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Existe un país donde todo es blanco y no hay wi-fi. Ha sabido construir una capital de mármol mientras bloqueaba internet, regalaba agua y electricidad

Este es uno de los países más herméticos del planeta. Su capital, Ashgabat, es una ciudad-maravilla de mármol blanco levantada durante los años 90 por un régimen autoritario que controla la información y restringe el uso de internet. Al mismo tiempo, el Estado financia agua, gas y electricidad gracias a sus enormes reservas de gas natural.
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En el mapa del autoritarismo, Corea del Norte suele concentrar la atención global. Pero existe otro Estado igual de cerrado, más desconocido y con una estética tan improbable que parece inventada: Turkmenistán.

Un país donde casi nadie tiene internet, donde la prensa independiente no existe y donde la capital está revestida de mármol blanco como si fuera un proyecto urbanístico futurista. Un régimen que bloquea la información, pero ofrece servicios básicos gratuitos desde hace décadas.

Una capital que brilla de blanco en medio del desierto

No es Corea del Norte. Es Turkmenistán, un país de ciudades blancas, vigilancia constante y servicios públicos gratuitos para quien no cuestione nada
© Unsplash – Faruk Tokluoğlu.

Ashgabat, la capital turcomana, ostenta un récord difícil de imaginar: es la ciudad con más edificios de mármol blanco del mundo. Miles de fachadas relucen bajo el sol del desierto de Karakum, una estética concebida en los años 90 por Saparmurat Niyazov, el primer presidente tras la independencia de la URSS.

Niyazov —conocido como Turkmenbashí, “líder de todos los turcomanos”— ordenó una reconstrucción total de la ciudad: avenidas gigantes, palacios administrativos, plazas perfectamente simétricas y monumentos con su imagen. El más icónico fue el Arco de la Neutralidad, coronado por una estatua dorada del presidente que giraba siguiendo la posición del sol.

La ciudad es impecable y silenciosa, funciona como un enorme decorado estatal: un símbolo de control más que un lugar vivo.

Un país desconectado: internet lento, caro y casi inexistente

No es Corea del Norte. Es Turkmenistán, un país de ciudades blancas, vigilancia constante y servicios públicos gratuitos para quien no cuestione nada
© Unsplash – Farhodjon Chinberdiev.

La censura en Turkmenistán es una de las más estrictas del mundo. El país figura entre los últimos puestos de libertad de prensa según Reporteros Sin Fronteras, y el acceso a internet está fuertemente restringido. Las redes sociales están bloqueadas, las VPN son ilegales y los ciudadanos solo pueden utilizar aplicaciones aprobadas por el gobierno.

La mayoría de las familias no tiene conexión doméstica. La poca que existe es lenta y muy costosa. La información circula principalmente a través de canales estatales y noticieros oficiales. La desconexión no es un accidente: es parte esencial de la arquitectura del poder.

Servicios gratuitos a cambio de obediencia política

No es Corea del Norte. Es Turkmenistán, un país de ciudades blancas, vigilancia constante y servicios públicos gratuitos para quien no cuestione nada
© Unsplash – Павел Малюгин.

Desde el año 1993, el Estado garantiza agua, gas y electricidad gratuitas para todos los ciudadanos. Durante años incluso la gasolina estuvo subsidiada a niveles simbólicos. Estas medidas se sostienen gracias a las enormes reservas de gas natural, el recurso que define la economía turcomana.

Los beneficios funcionan como una moneda política: el régimen provee lo básico a cambio de estabilidad, silencio y fidelidad. Un contrato implícito que mantiene a la población dependiente del Estado, mientras limita cualquier forma de oposición.

Un país lleno de rarezas, entre el aislamiento y el espectáculo

Turkmenistán también alberga uno de los puntos más extraños del planeta: el cráter de Darvaza, una fisura ardiente conocida como “la puerta al infierno”, encendida desde hace más de 50 años en pleno desierto. Es uno de los pocos atractivos abiertos al turismo internacional, aunque incluso su acceso está cuidadosamente vigilado.

Turkmenistán es una paradoja viva: un país que construyó una capital reluciente mientras apagaba la vida digital de sus ciudadanos, que restringe la información pero regala servicios básicos, y que proyecta modernidad sobre una estructura de control férreo. Un territorio de mármol y silencio, donde el blanco lo cubre todo excepto —irónicamente— la posibilidad de estar conectado.

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