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Ciencia

Liberaron 30 urogallos cantábricos para evitar su extinción y el bosque respondió con una lección durísima. Seis meses después, 29 habían sido devorados y solo quedaba viva una hembra

La suelta experimental en León debía probar si los ejemplares criados en Valsemana podían adaptarse a la vida salvaje. El resultado fue brutal: una tasa de supervivencia del 3,4% y un debate incómodo sobre qué significa realmente conservar una especie en peligro crítico.
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Había algo profundamente esperanzador en la escena: treinta urogallos cantábricos, nacidos y criados bajo control humano, regresando al monte leonés para reforzar una especie que se apaga en silencio desde hace décadas. No era una simple suelta de aves. Era una apuesta científica, económica y simbólica por rescatar uno de los animales más emblemáticos del norte de España.

Pero el bosque no funciona como un laboratorio. Seis meses después, el balance fue demoledor: de los 30 ejemplares liberados en el Alto Sil, solo una hembra seguía con vida. El resto murió, en su mayoría, por depredación. Zorros, rapaces y martas hicieron lo que hacen los depredadores en un ecosistema real: cazar. Y, de golpe, un proyecto de conservación diseñado para salvar al urogallo cantábrico terminó mostrando la parte más áspera de la recuperación de especies amenazadas.

La suelta no era una ocurrencia, sino parte de un programa mayor

Liberaron 30 urogallos cantábricos para evitar su extinción y el bosque respondió con una lección durísima. Seis meses después, 29 habían sido devorados y solo quedaba viva una hembra
© Shutterstock / JMrocek.

Los ejemplares procedían del Centro de Cría y Reserva Genética de Valsemana, en León, una instalación creada para apoyar la conservación ex situ del urogallo cantábrico. El propio Ministerio para la Transición Ecológica recoge que el programa incluye trabajos coordinados con Castilla y León y Asturias, protección del hábitat, radiomarcaje, estudios genómicos y colaboración con Francia para reforzar la diversidad genética de la especie.

La liberación se realizó en otoño de 2025 en la ZEPA Alto Sil, una zona clave para la conservación del urogallo en la montaña leonesa. Según medios locales, los 30 ejemplares nacidos en Valsemana fueron soltados en varios grupos tras pasar por recintos de aclimatación, pensados para que las aves se familiarizaran con el entorno antes de enfrentar la libertad completa.

La idea era razonable: no soltar animales de golpe y esperar milagros, sino medir cómo se adaptaban, qué zonas usaban, cuánto se movían y qué amenazas aparecían. Para eso se emplearon dispositivos GPS y emisores VHF, que permitieron reconstruir el destino de los ejemplares casi uno por uno.

El dato que golpeó el proyecto: solo sobrevivió el 3,4%

Los resultados fueron durísimos. De los 30 urogallos liberados, solo una hembra seguía viva tras unos seis meses de seguimiento. Eso deja una tasa de supervivencia cercana al 3,4%, un número bajísimo incluso para una suelta experimental. La cifra fue recogida por Diario de León, Ecología Verde y otros medios que accedieron a los datos del informe técnico.

La mayor parte de las bajas se concentró en los primeros meses, justo cuando las aves debían pasar de un entorno controlado al monte real. Es ahí donde la cría en cautividad muestra su límite más incómodo: un animal puede nacer sano, crecer bien y superar la aclimatación, pero aun así no estar preparado para escapar, esconderse, alimentarse y reaccionar a tiempo ante depredadores.

El zorro aparece como el principal responsable, con 12 muertes atribuidas. Después figuran las rapaces, con seis bajas, y la marta, con cuatro. También se registraron muertes por depredadores no identificados, según los recuentos publicados por Libertad Digital.

El problema no es solo el zorro: es un ecosistema que ya no se parece al de antes

Sería fácil contar esta historia como una tragedia absurda: millones invertidos, aves liberadas y depredadores haciendo desaparecer casi todo el esfuerzo. Pero esa lectura se queda corta. El urogallo cantábrico no está al borde del colapso solo porque existan zorros o rapaces. Esos depredadores siempre formaron parte del paisaje.

El verdadero problema es más profundo. La subespecie ha sufrido durante décadas por la pérdida y fragmentación del hábitat, la transformación del bosque, el cambio climático, las molestias humanas y la reducción de poblaciones hasta niveles muy difíciles de recuperar. Cuando una especie cae por debajo de cierto umbral, cada muerte pesa más. Cada nido fallido importa. Cada ejemplar liberado se convierte casi en una prueba de resistencia.

La Cadena SER explicaba recientemente que el futuro del urogallo depende en gran parte de recuperar bosques más abiertos y diversos, con alimento suficiente y mejores condiciones para criar, moverse y ocultarse. También señalaba que el objetivo de futuras liberaciones sería alcanzar supervivencias de entre el 20% y el 40%, muy lejos del 3% obtenido en esta primera experiencia.

Una derrota visible, pero también una fuente de información

Liberaron 30 urogallos cantábricos para evitar su extinción y el bosque respondió con una lección durísima. Seis meses después, 29 habían sido devorados y solo quedaba viva una hembra
© Shutterstock / Ronald Rampsch.

Los responsables del programa defienden que el ensayo no fue inútil. Y, aunque suene contraintuitivo, tienen un punto. En conservación, un fracaso bien medido puede aportar datos que una suelta exitosa pero mal monitorizada nunca daría. Saber cuándo mueren las aves, dónde, por qué depredadores y en qué fase de adaptación permite cambiar protocolos.

La pregunta ahora es qué se hace con esa información. Tal vez haya que modificar la edad de liberación, reforzar el entrenamiento antipredador, elegir otras fechas, mejorar los recintos de aclimatación, actuar sobre el hábitat antes de soltar ejemplares o reducir temporalmente ciertos riesgos en zonas concretas. Nada de eso garantiza el éxito. Pero seguir liberando aves sin ajustar la estrategia sería convertir la conservación en una repetición cara y dolorosa.

También hay una cuestión pública inevitable: el dinero. Se ha hablado de una inversión superior a cinco millones de euros en torno al programa, aunque varios medios matizan que no todo ese importe corresponde a esta suelta concreta de 30 ejemplares, sino al conjunto de instalaciones, cría, seguimiento y medidas asociadas. Conviene no mezclar ambas cosas, porque el titular es potente, pero la realidad presupuestaria suele ser menos simple.

Salvar una especie no es abrir una jaula

El caso del urogallo cantábrico deja una imagen amarga: treinta aves regresando al monte y una sola superviviente meses después. Pero también deja una lección necesaria. La conservación no consiste únicamente en criar animales y soltarlos. Consiste en reconstruir las condiciones que hacen posible que esos animales sigan vivos cuando nadie los vigila.

Y ahí está el verdadero desafío. El bosque que recibe al urogallo ya no es el mismo que sostuvo a miles de ejemplares a mediados del siglo XX. Es más fragmentado, más denso en algunas zonas, más presionado y más caliente. Los depredadores son solo una parte visible de un sistema que cambió antes de que las aves volvieran.

La única hembra superviviente se ha convertido, casi sin quererlo, en el símbolo de todo el proyecto. No porque demuestre que la estrategia funciona, sino porque recuerda lo estrecho que es el margen. Para el urogallo cantábrico, cada intento cuenta. Pero el próximo no puede limitarse a repetir el anterior.

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