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Ciencia

Los niños de los años 60 y 70 crecieron con menos vigilancia, más calle y más libertad para equivocarse. La psicología cree que ahí podría estar una de las claves de su resiliencia emocional

No se trata solo de una postal nostálgica de bicicletas, rodillas raspadas y tardes interminables en la calle. Cada vez más investigaciones en psicología del desarrollo están revisando una idea que incomoda bastante a la crianza contemporánea: quizá una infancia demasiado controlada no siempre protege, y a veces incluso debilita.
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Durante buena parte de los años 60 y 70, millones de niños (sobre todo en países como Estados Unidos o Reino Unido) crecieron con una autonomía que hoy sería casi impensable. Ir solos al colegio, pasar horas fuera de casa, negociar peleas sin intervención adulta y asumir pequeños riesgos formaba parte de la rutina. Lo que entonces parecía normal, hoy se mira casi como una rareza. Y, sin embargo, varios especialistas creen que en esa libertad había algo más que costumbre: había entrenamiento emocional.

Lo que esa infancia enseñaba sin que nadie lo llamara “aprendizaje emocional”

Uno de los conceptos que más aparece en este debate es el del “locus de control interno”, es decir, la sensación de que uno puede influir en lo que le ocurre. En psicología, esa percepción suele asociarse con una mejor adaptación al estrés y una mayor capacidad de recuperación frente a la frustración. Estudios clásicos y posteriores revisiones lo vinculan con procesos de resiliencia, especialmente en etapas tempranas del desarrollo

Y eso conecta directamente con el tipo de infancia que vivieron muchas personas nacidas en esas décadas. Cuando un niño tenía que resolver una discusión con sus amigos, decidir cómo volver a casa, calcular si una idea era demasiado arriesgada o soportar el aburrimiento sin que un adulto interviniera a los treinta segundos, estaba practicando algo más profundo que “pasar el rato”. Estaba entrenando autonomía.

Ese aprendizaje no era elegante ni perfecto. A veces implicaba errores, enfados, golpes o decisiones malas. Pero precisamente ahí estaba su potencia: no todo venía resuelto de antemano.

La gran pérdida no fue solo el juego libre: fue la independencia cotidiana

Los niños de los 60 y 70 crecieron con menos vigilancia y más calle. La psicología cree que ahí podría estar una de las claves de su resiliencia
© 123RF.

El psicólogo Peter Gray lleva años defendiendo que el declive del juego libre y de la actividad independiente infantil coincide con un aumento sostenido de ansiedad, depresión y sensación de indefensión en jóvenes. Su trabajo más citado en este campo plantea que, a medida que los niños perdieron margen para actuar por su cuenta, también fueron perdiendo oportunidades para desarrollar control psicológico sobre su entorno

Y no es una impresión difusa. La movilidad independiente infantil cayó de forma muy marcada en apenas unas décadas. Investigaciones sobre desplazamiento escolar y autonomía muestran descensos drásticos en niños que podían volver solos del colegio o moverse sin acompañamiento adulto. Uno de los datos más repetidos en la literatura es el caso británico: el porcentaje de niños autorizados a volver solos del colegio cayó del 80% al 9% entre 1971 y 1990.

Ese dato dice mucho más de lo que parece. Porque no habla solo de transporte: habla de confianza, exposición gradual al mundo y tolerancia al riesgo cotidiano.

Qué cambió a partir de los 80: miedo, vigilancia y agendas llenas

La transformación no ocurrió de un día para otro. Fue una mezcla de cultura, urbanismo, medios de comunicación y ansiedad social. A partir de los años 80, la idea de “buenos padres” empezó a asociarse cada vez más con la supervisión constante.

Las noticias sobre secuestros, violencia o peligros excepcionales (aunque estadísticamente fueran bastante poco frecuentes) tuvieron un impacto enorme en la percepción del riesgo. A eso se sumó un modelo de crianza más intensivo: más actividades programadas, más presencia adulta, más control del tiempo libre.

El problema es que esa lógica tiene un efecto secundario incómodo: si cada obstáculo se anticipa, se evita o se corrige desde fuera, el niño tiene menos oportunidades de construir herramientas internas. Y eso no significa dejarlo “a su suerte”, sino aceptar que cierta incomodidad también educa.

La paradoja moderna: sobreprotegidos en la calle, desprotegidos en internet

Los niños de los 60 y 70 crecieron con menos vigilancia y más calle. La psicología cree que ahí podría estar una de las claves de su resiliencia
© 123RF.

Si el giro de los años 80 redujo la libertad física, la década de 2010 añadió una nueva capa: la digital. Y aquí aparece una de las paradojas más inquietantes de la crianza contemporánea.

Muchos niños y adolescentes tienen hoy menos autonomía para moverse solos por su barrio, pero al mismo tiempo pasan horas navegando en espacios digitales mucho más difíciles de supervisar de verdad. Menos calle, menos juego espontáneo, menos conflicto cara a cara… y más exposición a comparación social, presión constante y estimulación infinita.

No es casual que buena parte del debate actual sobre salud mental adolescente gire alrededor de esa combinación extraña: hipervigilancia en el mundo físico y desregulación en el digital. La resiliencia, al fin y al cabo, no se construye solo evitando daños. También necesita ensayo, fricción y experiencia real.

No se trata de volver a 1972, sino de recuperar algo que sí funcionaba

Aquí conviene evitar la trampa de la nostalgia. Nadie está diciendo que la infancia de los 60 o 70 fuera ideal ni que todo tiempo pasado haya sido mejor. Había otros problemas, otros miedos y otras ausencias.

Pero sí parece haber una conclusión cada vez más sólida: los niños necesitan algo más que protección; necesitan margen de acción. Necesitan aburrirse un poco, discutir sin árbitro inmediato, probar, equivocarse y descubrir que son más capaces de lo que creen.

Tal vez la resiliencia no se enseñe tanto con discursos sobre fortaleza emocional como con algo mucho más simple y menos vistoso: dejar un poco de espacio para que la infancia vuelva a respirar sola.

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