De la máquina de vapor a la era del carbono
Con el carbón comenzó todo.
A mediados del siglo XVIII, la energía fósil impulsó la Revolución Industrial, transformando el trabajo humano en potencia mecánica. El hierro, el acero y el vapor multiplicaron la productividad de cada obrero y dieron inicio a una etapa de progreso sin precedentes en la historia de la humanidad.
Desde entonces, el desarrollo económico y social ha dependido estrechamente de la disponibilidad de fuentes abundantes de energía. Sin embargo, esta relación no se comprendió en toda su magnitud hasta las crisis del petróleo de los años 1973 y 1979, cuando la OPEP redujo la extracción y el mundo descubrió lo vulnerable que era su prosperidad ante el suministro energético.
Energía y PIB: una relación menos directa de lo que parece
Durante décadas se asumió que sin más energía no hay crecimiento, que el PIB de un país solo podía aumentar si lo hacía su consumo energético.
Pero la experiencia reciente de países como Reino Unido, Alemania, Dinamarca o Francia demuestra lo contrario: sus economías crecen mientras reducen emisiones y consumo.

Este fenómeno, conocido como desacoplamiento, revela que en las economías avanzadas la actividad económica es la que determina la demanda de energía, y no al revés. En otras palabras, ya no es la oferta energética la que impulsa el crecimiento, sino la productividad, la innovación y los servicios.
El falso dilema entre renovables y decrecimiento
En este contexto, algunos defensores del decrecimiento económico plantean que ralentizar la expansión de las energías renovables sería una forma de limitar el consumo y frenar el impacto ambiental.
Pero este razonamiento confunde las causas con los efectos.
Si la producción renovable no cubre la demanda, las empresas y los hogares seguirán recurriendo a los combustibles fósiles. Las prohibiciones no detendrán esa dinámica, pero sí podrían desencadenar desempleo, inflación y descontento social.
El crecimiento desmedido del consumo global ciertamente amenaza la sostenibilidad del planeta, pero la solución no pasa por frenar la transición energética, sino por repensar los modelos económicos. Pretender resolver los problemas de la economía restringiendo la energía sería, como advierten los expertos, una receta para el caos social… o para agravar la crisis climática.
Decrecer en carbono, no en bienestar
El reciente cambio de rumbo de British Petroleum (BP) ilustra bien el riesgo de esta confusión. En 2023, la compañía anunció un incremento de su producción de petróleo y una reducción de las inversiones en renovables, al considerar menos rentables sus proyectos verdes.
Una decisión que, si marca tendencia, podría retrasar la descarbonización global. Como recordó entonces el presidente de la COP de Dubái, “el problema no es el petróleo, sino el CO₂”. Pero hasta ahora, ningún acuerdo internacional se ha atrevido a limitar la extracción de combustibles fósiles.

La paradoja es evidente: se exige una economía sostenible sin garantizar un sistema energético capaz de sostenerla.
Transición energética: eficiencia y nuevo equilibrio
El verdadero decrecimiento que trae la transición energética no es económico, sino energético y ambiental.
Por un lado, la electrificación y las tecnologías limpias reducen drásticamente la energía necesaria para producir bienes y servicios. Un coche eléctrico, por ejemplo, aprovecha entre dos y .
Por otro, las emisiones de gases de efecto invernadero descienden de forma estructural al sustituir el carbón, el gas y el petróleo por fuentes renovables.
En definitiva, la supervivencia de la civilización moderna exige aprender a vivir mejor con menos energía fósil, no a vivir peor con menos progreso.
Supeditar la transición energética al decrecimiento económico sería un error histórico: no es un atajo hacia la sostenibilidad, sino un rodeo hacia el estancamiento.
Fuente: TheConversation.