Era el año 1935 y Erwin Schrödinger ya no podía más. Desde hacía una década, la mecánica cuántica había transformado la ciencia y, con ella, la cabeza de los filósofos. Las interpretaciones sobre la “realidad cuántica” se volvían cada vez más delirantes. Así que el físico austríaco decidió hacer lo que haría cualquier genio harto: inventar una paradoja con un gato y un veneno.
Su idea era simple: si metemos a un gato en una caja con una partícula radioactiva que puede o no desintegrarse, la mecánica cuántica sugiere que, mientras no abramos la caja, el gato está vivo y muerto a la vez. Una locura. Precisamente lo que Schrödinger quería mostrar: que aplicar las leyes cuánticas al mundo real era absurdo.
Pero la ciencia tiene un sentido del humor muy peculiar.
Cuando la paradoja se volvió real

Cincuenta años después, tres físicos —John Clarke, Michel H. Devoret y John M. Martinis— decidieron poner a prueba aquella frontera invisible. En lugar de gatos, usaron circuitos superconductores capaces de mostrar comportamientos cuánticos a escala macroscópica. Lo que encontraron cambió todo: los fenómenos cuánticos, esos que solo debían existir en el mundo microscópico, también podían manifestarse en sistemas más grandes.
De repente, la paradoja de Schrödinger dejó de ser un chiste.
La física que borra la línea entre lo visible y lo invisible

El comité del Nobel lo explicó con elegancia: “Sería impensable ver una pelota aparecer del otro lado de una pared sin atravesarla. En el mundo cuántico, eso ocurre todo el tiempo”. Ese fenómeno, conocido como efecto túnel, fue la clave del trabajo premiado.
Lo que estos investigadores demostraron no solo dio sentido a la física de las partículas: abrió el camino a todo lo que hoy define nuestro mundo tecnológico —desde los transistores hasta la criptografía cuántica—. Pero, sobre todo, borró el muro que separaba lo invisible de lo tangible.
Un gato, tres físicos y el futuro
Schrödinger quería probar que su gato no podía estar vivo y muerto a la vez. Y tenía razón… hasta que alguien lo demostró empíricamente. Un siglo después, su experimento mental se ha convertido en una profecía cumplida.
Por la brecha que esos científicos abrieron se coló la física moderna. En el camino, sí: mataron al gato. Pero lo que trajeron con ellos fue algo mucho más poderoso (la certeza de que lo imposible también pertenece a la realidad).