Hay algo perturbador en saber que otra galaxia entera se dirige hacia nosotros. Andrómeda, con sus cientos de miles de millones de estrellas, se acerca a la Vía Láctea a 400.000 kilómetros por hora. Durante décadas, los astrónomos lo dieron por hecho: en unos 4.500 millones de años, las dos galaxias más grandes del Grupo Local chocarían y se fusionarían en una sola estructura, bautizada ya con anticipación como Milkomeda.
Pero la certeza se resquebrajó. Un estudio publicado en 2025 en Nature Astronomy por Till Sawala y un equipo internacional de investigadores revisó esa predicción con datos mucho más precisos que los disponibles anteriormente, y llegó a una conclusión que obliga a reescribir los libros de texto: la probabilidad de colisión no es del 100% sino del 50%. La fusión galáctica que parecía inevitable podría no ocurrir.
Qué cambió: de Hubble a Gaia

La predicción original se basaba en observaciones del Telescopio Espacial Hubble, que permitían medir con razonable precisión la velocidad a la que Andrómeda se acerca a la Vía Láctea, pero no su movimiento lateral. Ese movimiento transversal —la componente perpendicular a la línea que une ambas galaxias— es el que determina si el encuentro será una colisión frontal, un roce oblicuo o una trayectoria que pase de largo.
El estudio de Sawala incorporó los datos de la misión Gaia de la Agencia Espacial Europea, diseñada para medir posiciones y movimientos estelares con una precisión sin precedentes. Con esa información adicional, el análisis también tomó en cuenta la influencia gravitacional de galaxias vecinas: la Galaxia del Triángulo (M33) y la Gran Nube de Magallanes, que podrían estar alterando levemente la trayectoria de Andrómeda. El resultado fue una incertidumbre mucho mayor de la esperada.
La comparación más intuitiva es la de una pelota de tenis lanzada directamente hacia nosotros: si hay viento lateral, puede desviarse lo suficiente para pasar rozando en lugar de impactar. En escala galáctica, ese «viento» son los campos gravitacionales de otras galaxias del entorno.
Por qué «colisión» no significa lo que parece

Incluso si la colisión ocurre, la palabra resulta engañosa. Las galaxias no son bolas sólidas: son estructuras mayoritariamente vacías. La separación promedio entre estrellas dentro de una galaxia es tan enorme que, en un encuentro entre dos galaxias, la probabilidad de que dos estrellas choquen literalmente entre sí es ínfima. En la práctica, las estrellas de ambas galaxias se atravesarían mutuamente sin tocarse.
Lo que sí se vería profundamente alterado son las estructuras más difusas: el gas interestelar, el polvo y la materia oscura. Las fuerzas gravitacionales durante el encuentro comprimirían esas nubes de gas, desencadenando episodios intensos de formación estelar. La forma de ambas galaxias cambiaría drásticamente, y la distribución de las estrellas existentes quedaría reorganizada en configuraciones que nada tienen que ver con las espirales actuales.
El espectáculo sería extraordinario visto desde un planeta hipotético: Andrómeda llegaría a ocupar una porción enorme del cielo nocturno, y todas las constelaciones conocidas quedarían irreconocibles. Pero nadie lo verá desde la Tierra: en 4.500 millones de años, el Sol ya habrá evolucionado hacia la fase de gigante roja, haciendo el planeta inhabitable mucho antes de que las dos galaxias se encuentren.
Cómo ver Andrómeda esta noche
Mientras los astrónomos debaten trayectorias a escala de miles de millones de años, Andrómeda ya es visible para cualquiera desde la Tierra: es la única galaxia grande visible a simple vista desde el hemisferio norte, y se presenta como una mancha lechosa y alargada en el cielo. Está a 2,5 millones de años luz de distancia.
Para encontrarla se necesita un cielo oscuro, sin luna y alejado de la contaminación lumínica. El truco más sencillo es localizar el cuadrilátero de Pegaso —cuatro estrellas brillantes que forman un gran cuadrado— y desde ahí orientarse hacia la constelación de Andrómeda, adyacente. El otoño y el invierno son las estaciones de mejor visibilidad en el hemisferio sur. Con unos prismáticos 7×50 o 10×50 es posible distinguir el núcleo brillante y una extensión ovalada tenue que revela la magnitud real del objeto.