Desde que fue fotografiado por primera vez en 2019, el agujero negro en el corazón de M87 ha sido una ventana abierta al abismo del universo. Ahora, nuevos datos confirman que su comportamiento es aún más extremo de lo imaginado: gira casi al máximo permitido por la física y su hambre voraz marca el ritmo del entorno galáctico. Este estudio nos lleva al centro de un titán cósmico.
La velocidad de un abismo giratorio

Los investigadores han logrado medir con una precisión inédita la velocidad de rotación del agujero negro M87*, ubicado en el centro de la galaxia elíptica Messier 87. El análisis del brillo desigual del anillo de plasma captado por el Telescopio del Horizonte de Sucesos reveló el efecto Doppler relativista: el material que se acerca a nosotros aparece mucho más brillante que el que se aleja.
Ese contraste permitió deducir que el plasma más cercano gira al 14 % de la velocidad de la luz —unos 42 millones de metros por segundo—, lo que lleva a una estimación de spin de 0,8 en una escala que va hasta 1. Esta rotación vertiginosa sitúa a M87* en el umbral de los límites físicos, convirtiéndolo en uno de los objetos más extremos jamás medidos.
Cuando la luz y el campo magnético cuentan una historia
Calcular el giro de un objeto invisible es un desafío formidable. En este caso, el equipo comparó imágenes de 2017 y 2018 para analizar los cambios en la posición del brillo máximo del anillo. También estudiaron los patrones de polarización de la luz, que revelan la estructura del campo magnético alrededor del agujero negro.
Al asumir que el plasma está ionizado y se mueve siguiendo estas líneas magnéticas, pudieron estimar la velocidad a la que cae la materia: 70 millones de metros por segundo, equivalente al 23 % de la velocidad de la luz. Estos valores confirman que M87* no es solo masivo, sino también extremadamente activo.
Cuánta materia puede tragar este monstruo cósmico
El estudio también abordó el ritmo de alimentación del agujero negro. Según los modelos utilizados, la tasa de acreción oscila entre 0,00004 y 0,4 masas solares por año. Aunque parezcan cifras colosales, están muy por debajo del llamado límite de Eddington, lo que sugiere que M87* se encuentra en una fase estable y no está devorando materia sin control.
Curiosamente, esta tasa de acreción coincide con la energía estimada del famoso chorro de partículas que emana del núcleo de la galaxia, lo que apunta a una relación directa entre la materia que cae y el haz de energía que emerge.
El chorro de M87: una pista sobre su motor interno

Uno de los misterios más persistentes en astrofísica es la conexión entre los discos de acreción y los chorros relativistas. En este caso, los datos encajan como piezas de un rompecabezas: la energía liberada por la caída de materia parece alimentar directamente el chorro.
Esta coincidencia refuerza la hipótesis de que los agujeros negros no solo consumen, sino que también modelan activamente el entorno galáctico. Sus chorros pueden influir en la formación de estrellas y redistribuir gas a escalas enormes.
Un nuevo método para explorar lo invisible
Hasta ahora, medir el spin de un agujero negro requería modelos complejos o emisiones en rayos X. El enfoque usado aquí —basado en imágenes directas y análisis Doppler— podría aplicarse a otros objetos observables con el EHT.
Además, los autores advierten que la cifra de 0,8 podría ser un valor conservador. M87* podría estar girando aún más rápido, rozando el límite teórico máximo de 0,998. Este gigante se convierte así en un laboratorio natural para estudiar la física más extrema del universo. Y lo mejor: aún no ha revelado todos sus secretos.