Las redes sociales han normalizado la exposición constante de la vida privada. Pero cuando los protagonistas son los más pequeños, las implicaciones van mucho más allá del alcance digital. Compartir imágenes o datos de menores –conocido como sharenting– se ha vuelto habitual, aunque sus riesgos muchas veces se subestiman. Es momento de repensar esta práctica desde la responsabilidad y el respeto hacia su integridad.
Una huella digital sin consentimiento
Cada fotografía, vídeo o dato que subimos sobre un menor alimenta su huella digital sin que él lo sepa ni lo autorice. Esta información puede ser utilizada para fines maliciosos o ser motivo de acoso escolar. Incluso publicaciones aparentemente inocentes pueden facilitar la localización o identificación del niño, exponiéndole a peligros reales. Además, el hecho de que sus datos circulen sin control compromete su privacidad futura y limita su derecho a decidir sobre su imagen.

Consecuencias en su autoestima
Muchos menores son conscientes de que están siendo observados y juzgados por otros a través de las publicaciones que comparten sus adultos de referencia. Este tipo de exposición puede afectar su autoconcepto, especialmente si las imágenes son retocadas o muestran versiones idealizadas de sí mismos. El mensaje implícito puede ser devastador: “solo vales si encajas”. Estas dinámicas se graban profundamente durante el desarrollo emocional.
La mercantilización del niño
Algunos contenidos que incluyen a menores logran más visualizaciones y engagement, lo que lleva a muchos cuidadores a publicar buscando notoriedad, beneficios o monetización. En casos extremos, se llega a grabar momentos de sufrimiento o humillación para ganar visitas. Se pervierte así el vínculo familiar, donde el niño pasa de ser sujeto de amor a objeto de contenido.

Desconfianza y ruptura del vínculo
El menor puede comenzar a cuestionar las intenciones de quienes le cuidan: ¿me han regalado esto porque me quieren o porque quieren grabarlo? Esta incertidumbre deteriora la confianza y desdibuja los límites de la intimidad. El sharenting excesivo puede romper ese espacio seguro donde un hijo, alumno o sobrino se siente libre para compartir lo que le ocurre.
Un cambio necesario desde todos los frentes
Como familias, debemos reflexionar antes de compartir. Como educadores, evitar difundir imágenes del alumnado, incluso con consentimiento. Y como usuarios, dejar de interactuar con contenido que expone a menores. Cuidar su imagen también es proteger su futuro.
Fuente: TheConversation.