Una sección transversal del intestino de un ratón fotografiada por Amy Engevik, del Departamento de Medicina Regenerativa y Biología Celular de la Universidad Médica de Carolina del Sur.
Durante décadas, la humanidad viajó a la Luna, recogió rocas y regresó con tesoros científicos. Aun así, seguía faltando una pieza crucial. La encontró el azar en África: un meteorito lunar caído en la Tierra desde una época casi borrada del registro.
Durante años parecieron los objetos más simples y extremos del cosmos: compactos, lisos e indiferentes a cualquier intento externo de alterarlos. Un nuevo trabajo sugiere que esa imagen estaba incompleta y que, en ciertas condiciones, también ceden.
Algunas misiones espaciales dejan rocas, fotografías o datos científicos. Otras dejan algo más inesperado: árboles. En Texas ya crece uno nacido de una semilla que salió de la Tierra, superó la órbita lunar y regresó para empezar una segunda vida en suelo firme.
Durante años enviamos robots a recorrer el polvo rojo de Marte, perforar rocas y analizar cráteres. Pero la respuesta más importante podría no estar arriba. Un nuevo proyecto quiere descender donde casi no hemos mirado nunca: el interior volcánico del planeta.
Solemos mirar el cuerpo humano como una obra elegante y precisa. Pero basta observarlo con calma para descubrir otra verdad: muchas de sus piezas funcionan bien… aunque fueron heredadas, retocadas y adaptadas sobre estructuras antiguas que nunca se rediseñaron del todo.
No se trata solo de una postal nostálgica de bicicletas, rodillas raspadas y tardes interminables en la calle. Cada vez más investigaciones en psicología del desarrollo están revisando una idea que incomoda bastante a la crianza contemporánea: quizá una infancia demasiado controlada no siempre protege, y a veces incluso debilita.