Elon Musk vuelve a tener una silla dentro de un proyecto del Gobierno estadounidense. Esta vez, sin embargo, el objetivo no pasa por recortar agencias ni revisar presupuestos. El Pentágono quiere que ayude a imaginar cómo se librarán las guerras del futuro y qué tecnología necesitará Estados Unidos para pelearlas.
Pete Hegseth anunció el 30 de septiembre Project Meridian, una iniciativa que estará codirigida por Musk, el fundador de Anduril Palmer Luckey y el expresidente republicano de la Cámara de Representantes Newt Gingrich. El grupo trabajará bajo la dirección del jefe de tecnología del Pentágono, Emil Michael, junto a funcionarios, académicos y representantes del sector privado.
Tendrán exactamente 120 días para entregar sus primeras conclusiones. Y el mandato es bastante más ambicioso que elaborar otro informe sobre drones.
De las profundidades del planeta hasta la Luna

Según la documentación difundida por el Pentágono, Project Meridian deberá estudiar cómo podrían transformarse los campos de batalla en las próximas décadas y proponer soluciones que puedan empezar a desarrollarse, probarse y desplegarse. Entre las tecnologías señaladas aparecen inteligencia artificial, sistemas autónomos, robótica, energía dirigida y biotecnología.
El proyecto contempla incluso escenarios bastante alejados de una guerra convencional. The Guardian señala que el grupo estudiará posibles conflictos en nuevos entornos, desde espacios subterráneos hasta operaciones más allá de la Tierra, incluida la Luna.
Eso no significa que Musk vaya a sentarse personalmente a dibujar un misil o construir un dron. Su función será más estratégica: ayudar a determinar qué capacidades militares debería perseguir Estados Unidos y qué tecnologías podrían convertirse en armas o sistemas operativos de próxima generación.
La diferencia es importante, pero tampoco convierte su papel en algo menor.
Musk no llega precisamente desde fuera de la industria militar

SpaceX ya mantiene una relación profunda con el Gobierno estadounidense. Sus cohetes lanzan cargas de seguridad nacional y la compañía opera infraestructuras satelitales vinculadas con misiones gubernamentales. Luckey está todavía más directamente relacionado con el negocio militar: Anduril fabrica drones, misiles y sistemas autónomos y mantiene contratos con el Pentágono.
Esa relación también abre una cuestión evidente: dos de las personas encargadas de pensar qué tecnologías debería comprar y desarrollar el Ejército dirigen empresas que podrían beneficiarse de futuras decisiones de adquisición. TechCrunch señala esa coincidencia de intereses, aunque el anuncio no implica por sí mismo que Project Meridian vaya a adjudicar contratos a esas compañías.
El proyecto marca además el regreso formal de Musk a una iniciativa gubernamental tras su etapa al frente de DOGE y después de su distanciamiento público con Donald Trump en 2025. Pero Meridian es solo una pieza de algo bastante más grande.
El Pentágono está construyendo un ejército para la guerra de drones

En el mismo discurso, Hegseth anunció la creación del Autonomous Warfare Command, un nuevo mando militar de cuatro estrellas dedicado específicamente a acelerar el desarrollo y despliegue de drones, robots y otras tecnologías autónomas. Crear un mando de este nivel es poco habitual: Reuters recuerda que el anterior gran comando nuevo fue el Space Command, establecido en 2019.
La razón está escrita en los campos de batalla actuales. La guerra en Ucrania ha demostrado hasta qué punto sistemas relativamente baratos pueden localizar y atacar objetivos que cuestan millones. Reuters señala estimaciones según las cuales los drones están relacionados con alrededor del 70% de las bajas rusas, aunque las cifras precisas de un conflicto activo son difíciles de verificar independientemente.
Para el Pentágono, eso obliga a cambiar una ecuación histórica. Estados Unidos construyó buena parte de su superioridad militar alrededor de plataformas extraordinariamente avanzadas y caras. Ahora busca combinar esa tecnología con grandes cantidades de sistemas autónomos más pequeños, baratos y rápidos de fabricar. Y ahí es donde entra Musk.
No para diseñar mañana una nueva arma concreta, sino para participar en una pregunta potencialmente mucho más importante: decidir qué aspecto tendrá el arsenal estadounidense cuando la próxima gran guerra ya no se parezca demasiado a las anteriores.