Entre Sudamérica y África, bajo el Atlántico Sur, el escudo invisible que protege a la Tierra de la radiación solar se está debilitando. La región, conocida como Anomalía del Atlántico Sur (AAS), cubre hoy un área del tamaño de Europa y continúa expandiéndose, según un nuevo estudio publicado en Physics of the Earth and Planetary Interiors.
Los científicos estiman que la zona ya ocupa un 1 % más del planeta que hace una década, una extensión comparable a la mitad de Estados Unidos. Y aunque no hay motivo de alarma inmediata, su crecimiento constante preocupa a la comunidad científica por las posibles consecuencias para los satélites, las comunicaciones y las misiones espaciales.
Qué es y por qué existe la Anomalía del Atlántico Sur

El campo magnético terrestre actúa como una barrera natural que desvía partículas cargadas provenientes del Sol y protege nuestra atmósfera. Se genera a unos 3 000 km de profundidad, donde el hierro líquido del núcleo externo fluye y crea corrientes eléctricas que alimentan un gigantesco imán planetario.
Sin embargo, ese “imán” no es uniforme. La AAS aparece como una zona debilitada del campo, donde la intensidad magnética es significativamente menor. Los expertos creen que esto se debe a inestabilidades en el flujo del hierro líquido, que provocan turbulencias y desequilibrios en el campo magnético global.
“Algo especial está ocurriendo en esta región”, explicó el geofísico Chris Finlay, de la Universidad Técnica de Dinamarca. “El campo se está debilitando de forma más intensa hacia África que hacia Sudamérica, y aún no comprendemos por completo por qué”.
Cómo la ESA rastrea el pulso magnético del planeta
Aunque los primeros indicios de la AAS se registraron en los años 60, la verdadera radiografía llegó con la misión Swarm de la Agencia Espacial Europea (ESA), lanzada en 2013.
Los tres satélites gemelos que orbitan la Tierra miden con precisión las señales magnéticas procedentes del núcleo, el manto, la corteza, los océanos y la ionosfera.
“Solo con satélites como Swarm podemos cartografiar completamente esta estructura y ver cómo cambia”, indicó Finlay en un comunicado de la ESA. Los últimos datos muestran que la anomalía no solo crece, sino que se desplaza lentamente hacia el oeste, un movimiento que los científicos asocian con corrientes profundas en el núcleo líquido.
En las visualizaciones generadas a partir de estos datos, la AAS aparece como una vasta mancha azul que se ensancha y atenúa progresivamente, una especie de “herida” magnética que late bajo el océano Atlántico.
Riesgos en órbita y consecuencias en la superficie
Aunque la expansión de la AAS no representa un peligro directo para las personas, sí complica la operación de satélites y naves espaciales que cruzan la región. En esa zona, los vehículos reciben mayores dosis de radiación, lo que puede alterar instrumentos sensibles, generar fallos electrónicos o provocar apagones temporales.
También los astronautas que orbitan en la Estación Espacial Internacional experimentan un aumento en los niveles de radiación cuando sobrevuelan la anomalía. A mayor escala, las variaciones en el campo magnético podrían influir en la orientación de aves migratorias, ballenas y otros animales que dependen de él para navegar.
Lo que podría venir
El campo magnético de la Tierra cambia constantemente, y fenómenos como la AAS son parte de su naturaleza dinámica. Algunos investigadores incluso se preguntan si estos debilitamientos regionales podrían ser señales tempranas de un posible cambio de polaridad, un proceso en el que los polos norte y sur magnéticos se invierten, algo que ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia geológica.
Por ahora, no hay evidencias de que ese escenario esté cerca, pero los científicos coinciden en que vigilar la evolución de la anomalía es esencial para comprender el comportamiento del núcleo terrestre y anticipar cómo podrían cambiar las condiciones magnéticas del planeta en las próximas décadas.
El corazón líquido del planeta sigue hablando
Bajo nuestros pies, a miles de kilómetros de profundidad, la Tierra sigue viva. El hierro que se agita en su núcleo mantiene encendido el escudo magnético que nos protege de la radiación cósmica, pero también revela que el planeta no es una esfera estática, sino un sistema en perpetua transformación.
Cada nueva medición de la Anomalía del Atlántico Sur nos recuerda algo incómodo: el escudo invisible que hace posible la vida en la Tierra también es frágil, y su latido depende del fuego líquido que arde en el corazón del mundo.