En lo profundo de la selva maya, donde el GPS del móvil deja de funcionar y la humedad parece suspendida en el aire, un grupo de científicos y rastreadores se mueven en silencio antes del amanecer. Buscan al jaguar —el depredador más poderoso del continente americano—, pero no para atraparlo ni exhibirlo. Lo buscan para conectarlo a una constelación de satélites.
Esa escena resume la transformación que está viviendo México: el país es hoy el único del continente con un censo nacional del jaguar, y los datos son contundentes. En 2010 se estimaban 4.000 individuos. En 2024, el tercer censo registró 5.326 jaguares, un incremento del 30% que sorprende a ecólogos de todo el mundo en un periodo donde la mayoría de los grandes carnívoros retrocede sin remedio.
Pero esta recuperación no ocurrió por azar. Es el resultado de una combinación poco habitual: tecnología satelital, financiamiento internacional y una política pragmática que pone a las comunidades en el centro del modelo de conservación.
Tecnología para seguir al fantasma de la selva

Según cuenta Wired, el equipo del Dr. Gerardo Ceballos —ecólogo de la UNAM y líder de la Alianza Nacional para la Conservación del Jaguar— instaló su campamento en Laguna Om, Campeche, no para observar jaguares, sino para escucharlos desde el cielo. Cada felino capturado temporalmente recibe un collar GPS capaz de enviar miles de puntos de ubicación a lo largo del año.
Lo que en los 90 era casi artesanal —»si teníamos 40 localizaciones al año era un triunfo», recuerda Ceballos— hoy es un flujo continuo de datos que permite conocer patrones de caza, reproducción, conflictos con ganaderos y desplazamientos en tiempo real.
A esto se suma una red de 920 cámaras trampa desplegadas en 15 estados para el censo nacional de 2024, el mayor esfuerzo de monitoreo de un mamífero en México. La tecnología ha permitido algo que parecía imposible: democratizar la observación de un animal diseñado para no ser visto.
El renacimiento del jaguar ocurre en el corazón de una fortaleza verde de 1.5 millones de hectáreas
El epicentro de esta recuperación está en el Gran Calakmul, la segunda selva tropical más grande de América después del Amazonas. Este corredor biológico alberga cerca de 500 jaguares, además de cientos de especies en peligro, y funciona como un amortiguador climático para toda la región.
Pero su protección no depende únicamente de la biología. Depende de algo mucho más terrenal: la economía de quienes viven ahí.
La conservación no es romántica: es rentable (o no existe)
El éxito mexicano descansa en una idea simple pero rara vez aplicada: nadie protege lo que no le da de comer. Para Ceballos, la conservación es un intercambio: el ecosistema debe generar beneficios tangibles para los ejidos locales.
Por eso el proyecto integró pagos por servicios ambientales, proyectos de carbono, ecoturismo administrado por comunidades y manejo forestal sustentable. Laguna Om, por ejemplo, recibe ingresos por mantener la selva intacta, lo que convierte al jaguar en un activo vivo que paga facturas.
El resultado: antiguas comunidades de cazadores se han convertido en los mejores protectores del animal.
Infraestructura con ciencia: cuando no se puede detener un tren, se construyen caminos para los jaguares

El avance del Tren Maya obligó a enfrentar un problema ecológico clásico: la fragmentación del hábitat. México negociaba a contrarreloj. Si los jaguares quedaban aislados por la vía, el colapso genético sería inevitable.
La intervención científica logró algo inédito: la obra de infraestructura con más pasos de fauna planificados en el mundo. Corredores subterráneos y áreas de amortiguamiento fueron incorporados para mantener la conectividad ecológica de los felinos.
No elimina el riesgo, pero lo reduce dramáticamente. En conservación, eso ya es una victoria.
Salvar al jaguar es salvar mucho más que un felino
El jaguar es un depredador tope, una especie paraguas cuyo bienestar implica la estabilidad de todo el ecosistema. Su recuperación indica que los bosques están en mejor estado, que las presas abundan y que la selva —esa máquina de clima y biodiversidad— sigue funcionando.
Es también una advertencia. Como recuerda Ceballos en Before They Vanish, la velocidad de extinción actual podría colapsar la civilización en unas décadas si no se revierte la tendencia global. Pero México ha demostrado que la conservación funciona cuando se combinan ciencia, tecnología, dinero y voluntad política.
En Calakmul, los guardaparques patrullan miles de kilómetros al año. Los científicos analizan patrones desde sus computadoras. Las comunidades reciben ingresos constantes. Y en algún punto del monte, un jaguar camina silencioso sin saber que, por primera vez en mucho tiempo, su especie está creciendo.
“Estamos en un momento crucial”, dice Ceballos. “Si consolidamos esta estrategia, habrá jaguares en México para siempre”.