Desde que existe la humanidad, el Sol ha sido sinónimo de estabilidad. Pero lo que parece inmutable no lo es. Esta estrella brillante, que sostiene la vida en la Tierra, tiene su propio reloj interno. En esta nota, exploramos los fascinantes detalles de su evolución y su destino final, tal como lo explica un físico de la NASA.
El Sol, una estrella viva y cambiante
Aunque lo vemos como una fuente constante de luz y calor, el Sol es una gigantesca esfera de plasma en continuo cambio. Con unos 4.500 millones de años, se encuentra justo en la mitad de su vida útil, estimada en unos 10.000 millones de años. Su energía proviene de la fusión nuclear: transforma hidrógeno en helio a temperaturas de millones de grados, principalmente en su núcleo, donde la presión es colosal.

A pesar de su apariencia tranquila, el Sol tiene misterios aún sin resolver. Uno de los más intrigantes es su corona, la atmósfera exterior, que alcanza temperaturas de hasta 2 millones °C, más que la superficie misma. La ciencia que estudia estos fenómenos se conoce como heliofísica, y busca comprender cómo esta estrella influye en todo el sistema solar.
La transformación inevitable del Sol
Cristian Ferradas Alva, físico espacial de la NASA, explicó que el Sol consumirá su combustible nuclear con el tiempo. Primero agotará el hidrógeno, luego el helio, y seguirá fusionando elementos cada vez más pesados hasta que no pueda hacerlo más. Entonces, comenzará su transformación.
Se expandirá de forma dramática, convirtiéndose en una gigante roja tan grande que podría engullir a Mercurio, Venus y quizás incluso a la Tierra. Después, colapsará sobre sí misma hasta volverse una enana blanca: una estrella pequeña, muy caliente pero de brillo tenue, del tamaño aproximado de nuestro planeta.
Un final… que no es un verdadero final

Aunque nos preocupe, este proceso no ocurrirá pronto. Los científicos estiman que al Sol aún le quedan unos 5 mil millones de años de vida activa. Y aunque cambiará radicalmente, no se “apagará” por completo. Su luz persistirá en una forma distinta, más silenciosa y misteriosa.
¿Y de qué color es realmente el Sol?
Contrario a lo que percibimos, el Sol no es ni naranja ni blanco: su color real es el verde. Esto se debe a que su pico de emisión luminosa está en una longitud de onda azul verdosa. Sin embargo, como emite luz en todas las longitudes visibles, nuestros ojos lo perciben como blanco. El color de una estrella, de hecho, se determina por la temperatura de su superficie, y el Sol, a unos 5.500 °C, se ubica en la gama de los tonos verdes.
Fuente: Meteored.