Durante algo más de siete décadas, el Museo del Norte de la Universidad de Alaska creyó conservar parte de un mamut lanudo. Los huesos habían sido hallados en plena región prehistórica de Beringia y su tamaño coincidía con el de los gigantes del Pleistoceno.
Nadie dudó demasiado de esa identificación.
Hasta que nuevos análisis científicos obligaron a revisar una certeza que llevaba 70 años archivada.
El “mamut” descubierto en 1951

Los restos fueron encontrados en el año 1951 por el arqueólogo Otto Geist durante una expedición cerca de Fairbanks, en el interior de Alaska. Se trataba de dos placas epifisarias de la columna vertebral pertenecientes a un gran mamífero.
Por su tamaño, su estado fosilizado y el lugar del hallazgo, la conclusión fue inmediata: mamut lanudo (Mammuthus primigenius).
La hipótesis parecía razonable. En Beringia aparecen con frecuencia restos de fauna del Pleistoceno tardío y las vértebras tenían proporciones similares a las de un elefante moderno. Los huesos fueron trasladados al museo universitario y allí permanecieron, catalogados y prácticamente olvidados, durante más de siete décadas.
La prueba que no encajaba
El giro llegó gracias al programa “Adopta un mamut”, una iniciativa destinada a financiar investigaciones sobre fósiles almacenados. Cuando los científicos aplicaron datación por radiocarbono, los resultados fueron desconcertantes: los huesos tenían entre 2.000 y 3.000 años de antigüedad.
El problema era evidente.
Los mamuts se extinguieron hace unos 13.000 años, con pequeñas poblaciones aisladas que sobrevivieron hasta hace unos 4.000. De ser correctos, esos restos habrían pertenecido al mamut más joven jamás registrado. Antes de reescribir la historia de su extinción, los investigadores decidieron revisar la identificación original.
La química dio la primera pista

El siguiente análisis ofreció una señal clara de que algo no cuadraba. Los huesos contenían niveles inusualmente altos de nitrógeno-15 y carbono-13, isótopos característicos de animales marinos. En herbívoros terrestres, como el mamut, esos valores prácticamente no aparecen.
“Nunca se ha encontrado un mamut con una señal química así”, explicaron los autores del estudio publicado en el Journal of Quaternary Science. La posibilidad de que los restos fueran de un animal terrestre empezó a desmoronarse.
El ADN confirmó lo impensado
La forma de las vértebras no resolvía el misterio. Expertos en mamuts y en ballenas coincidieron en que era imposible distinguirlas solo por su morfología.
La respuesta llegó con el ADN antiguo.
Aunque el material estaba demasiado degradado para recuperar ADN nuclear, los científicos lograron extraer ADN mitocondrial, suficiente para comparar con especies actuales.
El resultado fue definitivo. Los huesos no pertenecían a un mamut. Eran restos de dos ballenas distintas: una ballena franca del Pacífico norte (Eubalaena japonica) y una ballena minke común (Balaenoptera acutorostrata).
Un misterio aún mayor
La corrección cerró una confusión histórica, pero abrió una pregunta todavía más extraña. ¿Cómo llegaron restos de ballenas de más de mil años de antigüedad al interior de Alaska, a más de 400 kilómetros del océano más cercano?
Los investigadores no tienen una respuesta concluyente. Las hipótesis incluyen transporte humano prehistórico, intercambio entre comunidades costeras o procesos naturales hoy desconocidos.
“Puede que nunca lo sepamos con certeza”, reconocen los autores. Lo único claro es que, después de 70 años, el museo no tenía un mamut. Tenía algo mucho más inesperado.