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El anillo que no era perfecto: Lo que el agujero negro de M87* acaba de revelar

Lo que parecía una silueta circular en la primera imagen de un agujero negro resultó ser una ilusión. Un nuevo estudio muestra que la forma del anillo de M87* está alterada no por la gravedad, sino por la turbulencia del plasma, desafiando lo que creíamos entender sobre estos gigantes cósmicos.

En 2019, el mundo vio por primera vez el “rostro” de un agujero negro. Esa imagen —un anillo brillante con una sombra central— marcó un antes y un después. Pero ahora, con datos más precisos y nuevos métodos de análisis, los científicos han descubierto que ese anillo no es tan simétrico como pensábamos. Y la razón de su forma nos obliga a repensar cómo miramos el universo.

El anillo que engañó a todos

El anillo que no era perfecto: lo que el agujero negro de M87* acaba de revelar
© Astronomy & Astrophysics.

M87*, el agujero negro en el corazón de la galaxia M87, ha sido observado nuevamente por el Telescopio del Horizonte de Sucesos (EHT). Esta red de radiotelescopios globales, potenciada con nuevos datos del Telescopio de Groenlandia, permitió reconstruir su forma con más detalle. El resultado: el anillo que rodea la sombra del agujero presenta una elipticidad del 8 % y una inclinación de 50 grados.

Cinco métodos independientes de reconstrucción confirmaron esta deformación, descartando errores técnicos. Y lo más revelador fue que la causa no está en la rotación del agujero negro, como se creía, sino en el comportamiento caótico del plasma que lo rodea. La turbulencia, no la gravedad, parece moldear la imagen.

El desafío de medir lo invisible

El anillo que no era perfecto: lo que el agujero negro de M87* acaba de revelar
© Astronomy & Astrophysics.

Hasta ahora, se pensaba que la forma del anillo podía darnos pistas sobre el giro del agujero negro, un dato clave para entender su naturaleza. Pero este nuevo hallazgo demuestra que la emisión del plasma genera un “ruido visual” que oculta las huellas gravitacionales. Por eso, los científicos proponen nuevas estrategias: observaciones continuas para promediar el movimiento del plasma, y telescopios espaciales que puedan detectar el escurridizo “anillo de fotones”, la zona más cercana al horizonte de sucesos.

Este anillo teórico, formado por luz que orbita varias veces antes de escapar, sería una firma pura del espaciotiempo deformado, ideal para medir el giro sin interferencias.

Un laboratorio cósmico a 55 millones de años luz

M87* no solo es un enigma; es también una oportunidad. Gracias a su tamaño y brillo, se ha convertido en el mejor laboratorio natural para estudiar cómo la materia se comporta bajo la fuerza más extrema del cosmos. Los métodos desarrollados aquí podrían aplicarse pronto a otros agujeros negros, como Sagitario A*, en el centro de nuestra galaxia.

El hecho de que el EHT haya detectado una ligera deformación y vinculado su causa al entorno plasmático demuestra el nivel de precisión al que ha llegado la astronomía. Estamos, quizás, ante el inicio de una nueva era: una en la que los agujeros negros ya no son solo sombras, sino estructuras dinámicas, complejas y llenas de pistas sobre el funcionamiento más profundo del universo.

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