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El caso Rosenhan: la infiltración en hospitales psiquiátricos que obligó a reformar los diagnósticos

A fines de los años 60, un grupo de personas sanas aseguró escuchar voces y logró ser internado en hospitales psiquiátricos de Estados Unidos. Lo que ocurrió después expuso fallas profundas en el sistema y provocó una transformación histórica en la atención de la salud mental.
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Decían oír palabras sueltas que retumbaban en sus cabezas. “Vacío”, “hueco”, “golpe”. Con ese único síntoma cruzaron la puerta de distintos hospitales psiquiátricos. Fueron admitidos, diagnosticados y medicados. Pero había un detalle crucial: ninguno padecía una enfermedad mental. Lo que comenzó como una infiltración cuidadosamente diseñada terminó convirtiéndose en uno de los episodios más polémicos y transformadores de la historia de la psiquiatría moderna.

Una infiltración para poner a prueba al sistema

Entre 1969 y 1972, el psicólogo estadounidense David Rosenhan lideró una experiencia que buscaba responder una pregunta incómoda: ¿podían los profesionales distinguir con claridad entre una persona sana y alguien con un trastorno mental severo?

Ocho voluntarios (entre ellos un ama de casa, un estudiante, un pintor, un pediatra, un psiquiatra y tres psicólogos) se presentaron en distintos hospitales de Estados Unidos afirmando que escuchaban voces. Cambiaron sus nombres y profesiones, pero no alteraron el resto de sus historias personales.

Tras describir esas supuestas alucinaciones auditivas, todos fueron internados. La mayoría recibió un diagnóstico de esquizofrenia. Una vez dentro, dejaron de simular síntomas y se comportaron con total normalidad. Sin embargo, el rótulo inicial condicionó cada gesto posterior.

En 1973, Rosenhan publicó los resultados en la revista Science bajo un título provocador: “Sobre estar cuerdo en sitios de locos”. El impacto fue inmediato.

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Cuando todo se interpreta como enfermedad

Dentro de las instituciones, cualquier conducta era leída como manifestación patológica. Tomar notas en un cuaderno fue interpretado como “grafomanía compulsiva”. Hacer preguntas o permanecer en silencio podía considerarse parte del cuadro clínico.

Los participantes registraron sus experiencias con meticulosidad. Señalaron que el tiempo promedio de contacto diario con médicos o enfermeros era mínimo, apenas unos minutos. Describieron demoras, indiferencia y una atención distante. La privacidad era casi inexistente y las decisiones médicas rara vez se explicaban.

Durante su internación, al grupo se le recetaron más de mil pastillas en total, todas innecesarias. Aunque intentaban demostrar estabilidad, el diagnóstico inicial parecía imposible de revertir. El alta llegó días o semanas después (el promedio fue de 19 días), pero ninguno fue declarado completamente sano. En todos los casos, la enfermedad quedó asentada como “en remisión”.

Paradójicamente, quienes más sospecharon que algo no encajaba no fueron los profesionales, sino los propios pacientes. Más de treinta internos expresaron dudas y señalaron que algunos de los recién llegados no parecían enfermos.

Un terremoto en la salud mental

La publicación del estudio generó una reacción furiosa en parte de la comunidad médica. Se cuestionaron los métodos, se acusó a Rosenhan de manipulación y de engañar deliberadamente a profesionales. Sin embargo, el debate ya estaba instalado.

La opinión pública comenzó a desconfiar de la capacidad diagnóstica del sistema. Con el tiempo, el experimento impulsó reformas profundas: revisión de protocolos, mayor énfasis en el trato humano y cambios en los criterios diagnósticos que más tarde influirían en la elaboración del DSM-III, una versión más sistematizada y rigurosa del manual de trastornos mentales.

El estudio también coincidió con un clima cultural crítico hacia las instituciones psiquiátricas, reforzado por obras como Atrapado sin salida, que amplificaron la discusión sobre el poder y los abusos en hospitales mentales.

El contraataque y las nuevas dudas

Años después, un hospital desafió públicamente a Rosenhan a repetir la experiencia. Meses más tarde, anunció que había detectado decenas de supuestos falsos pacientes infiltrados. La respuesta del psicólogo fue desconcertante: no había enviado a nadie. El episodio evidenció que el problema de fondo seguía sin resolverse.

Décadas más tarde, una investigación periodística volvió a examinar el caso y halló inconsistencias en algunos registros originales. Surgieron testimonios divergentes y detalles no incluidos en la publicación inicial. Estas revelaciones abrieron nuevas preguntas sobre la metodología y la narrativa del experimento.

Sin embargo, más allá de sus debilidades, el impacto histórico fue innegable. La experiencia obligó a mirar de frente prácticas naturalizadas: diagnósticos apresurados, trato despersonalizado y una estructura que a veces priorizaba la etiqueta por encima de la escucha.

El experimento de Rosenhan no ofreció respuestas definitivas, pero sí expuso grietas profundas. Y en un ámbito tan sensible como la salud mental, esa sacudida marcó un antes y un después.

 

[Fuente: TN]

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