Esta pulga de agua embarazada lleva una serie de embriones y parásitos (los puntos de color blanco que se muestran en su parte exterior). El holandés Jan van IJken quedó en noveno lugar por esta genial imagen.
Durante décadas, la humanidad viajó a la Luna, recogió rocas y regresó con tesoros científicos. Aun así, seguía faltando una pieza crucial. La encontró el azar en África: un meteorito lunar caído en la Tierra desde una época casi borrada del registro.
Durante años parecieron los objetos más simples y extremos del cosmos: compactos, lisos e indiferentes a cualquier intento externo de alterarlos. Un nuevo trabajo sugiere que esa imagen estaba incompleta y que, en ciertas condiciones, también ceden.
Algunas misiones espaciales dejan rocas, fotografías o datos científicos. Otras dejan algo más inesperado: árboles. En Texas ya crece uno nacido de una semilla que salió de la Tierra, superó la órbita lunar y regresó para empezar una segunda vida en suelo firme.
Durante años enviamos robots a recorrer el polvo rojo de Marte, perforar rocas y analizar cráteres. Pero la respuesta más importante podría no estar arriba. Un nuevo proyecto quiere descender donde casi no hemos mirado nunca: el interior volcánico del planeta.
Solemos mirar el cuerpo humano como una obra elegante y precisa. Pero basta observarlo con calma para descubrir otra verdad: muchas de sus piezas funcionan bien… aunque fueron heredadas, retocadas y adaptadas sobre estructuras antiguas que nunca se rediseñaron del todo.
No se trata solo de una postal nostálgica de bicicletas, rodillas raspadas y tardes interminables en la calle. Cada vez más investigaciones en psicología del desarrollo están revisando una idea que incomoda bastante a la crianza contemporánea: quizá una infancia demasiado controlada no siempre protege, y a veces incluso debilita.