Saltar al contenido
Ciencia

El telescopio James Webb ha observado un planeta rocoso a 50 años luz y el resultado es extremo. Un mundo sin atmósfera, abrasado a más de 700 grados y con una geología completamente distinta a la de la Tierra

El exoplaneta LHS 3844 b muestra una superficie oscura, seca y sin rastro de aire ni agua. Gracias al Webb, los científicos lograron identificar su “huella química” y descartar procesos geológicos como la tectónica de placas, abriendo una nueva forma de estudiar mundos lejanos.
Por

Tiempo de lectura 3 minutos

Comentarios (0)

Durante años, estudiar planetas fuera del sistema solar significaba una cosa: detectar su presencia. Poco más. Saber que estaban ahí. Pero eso está cambiando. El telescopio James Webb no solo está encontrando mundos lejanos, está empezando a mostrar cómo son. Y en el caso de LHS 3844 b, lo que ha revelado es un planeta extremo, casi hostil, que desafía cualquier parecido con la Tierra.

Un planeta bloqueado entre el fuego y la oscuridad

El telescopio James Webb ha observado un planeta rocoso a 50 años luz y el resultado es extremo. Un mundo sin atmósfera, abrasado a más de 700 grados y con una geología completamente distinta a la de la Tierra
© NASA / JPL-Caltech.

LHS 3844 b es lo que se conoce como una supertierra: un planeta rocoso algo más grande que el nuestro, en este caso alrededor de un 30% mayor. Pero ahí terminan las similitudes. Orbita una estrella enana roja cada apenas 11 horas, lo que lo sitúa extremadamente cerca de su estrella. Esa proximidad tiene una consecuencia directa: el planeta está bloqueado gravitacionalmente. Siempre muestra la misma cara.

El lado iluminado recibe radiación constante y alcanza temperaturas cercanas a los 1.000 kelvin, unos 725 grados Celsius. Es más caliente que un horno industrial y supera ampliamente la temperatura media de Venus. El lado opuesto, en cambio, está sumido en una noche eterna. Y entre ambos, no ocurre nada.

No hay viento. No hay nubes. No hay circulación de calor. Porque no hay atmósfera, explica el estudio publicado en Nature Astronomy.

La clave: detectar la luz de la superficie

El gran avance de este estudio no es solo describir el planeta. Es cómo se ha logrado. Gracias al instrumento MIRI del telescopio James Webb, los científicos pudieron analizar la luz infrarroja emitida directamente por la superficie del planeta. Esa luz contiene información sobre su composición, como una especie de firma química. Es un salto importante.

Hasta ahora, estudiar la geología de un exoplaneta era prácticamente imposible. Pero al descomponer esa luz en distintas longitudes de onda, los investigadores pudieron comparar los datos con materiales conocidos de la Tierra, la Luna y Marte. Y lo que encontraron fue revelador.

Un mundo sin tectónica… y casi sin agua

La “huella química” del planeta descartó algo clave: la presencia de una corteza rica en silicatos como la terrestre. Eso tiene implicaciones profundas. En la Tierra, ese tipo de corteza está ligado a la tectónica de placas, un proceso que recicla la superficie del planeta y está estrechamente relacionado con la presencia de agua. En LHS 3844 b, ese sistema no parece existir.

La superficie, según los datos, estaría compuesta por roca basáltica o material del manto, rico en magnesio y hierro. Algo más parecido a las llanuras oscuras de la Luna o al fondo oceánico terrestre… antes de ser transformado por la tectónica. Es, en esencia, un planeta geológicamente más simple.

Vulcanismo o polvo antiguo: dos escenarios posibles

El telescopio James Webb ha observado un planeta rocoso a 50 años luz y el resultado es extremo. Un mundo sin atmósfera, abrasado a más de 700 grados y con una geología completamente distinta a la de la Tierra
© NASA.

El equipo consideró dos hipótesis para explicar esa superficie. La primera plantea un planeta con actividad volcánica relativamente reciente, donde la roca basáltica estaría expuesta por procesos internos.

La segunda sugiere algo distinto: una capa de regolito, ese polvo fino que cubre la superficie de la Luna y que se forma tras millones de años de impactos y erosión. Para diferenciar entre ambas, los científicos buscaron un indicador clave: dióxido de azufre, un gas típico de la actividad volcánica.

No encontraron nada. Eso hace más probable que la superficie sea antigua, erosionada y cubierta de polvo oscuro. Un mundo más cercano a Mercurio que a cualquier planeta activo.

Un nuevo método para estudiar otros mundos

Más allá de este planeta en particular, el estudio tiene una implicación mucho mayor. Demuestra que es posible analizar la geología de planetas situados a decenas de años luz sin necesidad de enviar ninguna sonda. Solo observando la luz que emiten.

Los investigadores ya están trabajando en nuevas observaciones que permitirán estudiar cómo la superficie del planeta emite calor en función de su rugosidad, una técnica que ya se utiliza con asteroides. Si funciona, podría abrir una nueva etapa en la exploración de exoplanetas.

Un planeta que no se parece a la Tierra… y eso es lo importante

Durante mucho tiempo, la búsqueda de exoplanetas ha estado dominada por una idea: encontrar mundos parecidos al nuestro. Pero descubrimientos como este cambian la perspectiva. Porque muestran algo igual de valioso: hasta qué punto otros planetas pueden ser radicalmente distintos. Sin atmósfera. Sin agua. Sin tectónica.

Un mundo detenido entre el calor extremo y el frío absoluto. Y, aun así, ahora podemos saber cómo es su superficie. Sin salir del sistema solar.

Compartir esta historia

Artículos relacionados