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Ciencia

Durante décadas creímos que los agujeros negros no podían deformarse jamás. Un nuevo estudio descubre que sí cambian de forma cuando entra en juego la física cuántica

Durante años parecieron los objetos más simples y extremos del cosmos: compactos, lisos e indiferentes a cualquier intento externo de alterarlos. Un nuevo trabajo sugiere que esa imagen estaba incompleta y que, en ciertas condiciones, también ceden.
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Los agujeros negros tienen una costumbre irritante para la física: cada vez que creemos haberlos domesticado con una ecuación, aparece una nueva grieta en la teoría.

Primero fueron la radiación de Hawking, luego la paradoja de la información, después las colisiones detectadas por ondas gravitacionales. Ahora le toca a una idea mucho más antigua y aparentemente estable: que los agujeros negros no se deforman. Un estudio publicado en Physical Review D plantea que esa afirmación solo vale dentro de ciertos límites. Cuando entra en escena la física cuántica, la historia cambia.

El viejo dogma: un agujero negro no cede

Para entenderlo hay que hablar del llamado número de Love, una medida creada a comienzos del siglo XX para calcular cuánto se deforma un cuerpo cuando siente la atracción gravitatoria de otro cercano.

La Tierra lo experimenta con las mareas causadas por la Luna. Las estrellas también se estiran ligeramente bajo la influencia de compañeras cercanas. Incluso objetos extremadamente densos, como las estrellas de neutrones, responden de alguna manera. Los agujeros negros parecían la excepción absoluta.

Durante décadas, los cálculos clásicos indicaban que su número de Love era exactamente cero. Traducido: no se deformaban nada. Eran, en ese sentido, perfectamente rígidos frente a perturbaciones externas gravitatorias o electromagnéticas.

El problema quizá era la pregunta

Durante décadas creímos que los agujeros negros no podían deformarse jamás. Un nuevo estudio descubre que sí cambian de forma cuando entra en juego la física cuántica
© NASA.

El nuevo trabajo no dice que toda la física anterior estuviera mal. Dice algo más interesante: quizá mirábamos el fenómeno con herramientas demasiado estrechas.

La conclusión del “cero absoluto” surgía al estudiar interacciones clásicas conocidas, como gravedad o campos electromagnéticos. Bajo esas condiciones, el agujero negro seguía comportándose como una superficie imperturbable. Pero al incorporar fuerzas asociadas a partículas cuánticas, como neutrinos y otros campos microscópicos, los cálculos cambian. Y la respuesta deja de ser cero.

Sí pueden deformarse… si miramos lo suficientemente pequeño

Eso significa que, a escala cuántica, un agujero negro sí reaccionaría al entorno y mostraría deformaciones sutiles.

No hablamos de una masa cósmica retorciéndose como plastilina, sino de desviaciones minúsculas con enorme peso teórico. Bastan para romper una de las simplificaciones más duraderas sobre estos objetos. Lo que parecía perfectamente liso podría no serlo.

El regreso del “pelo” de los agujeros negros

En física existe una famosa idea conocida como el teorema de la no calvicie: los agujeros negros quedarían definidos solo por masa, carga y rotación. Nada más. Sin detalles adicionales.

Este nuevo enfoque abre la puerta a algo parecido a un “pelo cuántico”: rasgos sutiles en la superficie o respuesta externa que contengan más información de la esperada. Y eso conecta con uno de los mayores misterios modernos: qué ocurre realmente con la información que cae en un agujero negro.

Por qué importa de verdad

Puede parecer una discusión abstracta, pero no lo es. Cada pequeña grieta entre relatividad general y mecánica cuántica ayuda a acercarnos a una teoría más profunda del universo.

Los agujeros negros son laboratorios extremos donde ambas deben convivir. Durante décadas pensamos que eran los objetos más simples del cosmos. Quizá solo parecían simples porque aún no sabíamos hacerles las preguntas correctas.

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