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Ciencia

Científicos pasaron casi diez años intentando medir con precisión la fuerza que mantiene unido al universo. El resultado terminó profundizando uno de los mayores misterios de la física moderna sobre la gravedad

La gravedad mantiene a los planetas en órbita, sostiene galaxias enteras y evita que salgamos flotando de la Tierra. Pero hay un problema inesperado: los científicos todavía no pueden medirla con precisión. Y ahora, después de diez años de trabajo, uno de los experimentos más importantes jamás realizados volvió a generar más dudas que respuestas.
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La física moderna puede calcular con precisión extrema la velocidad de la luz o las propiedades cuánticas de una partícula subatómica. Sin embargo, existe un número que continúa resistiéndose incluso a los mejores laboratorios del planeta: la constante gravitacional universal, conocida simplemente como “la Gran G”.

El nuevo intento para resolver este viejo problema comenzó en 2016 y terminó convirtiéndose en una especie de obsesión científica. El físico Stephan Schlamminger y su equipo, del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos (NIST), dedicaron casi una década a repetir uno de los experimentos gravitacionales más sofisticados jamás diseñados. El resultado final, lejos de cerrar el debate, volvió a demostrar que la gravedad sigue siendo una de las mayores incomodidades de la física moderna.

El número más incómodo de la ciencia moderna

La “Gran G” define cuánta fuerza gravitacional existe entre dos objetos con masa. Es la constante que aparece en la famosa ley de gravitación universal formulada por Isaac Newton hace más de 300 años y, en teoría, debería ser uno de los valores más sólidos de toda la física. Pero ocurre exactamente lo contrario.

Mientras constantes como la velocidad de la luz se conocen con precisión prácticamente absoluta, la gravedad sigue atrapada en un margen de error sorprendentemente grande para los estándares científicos actuales. El valor recomendado por CODATA (el organismo internacional encargado de fijar las constantes fundamentales) mantiene todavía una incertidumbre de 22 partes por millón.

Puede sonar insignificante, aunque para los físicos especializados en mediciones de precisión resulta casi humillante. Schlamminger lo explicó con una comparación brutalmente simple: sería como tener un reloj tan impreciso que mediría el año con un error de 12 minutos.

Lo más desconcertante es que el nuevo experimento no solo no resolvió la discrepancia histórica, sino que añadió otra capa de incertidumbre. El valor obtenido por el equipo fue de 6.67387×10⁻¹¹ metros cúbicos por kilogramo por segundo al cuadrado, una cifra ligeramente inferior a la de otros experimentos previos y también distinta al valor oficial aceptado. La diferencia parece microscópica. Pero en física fundamental, esas pequeñas desviaciones son enormes.

El experimento que terminó pareciendo un casino

Científicos pasaron casi diez años intentando medir con precisión la fuerza que mantiene unido al universo. El resultado terminó profundizando uno de los mayores misterios de la física moderna sobre la gravedad
© R. Eskalis / NIST.

La gravedad tiene un problema esencial: es absurdamente débil. Comparada con las fuerzas electromagnéticas o nucleares, la gravedad es casi insignificante a pequeña escala. Un simple imán puede vencer fácilmente la atracción gravitatoria de la Tierra sobre un objeto metálico. Eso convierte cualquier intento de medir la “Gran G” en una pesadilla experimental.

Para hacerlo, el equipo utilizó una balanza de torsión, un dispositivo extremadamente sensible capaz de detectar fuerzas diminutas a través del giro casi imperceptible de masas suspendidas en una fibra ultrafina dentro de una cámara de vacío. El desafío no consistía únicamente en medir la gravedad, sino en eliminar cualquier interferencia imaginable: cambios mínimos de temperatura, presión atmosférica, vibraciones microscópicas o incluso la influencia gravitacional de objetos cercanos.

Durante años, Schlamminger calibró el sistema intentando controlar variables que rozan lo absurdo. El experimento se volvió tan complejo que el propio físico terminó describiéndolo como “caminar por un valle oscuro”. Para evitar sesgos psicológicos, el equipo añadió además un método extremo: un colega ocultó un número aleatorio dentro de los cálculos reales del experimento. Schlamminger no conocía el valor verdadero que estaba midiendo. Ese dato permaneció guardado en un sobre secreto hasta julio de 2024.

Cuando finalmente abrieron el sobre durante una conferencia científica, la reacción inicial fue de alivio. El resultado parecía razonable. Pero la sensación duró poco. La nueva medición tampoco coincidía.

El verdadero problema quizá no sea la gravedad

La idea de que exista una nueva física desconocida detrás de estas inconsistencias resulta tentadora. Después de todo, la gravedad sigue siendo la gran rebelde de la física moderna: la única fuerza fundamental que todavía no encaja del todo con la mecánica cuántica. Sin embargo, la mayoría de los especialistas creen que la explicación es mucho menos épica y mucho más frustrante.

Ian Robinson, investigador del Laboratorio Nacional de Física del Reino Unido, sostiene que lo más probable es que existan pequeños efectos experimentales todavía desconocidos que siguen contaminando las mediciones. Errores diminutos. Vibraciones invisibles. Factores que nadie ha identificado todavía. Y ahí aparece la paradoja más fascinante de esta historia: cuanto más intentan los científicos medir la gravedad con exactitud, más evidente se vuelve que todavía hay algo que no terminan de comprender.

Aun así, Schlamminger insiste en que el fracaso no fue inútil. Porque, según él, la metrología de precisión no consiste solamente en encontrar un número perfecto, sino en revelar todo aquello que todavía permanece oculto. Quizá por eso nunca quiso tatuarse la constante gravitacional, aunque sí lleva tatuada la constante de Planck en el brazo.

“La Gran G”, dijo, “es un número demasiado delicado”.

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