Durante décadas, la física cuántica ha convivido con una paradoja icónica: el gato de Schrödinger, vivo y muerto a la vez… al menos hasta que alguien lo observa. Ahora, un grupo de científicos ha logrado algo inédito: demostrar que este “gato cuántico” también puede existir sin necesidad de ser enfriado a temperaturas extremas. El hallazgo sacude los cimientos de muchos supuestos.
La paradoja del gato, reescrita con temperatura

Imagina que abres una caja y encuentras un gato que, en teoría, ha estado vivo y muerto a la vez. Esa idea —tan absurda como fascinante— fue planteada por Erwin Schrödinger en 1929 para ilustrar el extraño comportamiento de las partículas subatómicas: pueden estar en dos estados distintos al mismo tiempo, un fenómeno conocido como superposición cuántica.
Durante años, replicar este efecto en el laboratorio ha requerido enfriar las partículas casi hasta el cero absoluto. Solo así, con la mínima energía posible, se podían aislar del ruido térmico que interfiere en sus estados cuánticos. Pero ahora, gracias al trabajo del físico Gerhard Kirchmair y su equipo en la Universidad de Innsbruck, esa limitación ha sido desafiada.
El primer “gato caliente” que funciona

El equipo consiguió crear superposiciones cuánticas —es decir, gatos de Schrödinger— utilizando qubits de transmón, que combinan superconductividad y propiedades cuánticas. Lo revolucionario fue que lo hicieron a 1,8 Kelvin, una temperatura bastante alta comparada con los anteriores experimentos cuánticos.
¿Cómo lo lograron? Mediante el uso de microondas aplicadas dentro de un resonador especialmente diseñado, replicaron protocolos cuánticos que normalmente solo funcionan en condiciones ultrafrías. A pesar de la interferencia térmica, los resultados fueron claros: los estados de superposición seguían presentes y detectables.
Aunque el “gato caliente” era más ruidoso y menos definido, su existencia confirmada rompe una barrera clave. “La teoría cuántica nunca dijo que no fuera posible”, señala el equipo. Pero hasta ahora, nadie lo había demostrado con éxito.
¿Por qué importa este descubrimiento?

Este avance abre un nuevo horizonte para la computación cuántica y la física aplicada, sobre todo en entornos donde no es viable mantener temperaturas cercanas al cero absoluto. Poder operar sistemas cuánticos a temperaturas más altas podría acelerar el desarrollo de tecnologías más accesibles y estables.
Además, refuerza una idea fundamental: la superposición no depende del frío, sino de los protocolos correctos. Si se pueden controlar adecuadamente las condiciones de interacción, incluso el calor deja de ser un obstáculo.
La física cuántica, una vez más, demuestra que aún no hemos llegado al límite de lo posible. Y este gato, lejos de necesitar congelarse, acaba de abrir otra puerta en nuestro entendimiento del universo.