No lo decimos en voz alta. Tal vez ni siquiera lo reconocemos conscientemente. Pero cuando alguien exitoso tropieza, cuando el influencer se equivoca o cuando al compañero de trabajo no le sale tan bien la presentación… algo dentro de nosotros se activa. Un cosquilleo, una pequeña sonrisa interior, una sensación de alivio o satisfacción momentánea. ¿Por qué? ¿Qué hace que el fracaso ajeno nos genere placer?
El dulce sabor de la caída ajena

Este fenómeno tiene nombre: schadenfreude. Una palabra alemana que literalmente significa “alegría por el daño”. Y aunque pueda parecer cruel, no es señal de que seamos malas personas. Al contrario, es una respuesta profundamente humana que, bajo ciertas circunstancias, tiene incluso funciones sociales.
Desde pequeños, se nos enseña a no burlarnos de los demás, a compartir las alegrías y consolar en las tristezas. Pero también, desde pequeños, vemos cómo otros fallan y, a veces, no podemos evitar reírnos. Es un mecanismo que puede surgir por inseguridad, envidia, deseo de justicia o simplemente por ver a alguien que percibimos como arrogante «recibir lo suyo».
No todos los fracasos ajenos nos provocan la misma reacción. Por ejemplo, si una persona humilde sufre una desgracia, solemos sentir empatía. Pero si una celebridad que se muestra perfecta todo el tiempo comete un error público, el juicio es más severo, y el disfrute más sabroso. Esto tiene que ver con lo que se conoce como comparación social descendente, un recurso que usamos (consciente o no) para sentirnos mejor con nosotros mismos. Si el otro cae, entonces tal vez nosotros no estamos tan mal.
Además, hay un componente de equilibrio moral. Cuando alguien que ha sido injusto, egoísta o arrogante sufre un revés, lo interpretamos como una especie de justicia divina. En esos casos, el placer no es solo malicioso, sino que también puede sentirse “merecido”.
El reflejo de nuestras inseguridades
Una de las razones más profundas por las que disfrutamos del fracaso ajeno es que nos sentimos inseguros. Vivimos en una cultura competitiva, donde constantemente se nos mide, se nos compara y se nos exige estar a la altura. En ese contexto, el éxito de los demás puede sentirse como una amenaza, como una sombra que pone en evidencia nuestras carencias o limitaciones.
Entonces, cuando alguien “intocable” cae, se produce un alivio psicológico. Es como si ese fracaso abriera una grieta en el muro de la perfección ajena. Nos humaniza al otro. Nos dice: “también él o ella puede fallar”. Y eso nos hace sentir menos solos en nuestros propios errores.

El problema es cuando ese placer se convierte en un hábito. Si constantemente estamos buscando fallas en los demás para sentirnos mejor, entramos en una dinámica tóxica, tanto para nosotros como para nuestras relaciones. En lugar de crecer, nos estancamos. En lugar de inspirarnos en el éxito ajeno, lo resentimos.
No todo está perdido. Reconocer este sentimiento es el primer paso para entenderlo y transformarlo. Si identificamos que estamos sintiendo schadenfreude, podemos preguntarnos: ¿qué parte de mí se siente amenazada por el éxito del otro? ¿Qué necesito trabajar en mí para dejar de verlo como competencia?
Además, podemos practicar la empatía activa. Es decir, no solo ponernos en el lugar del otro cuando sufre, sino también cuando triunfa. Celebrar genuinamente los logros ajenos fortalece nuestras conexiones y nos permite crecer desde un lugar más sano.
En definitiva, disfrutar del fracaso ajeno no nos convierte en malas personas, pero sí nos ofrece una oportunidad para mirar hacia adentro. Porque muchas veces, lo que nos molesta o nos alegra del otro, dice más de nosotros que de ellos.