Un nuevo estudio sugiere que sus residuos no solo alteran el aire que los rodea, sino que también contribuyen a la formación de nubes capaces de modificar el equilibrio térmico de la atmósfera. Y todo gracias a un gas que se libera de forma natural en sus colonias y que podría cambiar lo que sabemos sobre cómo se regula la temperatura en la Tierra.
Una colonia inesperada en la lucha contra el cambio climático

En la península antártica, donde el hielo domina y el viento corta la respiración, un grupo de habitantes emplumados lleva siglos adaptado al entorno sin saber que su presencia podría tener efectos climáticos globales. Allí, entre el permafrost y las rocas desnudas, miles de ejemplares de una especie emblemática se agrupan para convivir, reproducirse y… cambiar la atmósfera.
Un reciente estudio publicado en Nature revela que el guano de estos animales libera grandes cantidades de amoniaco, un gas con un papel crucial en la formación de nubes. Y aunque el amoniaco suele pasar desapercibido por sus niveles bajos en el aire, su origen natural en este contexto —desde los excrementos— podría tener consecuencias significativas para el clima terrestre.
Cómo un gas maloliente podría crear nubes con efectos globales
El amoniaco es un gas incoloro con olor fuerte que surge de la descomposición de materia orgánica. Según el equipo liderado por Matthew Boyer, de la Universidad de Helsinki, la presencia de este compuesto en zonas cercanas a colonias de estos animales incrementa notablemente la concentración de partículas en el aire, conocidas como aerosoles.
Estas partículas permiten que el vapor de agua se condense sobre ellas, dando lugar a nubes. ¿Por qué esto importa? Porque dependiendo de su tipo, las nubes pueden reflejar la luz solar y enfriar la superficie, o atrapar calor y contribuir al calentamiento global. Lo relevante del hallazgo es que este gas, generado naturalmente, podría acelerar hasta mil veces el proceso de formación de partículas, aumentando la probabilidad de que se formen nubes que enfríen el planeta.
El rastro del guano persiste incluso tras la migración

Durante los meses de verano austral, entre enero y marzo, los científicos midieron la concentración de amoniaco en el aire antártico. Detectaron que cuando el viento soplaba desde una colonia, los niveles de este gas se disparaban hasta 13,5 partes por billón. Más sorprendente aún: incluso después de que los animales migraran a finales de febrero, el guano que quedaba seguía emitiendo amoniaco, manteniendo una concentración 100 veces superior a la de referencia.
Este fenómeno sugiere que el impacto atmosférico del guano es persistente y no se limita a la presencia activa de los animales. Las partículas continúan en el aire, modificando el entorno climático de forma sostenida.
Una bomba biológica silenciosa bajo el hielo
Erica Sparaventi, investigadora del proyecto PIMETAN, apunta que el guano también tiene efectos más allá de la atmósfera. Su inserción en el agua libera metales traza esenciales que alimentan al fitoplancton, un conjunto de algas microscópicas clave en la cadena trófica marina. Pero además, el fitoplancton es responsable de absorber dióxido de carbono de la atmósfera, transformándolo en carbono orgánico que queda almacenado en el océano.
Este proceso, conocido como “bomba biológica de carbono”, convierte a estos pequeños organismos —y, por extensión, a quienes los fertilizan— en actores cruciales en la regulación del clima global.
El siguiente paso: medir el impacto real en la atmósfera
Aunque los resultados del estudio son prometedores, Boyer insiste en que todavía es necesario recopilar más datos antes de afirmar con certeza cuál es el efecto neto de estas nubes en la temperatura global. La interacción entre aerosoles, amoniaco y otros compuestos como el ácido sulfúrico es compleja, y su comportamiento cambia según múltiples variables atmosféricas.
Sin embargo, la idea de que una colonia animal, simplemente cumpliendo su ciclo vital, pueda influir en los patrones climáticos del planeta abre una línea de investigación fascinante. Desde la punta más austral del mundo, el guano podría convertirse, irónicamente, en una herramienta inesperada en la lucha contra el calentamiento global.
[Fuente: El País]