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Ciencia

Desde lejos parecen bosques saludables, pero esconden un ecosistema empobrecido. Una reforestación de la era fascista sigue pasando factura en los Alpes italianos

Un estudio realizado en plantaciones de abeto rojo creadas durante la década de 1930 revela que aumentar la superficie forestal no siempre significa recuperar la naturaleza. Bajo sus copas, la diversidad de plantas sigue siendo mucho menor que en los bosques y praderas originales.
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A simple vista, las laderas cubiertas de abetos de los Prealpes italianos pueden parecer el resultado de una historia de recuperación ambiental. Hay árboles altos, una cubierta vegetal continua y un paisaje que, desde lejos, transmite la sensación de un bosque consolidado.

El problema aparece al mirar debajo de las copas.

Durante la década de 1930, el régimen fascista italiano impulsó distintas campañas de reforestación en el norte del país. Parte de aquellas intervenciones buscaba reducir la erosión y proteger el terreno, aunque también respondía a la demanda de madera y a intereses políticos y económicos. Una de las especies elegidas fue el abeto rojo o pícea de Noruega (Picea abies), un árbol de crecimiento rápido y tronco recto que podía plantarse formando masas densas y uniformes.

Casi un siglo después, una investigación publicada en la revista Ecosystems ha medido las consecuencias ecológicas de esa decisión. El resultado no afecta a toda la biodiversidad por igual, pero sí muestra una caída especialmente fuerte en las plantas: su diversidad fue un 50,3% menor que en los bosques autóctonos y un 74,5% inferior a la observada en las praderas de montaña.

Un bosque lleno de árboles, pero casi vacío por debajo

Desde lejos parecen bosques saludables, pero esconden un ecosistema empobrecido. Una reforestación de la era fascista sigue pasando factura en los Alpes italianos
© Shutterstock / StevanZZ.

El equipo, formado por investigadores de las universidades de Milán y Lausana, estudió dos zonas cercanas al lago de Como: Monte Bisbino y Alpe del Vicerè. Entre marzo y julio de 2023 compararon parcelas de monocultivo de abeto con bosques caducifolios nativos y praderas tradicionales situadas en el mismo paisaje.

La diferencia fue difícil de ignorar. Las parcelas cubiertas de abetos tenían una mediana de solo siete especies vegetales. En los bosques caducifolios había 18,5 y en las praderas, 37. En total, los investigadores identificaron 136 especies de plantas y 201 especies o morfoespecies de artrópodos durante el trabajo de campo.

Según detalla el estudio, las plantas presentes en las plantaciones tampoco formaron una nueva comunidad adaptada al bosque de coníferas. Eran, más bien, una versión empobrecida de la vegetación que todavía sobrevivía en los bosques caducifolios cercanos.

El abeto rojo permanece verde durante todo el año y forma una cubierta densa que reduce la cantidad de luz que alcanza el suelo. En un bosque de hoja caduca, muchas plantas aprovechan las primeras semanas de primavera para crecer y florecer antes de que aparezcan las nuevas hojas. Bajo los abetos, esa breve ventana de luz prácticamente desaparece.

Los análisis también mostraron una reducción del 30% en la denominada uniformidad funcional, una medida que refleja cómo se reparten las distintas funciones ecológicas entre las especies. Un valor menor indica que quedan espacios y tareas ecológicas sin cubrir, lo que puede traducirse en un ecosistema menos eficiente y más vulnerable ante sequías, plagas u otras alteraciones.

El suelo también conserva la huella de aquella decisión

Desde lejos parecen bosques saludables, pero esconden un ecosistema empobrecido. Una reforestación de la era fascista sigue pasando factura en los Alpes italianos
© Popmuseum / Wikimedia.

El daño no se limita a la falta de luz. Décadas de agujas acumuladas han modificado lentamente las condiciones del suelo.

De acuerdo con los investigadores, la tierra situada bajo los abetos era más ácida que la de los bosques y praderas próximos. También contenía alrededor de un 25% más de carbono orgánico, pero el dato no significa necesariamente que aquellas plantaciones almacenaran carbono de una forma más saludable.

La acumulación se debía, en buena medida, a que las agujas se descomponen lentamente. En lugar de circular con rapidez y devolver nutrientes al ecosistema, parte de la materia orgánica permanecía retenida en la superficie. El aumento de la proporción entre carbono y nitrógeno apuntaba igualmente a una menor disponibilidad de nutrientes y a un reciclaje más lento.

Los artrópodos del suelo ofrecieron una imagen menos negativa. Su diversidad no presentó diferencias estadísticamente significativas entre los tres ambientes. Los autores creen que su mayor movilidad puede haber facilitado la recolonización desde zonas próximas, aunque advierten que las trampas utilizadas no permiten evaluar adecuadamente otros grupos, como polinizadores, herbívoros o especies dependientes de la madera muerta.

Plantar árboles no siempre significa restaurar un ecosistema

El estudio no concluye que reforestar sea perjudicial. Su advertencia es más concreta: una plantación forestal y un bosque funcional no son necesariamente lo mismo.

Un monocultivo puede producir madera, cubrir rápidamente el terreno o facilitar ciertos cálculos de captura de carbono. Pero cuando reemplaza praderas antiguas o bosques formados por distintas especies, puede eliminar hábitats y alterar procesos ecológicos que tardaron siglos en desarrollarse.

Los autores señalan además que el abeto rojo no es una especie exótica en Europa. El problema aparece porque fue plantado masivamente fuera de su distribución natural y convertido en la especie dominante de lugares donde antes convivían árboles caducifolios, pastizales y numerosas plantas de montaña. Incluso una especie nativa puede empobrecer un paisaje cuando se utiliza como monocultivo en el sitio equivocado.

Noventa años no fueron suficientes para que aquellas plantaciones recuperaran la diversidad de los ecosistemas que sustituyeron. Esa es quizá la lección más incómoda del estudio: un bosque puede parecer verde, alto y saludable mientras, bajo sus árboles, buena parte de la vida original sigue sin regresar.

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