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Desde el espacio se observa una cicatriz de 8.850 km en el Atlántico. El crecimiento descontrolado preocupa al mundo

Una masa viva se extiende como una herida marrón entre África y América. Con casi 9.000 kilómetros de longitud, alcanzó en 2025 dimensiones históricas y ya es visible desde el espacio. Lo que parecía una anomalía pasajera hace apenas 15 años se ha convertido en un problema global que amenaza costas, ecosistemas y economías enteras.

Cuando los satélites encendieron las alarmas el año pasado, la imagen era difícil de ignorar: una franja marrón que atravesaba el Atlántico casi de orilla a orilla, uniendo visualmente África Occidental con el Golfo de México. En sus entrañas, 37,5 millones de toneladas de algas pardas conocidas como sargazo. Lo inquietante no era solo su magnitud récord, sino la velocidad con que crece cada temporada y cómo se multiplica sin control, alterando la relación entre el océano y la tierra.

Una anomalía convertida en cinturón planetario

Una franja marrón del tamaño de un continente conecta África y América: el récord de sargazo en 2025 alarma a los científicos
© Universidad del Sur de Florida.

El Gran Cinturón Atlántico de Sargazo (GASB) fue detectado por primera vez en 2011. En aquel momento se pensó que podía ser un fenómeno estacional o incluso un error de percepción. Quince años después, el escenario es otro: en 2025 la franja alcanzó los 8.850 kilómetros de longitud, más del doble del ancho de Estados Unidos continental. Desde el espacio, parece una cicatriz marrón que divide el océano en dos.

Lo inquietante es que este cinturón no existía antes y no deja de crecer. El sargazo, una macroalga flotante, cumple un papel ecológico vital en cantidades moderadas: sirve de refugio a peces, tortugas y aves marinas. Pero cuando prolifera de manera descontrolada, el equilibrio se rompe.

De aliado a amenaza

Una franja marrón del tamaño de un continente conecta África y América: el récord de sargazo en 2025 alarma a los científicos
© Shutterstock / Marcial Gonzalez.

En el mar abierto, el sargazo ayuda a capturar carbono y sostiene parte de la biodiversidad oceánica. En exceso, se convierte en un problema mayúsculo. Al llegar a las costas, se acumula en montañas marrones que se pudren bajo el sol, liberando gases tóxicos como sulfuro de hidrógeno. Este proceso afecta la salud de las comunidades costeras y asfixia arrecifes y playas turísticas, esenciales para la economía de países del Caribe y América Latina.

Lo paradójico es que este exceso está ligado a cambios provocados por el ser humano: la deforestación y el uso de fertilizantes cargan de nutrientes los ríos que desembocan en el Atlántico, mientras el calentamiento global eleva la temperatura del agua, creando el escenario perfecto para la proliferación de algas.

En busca de soluciones

Una franja marrón del tamaño de un continente conecta África y América: el récord de sargazo en 2025 alarma a los científicos
© Laboratorio de Oceanografía Óptica de la Universidad del Sur de Florida..

Frente a un fenómeno de escala continental, los científicos advierten que no basta con recoger el sargazo de las playas. El reto es diseñar estrategias sostenibles que aprovechen este recurso antes de que se convierta en desecho tóxico.

En Brasil, por ejemplo, se están desarrollando ladrillos de construcción elaborados con algas pardas. El material, además de ser más ligero que el hormigón tradicional, ofrece ventajas térmicas y reduce el consumo de recursos naturales. Otros proyectos experimentan con su uso en biocombustibles, fertilizantes e incluso en aplicaciones textiles.

Aunque ninguna solución es definitiva, la idea de transformar el problema en recurso se perfila como una de las vías más prometedoras.

Un aviso desde el océano

El crecimiento del cinturón de sargazo es más que una molestia turística: es un síntoma de que los océanos están cambiando a un ritmo acelerado. Los investigadores lo consideran un indicador del impacto humano sobre los ecosistemas marinos y una advertencia sobre la fragilidad de la relación entre tierra y mar.

Lo que comenzó como una anomalía hace poco más de una década hoy es un fenómeno global, visible incluso desde el espacio. Y su mensaje es claro: el océano ya está respondiendo a nuestra huella ambiental, y no siempre de manera favorable.

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