La escena parece un guiño de inteligencia que apenas dura unos segundos y, sin embargo, encierra un hallazgo fascinante. En la penumbra verdosa del mar de Salish, al noroeste del Pacífico, un grupo de orcas se turna para sujetar largas tiras de kelp y deslizar-las con precisión quirúrgica por sus cuerpos. Nadie en superficie sospecha que estamos ante la primera evidencia de “herramientas de belleza” en un mamífero marino.
Las orcas como ingenieras de su propio spa

La utilización de objetos por animales marinos no es nueva: delfines de Shark Bay, en Australia, llevan esponjas en el morro para hurgar entre corales, y los pulpos disponen conchas a modo de fortificación. Sin embargo, las orcas añaden un paso extra: transforman el recurso. Seleccionan tallos de Macrocystis pyrifera, rompen la parte basal, desechan las láminas más duras y afinan la pieza en “cepillos” flexibles. Esa modificación deliberada es lo que los etólogos consideran auténtica manufactura de herramienta, rasgo que hasta ahora se atribuía sobre todo a primates y aves.
Los autores sospechan que el allokelping cumple una doble función. Por un lado, retirar piel muerta y parásitos microscópicos justo antes de los desplazamientos profundos —cuando la temperatura del agua cae y el epitelio necesita regenerarse—. Por otro, reforzar lazos sociales: las secuencias de vídeo revelan que el “masaje” dura varios minutos y se acompaña de contactos pectoral-dorsal que en otros cetáceos reducen el estrés.
¿Patrón exclusivo o tradición en ciernes?

Que la práctica se limite, de momento, a esta población del mar de Salish no significa que otras orcas carezcan de ella. El equipo de Weiss sugiere que podríamos estar ante un caso de cultura local, transmitida verticalmente entre madres e hijos y horizontalmente entre compañeros de edad similar. Tal vez el factor decisivo sea la abundancia de kelp gigante en la zona, una materia prima que no existe —o no flota a la deriva— en los hábitats de orcas transitorias o árticas.
Para comprobarlo, harán falta años de seguimiento y métodos mínimamente invasivos. Las mismas aeronaves que facilitaron el hallazgo podrían proporcionar, en el futuro, un censo dermatológico: medir la tasa de muda, detectar lesiones cutáneas y correlacionarlas con la frecuencia de allokelping. De momento, el reto es sumergirse sin alterar la intimidad de unos animales cuya población roza el peligro crítico de extinción.
Amenazas bajo la superficie
Las orcas residentes del sur libran una batalla en varios frentes. La sobrepesca ha desplomado al salmón chinook —su alimento favorito—; los contaminantes industriales se acumulan en su grasa; el tráfico marítimo multiplica el ruido de fondo que interfiere con su ecolocalización. La carencia de proteína y el tóxico estrés metabólico podrían explicar, en parte, el auge de conductas de cuidado mutuo: al asearse y rascar placas queratinizadas, mejoran la termorregulación y previenen infecciones, detalles cruciales cuando cada caloría cuenta.
La nueva habilidad subraya un mensaje recurrente en biología: la inteligencia no se distribuye solo en tierra firme. Pero también recuerda que descubrirla a tiempo es vital para protegerla; de lo contrario, prácticas tan refinadas podrían desaparecer antes de que terminemos de comprenderlas.
[Fuente: El País]