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Ciencia

El sargazo que invade el Caribe pesa 38 millones de toneladas y se puede ver desde el espacio: qué lo causa y por qué la ciencia cree que 2026 será otro año récord

El Gran Cinturón Atlántico de Sargazo, una masa de alga parda de más de 8.000 kilómetros que se extiende desde el oeste de África hasta el Caribe, alcanzó en 2025 un nuevo récord con 38 millones de toneladas de biomasa, un 40% más que el récord anterior de 2022. Científicos de Florida Atlantic University, el Max Planck Institute y el CMCC identificaron sus causas y ahora pueden predecir sus concentraciones con hasta dos años de antelación
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Cada verano, toneladas de alga parda cubren las playas del Caribe, las costas de México, el Golfo de México y el litoral de África occidental con una alfombra maloliente que ahuyenta turistas, destruye ecosistemas costeros y libera gas sulfhídrico al descomponerse. El sargazo dejó de ser una molestia ocasional en 2011 y se convirtió en una crisis ambiental permanente. En 2025 alcanzó un nuevo récord: 38 millones de toneladas de biomasa flotando en el Atlántico, el equivalente a seis veces el peso de toda la población de Italia. Los científicos estiman que 2026 será otro año de niveles extremos.

La masa de alga tiene nombre: el Gran Cinturón Atlántico de Sargazo (GASB, por sus siglas en inglés). Se extiende más de 8.000 kilómetros desde la costa oeste de África hasta el Caribe y el Golfo de México, y es visible desde el espacio. Pero entender por qué existe, por qué explotó en 2011 y qué puede hacerse para contenerlo requiere adentrarse en la oceanografía, la biogeoquímica y el cambio climático al mismo tiempo.

Por qué el sargazo explotó en 2011: el punto de inflexión que nadie esperaba

Una franja marrón del tamaño de un continente conecta África y América: el récord de sargazo en 2025 alarma a los científicos
© Shutterstock / Marcial Gonzalez.

Durante décadas, el sargazo vivió principalmente en el Mar de los Sargazos, al este de Florida, donde es parte fundamental del ecosistema: proporciona hábitat y alimento para atunes, tortugas marinas y aves. El problema empezó cuando comenzó a salir de ahí.

Un estudio publicado en marzo de 2025 en una revista especializada identificó el detonador: una fuerte oscilación negativa del Atlántico Norte en 2009-2010 generó vientos inusuales que empujaron el sargazo fuera de su zona habitual y lo lanzaron hacia el Atlántico tropical. Una vez allí, encontró condiciones ideales para reproducirse de forma masiva.

El combustible de esa explosión fue identificado en otro estudio de 2025, publicado por investigadores del Max Planck Institute for Chemistry: el fósforo. La surgencia ecuatorial, el proceso por el que corrientes profundas ricas en nutrientes ascienden a la superficie en el ecuador, lleva fósforo a las aguas superficiales. Ese fósforo fertiliza a bacterias fijadoras de nitrógeno que viven entre el sargazo, y esas bacterias convierten el nitrógeno atmosférico en una forma aprovechable para el alga. Es un ciclo de fertilización natural que el sargazo supo explotar en cuanto llegó a esas aguas.

A esto se suma la fertilización antropogénica: los aportes del río Amazonas cargados de nutrientes agrícolas procedentes de Brasil, el polvo del Sáhara rico en hierro que el viento transporta al Atlántico, y el calentamiento general del océano que extiende la zona tropical favorable para el alga. «Lo que comenzó como un fenómeno ambiental inesperado se convirtió en un sistema transoceánico persistente», resumió Annalisa Bracco, investigadora del CMCC y autora principal de un estudio publicado en Nature Communications en mayo de 2026.

Lo que hace cuando llega a la costa: sulfhídrico, ecosistemas destruidos y costos millonarios

En mar abierto, el sargazo es un ecosistema valioso. El problema empieza cuando llega a la costa. Al acumularse en las playas y descomponerse, libera sulfuro de hidrógeno (H₂S), el gas responsable del olor a huevo podrido que se registra en las costas afectadas y que en concentraciones altas puede provocar irritación respiratoria, dolores de cabeza y náuseas. Las alfombras de sargazo también tapan las raíces de los pastos marinos, que necesitan luz para sobrevivir, y asfixian a los corales al bloquear el paso de luz y oxígeno.

Los costos económicos son difíciles de calcular pero considerables. Solo en México, el gobierno y el sector privado gastan cientos de millones de dólares anuales en recolección y limpieza de playas. En Quintana Roo, el Semáforo del Sargazo reportó en julio de 2026 que de 140 playas monitoreadas, apenas cinco estaban libres del alga, 40 registraban niveles bajos y 60 presentaban acumulaciones abundantes o excesivas, justo al inicio de la temporada alta de turismo.

Las estrategias para frenarlo: barreras en altamar, predicción y usos industriales

La interceptación en alta mar antes de que el sargazo llegue a la costa es el enfoque que más apoyo recibe entre los científicos e ingenieros. Las barreras flotantes y las embarcaciones sargaceras pueden recolectar el alga mientras todavía está dispersa y es manejable, pero requieren una inversión de infraestructura que ningún país caribeño o centroamericano ha podido sostener de forma sistemática hasta ahora.

El estudio de 2026 en Nature Communications abre una posibilidad diferente: si los blooms son predecibles con hasta dos años de antelación (usando modelos basados en datos satelitales y oceanográficos), los gobiernos y las industrias pueden planificar operaciones de recolección con anticipación en lugar de reaccionar cuando el alga ya está en la costa. «Ser capaces de predecir los blooms aumenta considerablemente nuestra capacidad de usarlos para soluciones climáticas», señaló Bracco.

Esa segunda dimensión, convertir el problema en recurso, es donde convergen varias líneas de investigación activas. El sargazo absorbe CO₂ mientras crece en el océano: si se recolecta y se hunde en aguas profundas antes de descomponerse en la costa, ese carbono quedaría secuestrado. También puede usarse como materia prima para biocombustibles, fertilizantes, materiales de construcción y alimento animal. En Quintana Roo ya existen proyectos que lo procesan como fertilizante y lo exportan a tres países. El desafío es escalar esas industrias al ritmo en que crece el problema.

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