Incontables estanques, pozos y fuentes públicas son testigos de que las monedas no flotan, sino que se hunden hasta el fondo. Esta norma general tiene, sin embargo, algunas excepciones. Todo depende del metal del que esté hecha la moneda y de cómo la echemos al agua.

Este vídeo de Grant Thompson ilustra perfectamente la cuestión. Thompson emplea monedas de un yen, que están construidas en aluminio y son especialmente ligeras. En condiciones normales el aluminio es más denso que el agua y las monedas se hunden. El truco consiste en depositarlas sobre la superficie con sumo cuidado valiéndonos de un clip doblado en L. La moneda se mantiene a flote gracias a la fuerza de atracción de las moléculas de agua.

A este fenómeno se le conoce como tensión superficial y es la misma razón por la que algunos insectos son capaces de flotar sobre el agua. Por supuesto, el más mínimo incremento en la fuerza que la moneda ejerce sobre la superficie hace que la tensión superficial se rompa y la moneda se hunda. El truco también se puede hacer con otros objetos de materiales que, a priori, no flotan, como agujas o clips de metal.

Un detalle curioso es que, si echamos algo de jabón líquido en el agua, la tensión superficial se reduce tanto que el truco deja de funcionar. [vía Grant Thompson]


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