Hubo una época en la que crecer no era un proceso acompañado, sino algo que simplemente ocurría. Sin supervisión constante, sin espacios para nombrar emociones y sin la expectativa de ayuda inmediata, muchos niños aprendieron a desenvolverse en un entorno incierto. Hoy, esa forma de infancia empieza a analizarse desde otro ángulo. No para idealizarla, sino para entender qué dejó en quienes la atravesaron.
Una infancia sin red (y sin etiqueta para lo que dolía)
Para muchos niños nacidos en los años sesenta, la vida no ofrecía demasiados amortiguadores. Los problemas no siempre se hablaban. Las emociones no se verbalizaban con facilidad. Y la intervención adulta no era constante. En ese contexto, avanzar implicaba aprender sobre la marcha.
No había una narrativa sobre bienestar emocional. Había experiencia directa. Y eso marcaba una diferencia profunda.
El aprendizaje que no se veía, pero se acumulaba

Mientras la psicología empezaba a clasificar estilos de crianza (como hizo Diana Baumrind en 1966), los niños de esa generación no crecían dentro de categorías. Crecían resolviendo.
Ir solos al colegio, enfrentarse a conflictos sin mediación o simplemente lidiar con el aburrimiento formaban parte del día a día. Cada una de esas situaciones funcionaba como un pequeño entrenamiento. Sin teoría. Sin nombre. Pero constante.
El psicólogo Peter Gray ha señalado que la pérdida progresiva de ese tipo de experiencias (especialmente el juego libre) se relaciona con un aumento de ansiedad en generaciones posteriores.
La incomodidad como parte del proceso
Uno de los elementos más importantes de este fenómeno es la tolerancia al malestar. La capacidad de sentirse mal sin necesidad inmediata de corregirlo. En aquella infancia, esa experiencia era cotidiana. Esperar, frustrarse, aburrirse. Nadie intervenía de inmediato para llenar ese vacío.
Y esa repetición generaba algo clave: familiaridad. La incomodidad dejaba de ser una amenaza constante y pasaba a ser parte del paisaje.
El cambio silencioso en cómo entendemos el control
Investigaciones como las de Jean Twenge apuntan a un desplazamiento relevante en las últimas décadas: el paso de un “locus de control” interno a uno más externo.
En términos simples, cada vez más personas perciben que su vida depende de factores fuera de su control. En cambio, quienes crecieron teniendo que actuar sin ayuda constante desarrollaron una percepción distinta. Más interna. Y esa diferencia actúa como un amortiguador frente a la adversidad.
Lo que se ganó (y lo que también se perdió)

Nada de esto implica que aquella infancia fuera ideal. La falta de espacios para expresar emociones dejó consecuencias reales. Muchas personas crecieron sin herramientas para identificar o comunicar lo que sentían. Esa es la otra cara de la resiliencia.
Una que también pesa.
El equilibrio que aún estamos intentando encontrar
El contraste con el presente abre una pregunta incómoda. En el intento por proteger, ¿hemos reducido demasiado el espacio para aprender a sostenernos?
La resiliencia no aparece en ausencia de dificultad. Se construye en el margen entre el problema y la respuesta. En ese momento en el que nadie interviene de inmediato y uno tiene que encontrar una forma de avanzar.
Una capacidad que sigue construyéndose en silencio
La llamada “resiliencia silenciosa” no es un rasgo mágico ni exclusivo de una generación. Es el resultado de una exposición repetida a situaciones que exigen adaptación. Quizá lo relevante no sea volver atrás. Sino entender qué elementos de aquel contexto siguen siendo necesarios.
Porque, incluso hoy, en medio de más recursos y más protección, hay algo que sigue siendo esencial. Aprender a sostenerse cuando nadie lo hace por nosotros.