Durante años, la imagen dominante del Tyrannosaurus rex fue la de un coloso que avanzaba con pasos pesados, casi aplastando el terreno bajo su masa. El cine reforzó esa visión con escenas en las que el suelo temblaba bajo cada zancada. Sin embargo, un estudio publicado en Royal Society Open Science sugiere que esa representación podría estar equivocada en un detalle clave: la forma en que apoyaba el pie.
La investigación, liderada por Adrian Tussel Boeye y colaboradores, propone que el T. rex no apoyaba el talón al caminar o correr, sino que lo hacía de manera “distal”, es decir, comenzando el contacto con la parte delantera del pie, como lo hacen las aves actuales. Este cambio aparentemente pequeño en el modelo biomecánico tiene consecuencias notables sobre las estimaciones de velocidad y estilo de locomoción.
Un detalle anatómico que cambia la ecuación

Durante décadas, muchos modelos simplificaron el pie del T. rex como una estructura rígida que impactaba el suelo de forma relativamente plana. Esa aproximación afectaba la longitud funcional de la extremidad y, por tanto, la zancada efectiva utilizada para calcular su velocidad.
El nuevo estudio analizó cuatro ejemplares bien conservados de T. rex, midiendo con precisión los huesos de la pierna y del pie. A partir de esos datos aplicó ecuaciones clásicas de biomecánica que relacionan la altura de la cadera y la longitud de zancada con la velocidad estimada. Posteriormente, los investigadores simularon tres escenarios distintos de pisada: apoyo trasero, apoyo medio y apoyo distal.
El modelo que incorporaba una pisada distal —de puntillas— arrojó resultados consistentes: mayor frecuencia de zancada y un incremento significativo en la velocidad máxima estimada. En promedio, la diferencia entre un patrón proximal y uno distal podría suponer hasta un 20% más de velocidad.
En términos absolutos, las estimaciones sitúan la velocidad máxima de los adultos en un rango aproximado de 5 a 11 metros por segundo, lo que equivale a entre 18 y 40 kilómetros por hora. No hablamos de persecuciones supersónicas, pero sí de un animal capaz de moverse con suficiente rapidez como para ser un depredador eficiente.
Más ave gigante que monstruo torpe

La comparación con especies actuales refuerza la interpretación. Los investigadores contrastaron sus modelos con datos de avestruces y humanos, los dos principales bípedos obligados vivos hoy. Mientras los humanos presentan una postura plantígrada y un patrón más elástico de carrera, las aves corredoras adoptan una postura digitígrada, apoyando principalmente los dedos.
El patrón que mejor encaja con el T. rex es el aviar. Este tipo de locomoción implica que la extremidad actúa como un amortiguador dinámico que absorbe impactos y facilita transiciones suaves entre caminar y correr. En un animal de más de 10 toneladas, esa estrategia no solo mejora la eficiencia, sino que también ayuda a estabilizar el centro de masas, especialmente considerando su enorme cabeza y su cola musculosa.
Las huellas fósiles como evidencia clave

Las huellas tridáctilas atribuidas a tiranosáuridos muestran mayor profundidad en los dedos que en la parte media del pie, lo que respalda la idea de un apoyo distal. Este detalle icnológico ya sugería una locomoción “de puntillas”, pero hasta ahora no se había incorporado de manera sistemática en los modelos cuantitativos.
Al incluir esta variable y someter los resultados a análisis estadísticos, los autores comprobaron que la diferencia no era anecdótica. Ignorar el tipo de pisada había llevado a subestimar la frecuencia de zancada y simplificar en exceso la dinámica de movimiento.
Este hallazgo también tiene implicaciones evolutivas. Si el patrón digitígrado estaba extendido entre los terópodos, la forma de correr de las aves modernas no sería una innovación tardía, sino un rasgo profundamente arraigado en su linaje dinosauriano.
Un depredador más sofisticado de lo que creíamos
El estudio sugiere además que la locomoción pudo variar con la edad. Los juveniles, más ligeros y esbeltos, probablemente alcanzaban velocidades relativas mayores que los adultos masivos, lo que podría haber influido en la organización social o en la selección de presas.
La imagen que emerge no es la de un gigante torpe que avanzaba a base de pura inercia, sino la de un corredor eficiente, con una biomecánica afinada por millones de años de evolución. El detalle de cómo apoyaba el pie transforma nuestra percepción del animal.
El T. rex quizá no necesitaba hacer temblar el suelo para imponerse. Bastaba con avanzar de puntillas, con la precisión de un ave descomunal.