. Árboles y arbustos adaptados a la sequía, plantados en franjas continuas para frenar el viento y fijar el suelo. Hoy, ese corredor verde se extiende durante más de 400 kilómetros y se mantiene mediante riego subterráneo.

No es un bosque natural. Es una infraestructura viva.

Riego en el lugar equivocado

Mantener plantas en un entorno así tiene un coste evidente: agua. Mucha. En el Taklamakán se utilizan pozos que extraen agua subterránea, en muchos casos con niveles elevados de salinidad. El riego suele hacerse por goteo enterrado, para minimizar la evaporación. En algunas secciones, las bombas funcionan con electricidad de la red o con motores diésel. En otras, con energía solar.

Y aquí entra uno de los elementos más llamativos del relato.

Sal fundida y paneles solares en el desierto

En el noroeste de China existen plantas solares de concentración que utilizan espejos para dirigir la luz a una torre central, donde se calienta sal fundida a más de 500 grados. Esa sal almacena energía térmica y permite generar electricidad incluso de noche. Es una tecnología compleja, cara y diseñada para grandes escalas.

A menudo, en la narrativa popular, estas plantas se mezclan con los proyectos de reforestación del Taklamakán, como si todo formara parte de un único sistema integrado. En la práctica, no siempre es así. Hay proyectos solares en regiones desérticas cercanas, y hay riego alimentado por energía solar en los cinturones verdes, pero no todos están directamente conectados.

Lo que sí es real es la asociación de infraestructuras energéticas y ambientales en zonas donde, hasta hace poco, no había nada.

Un proyecto que lleva décadas, no años

China está intentando domesticar uno de los desiertos más hostiles del planeta. Y lo está haciendo con paja, sal a 540 grados y paneles solares
© Reddit / r/China.
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China no empezó ayer a plantar en el desierto. El llamado Programa del Cinturón Forestal de las Tres Regiones del Norte se lanzó en 1978 y se proyecta hasta 2050. Es una de las mayores iniciativas de reforestación del mundo, con millones de hectáreas intervenidas.

En el caso del Taklamakán, las autoridades anunciaron recientemente la finalización de un cinturón verde de unos 3.000 kilómetros alrededor del desierto, resultado de décadas de plantación y gestión. No es un anillo continuo de bosque, sino una red de franjas vegetales estratégicas.

La escala es enorme. Y también lo son las dudas.

Los límites físicos no desaparecen

Numerosos estudios académicos advierten de los riesgos. El uso intensivo de agua subterránea puede provocar descenso del nivel freático y salinización del suelo. La plantación de pocas especies de rápido crecimiento aumenta la vulnerabilidad a plagas y enfermedades. Y en regiones extremadamente áridas, la vegetación puede depender indefinidamente de intervención humana.

En otras palabras: no es un ecosistema autosuficiente. Es un sistema mantenido. Eso no invalida el proyecto, pero sí lo coloca en su sitio: no es la naturaleza recuperando terreno, es ingeniería ambiental sosteniendo un equilibrio frágil.

Domesticar el desierto, o convivir con él

Lo que China está haciendo en el Taklamakán no es poético, ni romántico, ni simple. Es una mezcla de pragmatismo, necesidad estratégica y ambición tecnológica. Paja enterrada para frenar el viento. Árboles plantados donde no deberían crecer. Paneles solares en un mar de arena. Sal fundida a cientos de grados en medio de la nada.

No es una victoria contra el desierto. Es una negociación constante. Y esa es, quizá, la parte más interesante del experimento: no demuestra que podamos transformar cualquier paisaje a voluntad, sino hasta dónde estamos dispuestos a llegar para intentarlo.

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