A más de dos kilómetros bajo tierra, en una región remota del Cáucaso occidental, la cueva Veróvkina se alza como uno de los mayores desafíos de la espeleología moderna. Pero su misterio no solo radica en su profundidad: es lo que habita —y lo que queda atrapado— en sus entrañas lo que hiela la sangre.
El descenso al infierno natural de Veróvkina

Ubicada en Abjasia, en las montañas del Cáucaso, la cueva Veróvkina fue descubierta en el año 1968 y redescubierta en los años 80 por grupos de exploradores rusos. Su fama creció al ser clasificada en 2017 como la cueva más profunda del mundo, con 2.212 metros, aunque hoy su profundidad oficial es de 2.209 metros, tres menos que la cueva Krubera.
En el año 2024, un nuevo equipo liderado por el espeleólogo Pavel Demidov volvió a enfrentarse al abismo. Lo que documentaron en ese descenso ya forma parte de la historia de la exploración subterránea moderna: hallazgos biológicos únicos, temperaturas gélidas, y un encuentro con la muerte en las profundidades.
Especies sin ojos… y un cuerpo suspendido

En el sector conocido como “el sifón”, un lago subterráneo donde la luz jamás ha penetrado, los científicos descubrieron más de 20 nuevas especies de organismos adaptados a la completa oscuridad. Sanguijuelas traslúcidas, escorpiones sin pigmentación y ciempiés ciegos conforman un ecosistema que ha evolucionado al margen del resto del planeta.
“Son criaturas únicas, aisladas desde hace millones de años”, explicó Ilya Turbanov, del Instituto Papanin. Pero no todo lo hallado en la oscuridad pertenecía al reino animal.
A casi 1.110 metros de profundidad, los investigadores encontraron el cuerpo colgado de Sergey Kozeev, un aficionado a los deportes extremos que se adentró solo en Veróvkina en noviembre de 2024. Su equipo era deficiente, y su obsesión por conquistar la cueva le costó la vida. Las causas exactas aún no se han confirmado, pero las hipótesis van desde congelamiento hasta un accidente por agotamiento.
El precio de explorar lo inexplorado

Veróvkina (llamada así en honor al espeleólogo soviético Alexander Verevkin) no solo representa un desafío físico, sino también un abismo psicológico. En su interior no hay luz, ni sonido, ni vida tal como la conocemos. Es un espacio donde las fronteras del cuerpo y la mente se difuminan.
Allí, la ciencia y el peligro conviven. Se revelan formas de vida nunca vistas y también se escriben tragedias silenciosas. Este abismo, el más profundo que hemos descendido, es también un recordatorio brutal de lo poco que sabemos (y de lo frágiles que somos) cuando dejamos de mirar hacia el cielo y nos adentramos en las entrañas de la Tierra.